Escuchar el clamor por la justicia

Esta semana tiene lugar en Roma la Cumbre sobre Abusos Sexuales, a la que convocó el papa Francisco a mediados del año pasado, luego de que se diera a conocer el reporte de la investigación que un Gran Jurado del estado de Pensilvania, EU, elaboró para dar cuenta del alcance del abuso sexual en seis de las diócesis católicas de esa entidad de la Unión Americana.

Es difícil hacer una valoración de la actividad. Se dijo –eso es cierto– lo que se tenía que decir acerca del abuso sexual de menores. La cumbre no fue tan precisa al abordar el problema del abuso sexual de personas adultas vulnerables y eso es algo que deberá resolverse pronto, pero en lo que hace al abuso de menores, hubo –ya desde el mensaje de apertura del papa Francisco– una clara preocupación que Bergoglio expresó, casi como una súplica, cuando dijo:  “En este encuentro sentimos el peso de la responsabilidad pastoral y eclesial, que nos obliga a discutir juntos, de manera sinodal, sincera y profunda, sobre cómo enfrentar este mal que aflige a la Iglesia y a la humanidad. El pueblo santo de Dios nos mira y espera de nosotros, no sólo simples y obvias condenas, sino disponer medidas concretas y efectivas. Es necesario ser concretos”.

La cumbre estuvo acompañada por una contra-cumbre convocada por organizaciones civiles que, a lo largo de los últimos 30 años, han criticado severamente el tortuguismo con el que amplios sectores de la Iglesia enfrentan este problema. Lamentablemente, las resistencias han sido muchas. Vivimos una época en que la autoridad del Papa ha sido puesta en duda por un ataque bien coordinado y muy bien financiado de conjurados, quienes enarbolan las ideas de la tradición para sabotear los empeños del pontífice. Para ello, hacen creer que el problema de los abusos es el problema de las personas homosexuales en la Iglesia, lo que resulta absurdo cuando uno escucha los testimonios de sobrevivientes víctimas de curas heterosexuales, como Marie Collins, la irlandesa que preside su fundación homónima y que ha sido una de las voces más activas para llamar la atención acerca de este problema, así como víctimas de curas bisexuales, como Marcial Maciel.

De hecho, los obispos, superiores y laicos de distintas partes del mundo que asistieron al encuentro fueron recibidos con un pequeño documental en video que narra, entre otras historias de terror, el caso de una mujer que, desde los 15 años y durante otros 13, fue víctima de abusos perpetrados por un sacerdote que, además de abusar de ella, la obligó a realizar tres abortos. La monumental contradicción que describe este caso, lo mismo que muchos de los otros casos conocidos en fechas recientes, debería haber sido suficiente para mover a los obispos de todo el mundo a actuar como es debido. La realidad es que no ha sido así. No han bastado todos esos casos que se han hecho públicos en fechas recientes para que los obispos de muchos países acepten la gravedad del problema.

En muchos casos, la respuesta ha sido negar el problema, o asumir que sólo involucra a los países anglosajones, o que es una cuestión que sólo afecta a la “Iglesia liberal”. Quienes defienden esta tesis han recrudecido sus ataques a las personas homosexuales, a pesar de que ya se sabe que es un conflicto que perjudica a todos los países, que no distingue entre órdenes o diócesis “liberales” y entre órdenes o diócesis “conservadoras” y que involucra a curas heterosexuales, homosexuales y bisexuales. Todavía no se acepta que el abuso es un crimen de oportunidad, que se agrava por el clericalismo que ahoga al catolicismo.

A diferencia de otras actividades convocadas recientemente por el papa Francisco, como los sínodos sobre la familia y la juventud de los últimos tres años, en este caso no habrá un documento final y no habrá anuncio de alguna reforma a escala global. Las reformas, si las hay, deberán ser procesadas por cada uno de los presidentes de las conferencias nacionales de obispos que fueron convocados a Roma.

Ellos deberán escoger de un paquete de 21 propuestas orientadas en la lógica de reconocer que la estrategia de la negación y el encubrimiento fracasó y que –como el Papa mismo señaló– se requiere de fe, parresía (hablar con la verdad y sin miedo), valentía y concreción.

Que no haya un anuncio espectacular decepcionará a muchos. Sin embargo, sería ingenuo suponer, luego de todas estas décadas de abusos perpetrados y encubiertos a escala local, que la solución puede venir desde Roma. Se necesita que esta cumbre, que concluye mañana, sea el primer impulso de un programa de reformas que debe venir de la base. Los vídeos de las actividades de la cumbre se pueden consultar en https://www.pbc2019.org/conference/presentations.

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