La caída de Kuczynski

Latinoamérica vivió, a mediados de esta semana, otro de esos momentos de crisis que si hiciéramos bien las cosas cuando las debemos hacer, no hubieran ocurrido. La renuncia de Pedro Pablo Kuczynski es una de esas cosas que nunca debería haber ocurrido, quizás porque —desde el inicio— era absurdo pensar que su mandato pudiera ser viable pues, aunque ganó legítimamente la Presidencia de Perú, lo hizo en una segunda vuelta que no le permitió construir una mayoría legislativa para gobernar. 
 

Lo ocurrido este año fue muy parecido a lo que Perú vivió en los noventa, cuando Alberto Fujimori decidió dar el golpe militar contra los poderes Legislativo y Judicial de su país: el presidente electo en la segunda ronda, sin una mayoría legislativa propia, no podía actuar sin contar con una mayoría legislativa, y como no la podía construir, Fujimori decidió lanzar al Ejército contra el Congreso.

Perú tuvo muchos años para remediar la situación que generó el golpe de Fujimori. Lejos de hacerlo, se aferró a las supuestas bondades de su diseño institucional y, cuando eligió a Kuczynski como presidente sin mayoría legislativa, lo condenó a tener que operar como lo hizo en los videos que difundió Keiko Fujimori. En los llamados keikovideos, se ve a Kuczynski negociar con Kenji Fujimori, hermano de Keiko y también diputado, la entrega de dinero a cambio de votos de Kenji y sus fieles en el Congreso. La difusión de los keikovideos deja en claro que elegir a un presidente sin una mayoría legislativa lo coloca en una situación muy difícil, en la que cualquier reforma importante enfrentará siempre el riesgo del veto, informal, pero efectivo, de una mayoría legislativa adversa. No olvidemos esa misma debilidad del presidente peruano había hecho que Kuzcynski indultara a Alberto Fujimori, ante las presiones de Keiko.

Los peruanos ya sabían esto. A pesar de ello, y a pesar de haber realizado muchas reformas en los últimos 25 años, se negaron a reconocer el error de diseño en sus instituciones de manera que pudieran evitarse situaciones de zozobra como la actual. Ahora, aunque ya asumió la presidencia el primer vicepresidente, el ingeniero Martín Vizcarra, es necesario recordar que enfrentará una situación similar a la  de Kuczynski, además de que él mismo ha enfrentado en el último año severas acusaciones por corrupción.

En años previos, Vizcarra —quien se desempeñaba hasta el miércoles 21 como embajador de Perú en Canadá— estuvo involucrado en la tormentosa compra de terrenos para la construcción del aeropuerto de Chinchero, que se supone prestará sus servicios a la ciudad de Cuzco. La situación de Vizcarra es tan frágil, que su designación como embajador en Canadá fue interpretada, en su momento, como una maniobra de Kuczynski para protegerlo de los severos cuestionamientos que era sometido. Incluso, todavía la semana pasada, cuando no se sabía aún de la renuncia de Kuczynski, había pedidos para que se investigara a Vizcarra.

La moraleja para México es clara. Si se insiste en adoptar el modelo de segunda vuelta para la elección del presidente, sería ideal que no lo hiciéramos con un modelo similar al peruano, que es proclive a situaciones como la que forzó la salida de Kuczynski. Hay otros modelos para adoptar la segunda vuelta, como el francés, que además de obligar a los partidos a realizar primarias para definir a sus candidatos, y evitar así el caudillismo, los dedazos y autodedazos, tiene un calendario electoral que realiza, además de la segunda vuelta presidencial, una segunda vuelta para integrar la Asamblea Nacional y darle, de esa manera, al ganador de la presidencial, la posibilidad de construir una mayoría legislativa que le permita gobernar, como ha ocurrido recientemente con Emmanuel Macron. El modelo francés implica un complejo calendario de cuatro o cinco elecciones nacionales (dependiendo de cómo se considere a las primarias) durante un año, pero ha probado ser eficaz, aunque implica más gastos y un mayor grado de organización que la que existe ahora en México, a pesar del Instituto, el Tribunal y la Fiscalía especializados en temas electorales.

Por ello, si gana fuerza la idea de agregar una segunda ronda presidencial, hagamos las cosas bien, y agreguemos también una segunda vuelta a las elecciones legislativas para evitar que la parálisis del gobierno se quiera resolver comprando votos en el Congreso, que es una de las razones por las que los gobiernos desvían dinero. La otra cosa

que convendría que México considerara como moraleja es que, a pesar de los errores de diseño del presidencialismo peruano, cuentan con un sistema de justicia envidiable, pues ha investigado a fondo los vínculos de Odebrecht

con los políticos locales, mientras acá se nos repite

que no pasó cosa alguna.

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