Argentina, Macri y el Fondo
En estos días hay dos dudas que recorren con singular violencia el territorio de Argentina. La primera tiene que ver con el posible desempeño de su selección nacional en el mundial de Rusia. La segunda es sobre lo que resultará del acercamiento de Mauricio Macri al Fondo Monetario Internacional para tratar de capotear la crisis que, como en muchas otras ocasiones previas, amenaza con dejar en blanco los libros del Banco Central de la República Argentina.
Respecto de la primera, nadie en su sano juicio le apuesta demasiado al equipo que dirige Jorge Sampaoli. Ni siquiera la presencia de Lionel Messi tranquiliza a los argentinos, que disfrutan su desempeño en el Barcelona, pero saben que están condenados a sufrir cuando juega con la selección nacional. En lo que se refiere a Macri, las cosas son peores pues, a diferencia de lo que ocurre en el futbol con Messi, quien —al menos en teoría— es capaz de cambiar el curso de un partido con una genialidad, en el caso del presidente argentino, las relaciones entre su país y el FMI siempre han sido difíciles y no hay nada que haga suponer que esta vez las cosas serán diferentes, además que, ni en el gobierno de Macri ni en los altos mandos del FMI existe algún genio que pueda, por sí mismo, resolver los problemas de fondo de Argentina.
El problema de Argentina, además, no es económico. Se producen, comercializan, compran y venden productos de todo tipo. El problema tampoco es político. La democracia argentina funciona desde 1983 con la regularidad con la que funciona en otros países de América Latina o Europa y ya ni siquiera se puede pensar que las fuerzas armadas amenacen con repetir la fórmula del golpe de Estado. El problema de Argentina, como el de muchos otros países de América Latina, es de confianza. Confianza en su gobierno, en las instituciones, en su propia moneda.
No es que los políticos argentinos no hayan comprendido esto. La decisión de Carlos Saúl Menem, en los noventa, de fijar la paridad uno a uno entre la moneda argentina y el dólar de EU, apuntaba justamente a resolver ese problema, aunque era inviable en un país que —como ha vuelto a ocurrir en el último año— es blanco fácil de especuladores locales y foráneos que saben también que el problema de fondo de Argentina es la confianza.
No todo es culpa de Macri o de la desconfianza en las instituciones argentinas. La reforma fiscal que Trump logró aprobar hace unos meses, ha traído consigo la repatriación a EU de grandes cantidades de dinero. Ese es uno de los factores detrás de la depreciación de la moneda argentina que, a lo largo de la semana que hoy termina, ha coqueteado con la posibilidad de rebasar los 26 pesos argentinos por cada dólar, lo que marcaría un récord. Lo que sí ha sido culpa de Macri, y antes de él de muchos de sus antecesores, es el poco cuidado que tienen para que sus decisiones generen la confianza necesaria que reduzca, por ejemplo, el temor de los ahorradores argentinos a dejar su dinero en su país. Lejos de ello, los presidentes argentinos le han apostado a la estrategia Messi. Es decir, le han apostado a que una genialidad suya o de sus ministros aplaque la furia de los mercados y las cosas caminen como deben caminar.
Macri deberá tomar en los próximos días una serie de decisiones que incluirán algún tipo de ajuste fiscal. La clave, en el corto plazo, sería que el costo no recaiga —como suele ser el caso con este tipo de ajustes— en los más pobres y termine por darle la razón a quienes no votaron por el presidente en 2015. También sería muy útil que Macri atacara una de las causas más profundas de la desconfianza, que ha dislocado en más de una ocasión a la economía argentina: la percepción de qué tan comunes son las prácticas de corrupción.
En la edición 2017 de la encuesta Latinobarómetro, podemos ver que, a la pregunta sobre los avances en los últimos dos años para reducir “la corrupción del Estado”, sólo 36 por ciento de los argentinos consideraron que se había hecho mucho o algo. Ello, mientras que 41 por ciento de los argentinos contestaron que en su país era “bastante probable” y “muy probable” que se pudiera sobornar a un policía, 36 por ciento dijeron lo mismo de los jueces y 40 por ciento lo dijeron de los funcionarios de las secretarías de Estado. Como referencia, en el caso de México, 47 por ciento consideraron que se podía sobornar a un policía, 33 por ciento a un juez y 51 por ciento a los funcionarios de las secretarías de Estado.
No es difícil darse cuenta, pues, que lo que haga Argentina para resolver la crisis que los ha vuelto a poner en manos del Fondo, lo debemos hacer en México y pronto. Las economías estables no las construyen los hombres fuertes. Las construyen quienes son capaces de crear instituciones que inspiren confianza.
