Premiar el trabajo, no la riqueza

En los últimos años, la organización no gubernamental global Oxfam aprovecha la celebración del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, entre la tercera y la cuarta semana de enero de cada año, para dar a conocer informes acerca de aspectos clave de la economía global

Este año, su informe titulado Premiar el trabajo, no la riqueza, se centra en uno de los aspectos más graves, más preocupantes, de la manera como el capitalismo de principios del siglo XXI opera. Lejos de premiar el trabajo que realizan las personas, sus esfuerzos y los sacrificios que hacen para ahorrar, premia a quienes, no siempre de manera legal o legítima, logran acumular riqueza y la colocan en los llamados paraísos fiscales.

Ahí, los recursos liberados ya de la posibilidad de pagar impuestos, desde los que operan fondos financieros, los llamados Hedge Funds, que los integran a complejos circuitos fuera del control de los Estados, donde efectivamente financian algunas actividades, pero lo hacen en condiciones que lejos de favorecer el desarrollo de mercados sanos, imponen muy elevados costos a los trabajadores, a quienes exprimen al máximo.

Parte del estudio, que se puede consultar en español en https://bit.ly/OxfamRiqueza2018, se elaboró a partir de una encuesta global en diez países de ingreso medio y alto a escala global que trata de comprender cuáles son las percepciones públicas de la desigualdad y los efectos de esa percepción que, por cierto, es crecientemente negativa, pues se advierte que aunque en teoría los mercados son crecientemente libres, han favorecido excesivamente los derechos de unos en perjuicio de los derechos, la dignidad e incluso la posibilidad misma de sobrevivir de las mayorías, pues han propiciado una excesiva reconcentración de la riqueza. Baste señalar que, en el año 2000, el uno por ciento más rico de la población global concentraba alrededor del 45 por ciento de la riqueza global. Para 2017, el porcentaje de la riqueza global en manos del uno por ciento más rico era ya de poco más del 50 por ciento.

Los países incluidos en la encuesta global fueron: Dinamarca, Estados Unidos, España, Holanda, India, Marruecos, México, Nigeria, Reino Unido y Sudáfrica, que—no en balde— son sociedades que enfrentan en la actualidad algunos de los efectos más negativos de la creciente concentración de la riqueza y lo han hecho rebelándose—como en el caso del Reino Unido y de Estados Unidos, contra algunos de los principios fundamentales del capitalismo contemporáneo: el libre comercio o la integración en grandes zonas económicas, como se puede apreciar en los discursos de Donald Trump o en los de los promotores del llamado Brexit en el Reino Unido.

La posición de Oxfam, no es la de abolir el capitalismo como tal, ni los mercados, ni la posibilidad de que las personas se enriquezcan de manera honesta. Lo que Oxfam señala es un viejo problema que distintas tradiciones de pensamiento señalaban ya desde mediados del siglo XIX: el capitalismo liberado a sus impulsos genera más perjuicios que beneficios y es casi imposible evitar que esos perjuicios tomen la forma de agendas políticas. En algunos casos, pueden contribuir a construir sociedades más justas, pero que —como demuestran el Brexit y la elección de Donald Trump— en ocasiones los perjuicios incluyen el resurgimiento de discursos nacionalistas y/o racistas.

De hecho, deberíamos estar muy agradecidos de que en México no hayamos experimentado los efectos de un nacionalismo racista perverso, a pesar de la manera en que se ha reconcentrado la riqueza, se han cerrado espacios a la movilidad social y se han cancelado las oportunidades de desarrollo de al menos la mitad de la población. Por ello mismo, sería necesario atender las recomendaciones que ofrece Oxfam para premiar el trabajo y evitar que las condiciones se agraven, sea por la dinámica misma de la actividad económica, por los efectos de las políticas proteccionistas que EU promueve ahora, sea por la manera en que la alta desigualdad que vivimos en México favorece la violencia criminal que padecemos en nuestro país. Éste es un vínculo real. Así lo señala el documento de Oxfam en su página 30: “La desigualdad económica no sólo es ineficiente e injusta, sino que además tiene otros muchos efectos sobre el desempeño de la economía, ya que se relaciona con niveles más elevados de terrorismo, inestabilidad política, violencia y desconfianza”.

Ojalá que, más allá de quién gane o quién pierda la elección del primero de julio, seamos capaces de reconocer que existen estos vínculos entre desigualdad y violencia, entre la violencia y la inestabilidad política y, a partir de 2019, trabajemos en serio para reducir este problema y empecemos a premiar el trabajo.

Temas:

    X