La nueva realidad republicana
Los resultados de la elección especial del martes 12 de diciembre en Alabama confirman una tendencia observada ya desde las elecciones de noviembre en los
estados de Virginia y Nueva Jersey
a que el Partido Republicano pierda en lugares donde solía gobernar. No es aún una debacle, porque es claro que un sector muy importante del electorado en Alabama, poco menos de la mitad, sostuvo a Roy Moore como un candidato viable, a pesar de las múltiples acusaciones de acoso sexual. Sin embargo, es algo que sí debería preocupar a los republicanos, pues habla de un proceso de desgaste
de los mecanismos de movilización
de sus electores.
El caso de Alabama fue mucho más dramático que los de Virginia o Nueva Jersey, a pesar de que, en estricto sentido, los cambios en las dos primeras entidades son más profundos. En Alabama, los republicanos perdieron un escaño en el Senado y, con ello, la posibilidad de controlar durante 2018 el nombramiento de ministros de la Suprema Corte de Justicia. En Virginia y Nueva Jersey, en cambio, los republicanos perdieron el control de la gubernatura y de los poderes legislativos locales y en lugares muy conservadores se llegaron a registrar triunfos de candidatos de minorías étnicas y sexuales. A pesar de ello, la victoria de Doug Jones, el demócrata que ganó en Alabama, deja ver qué tan profundo es el rechazo a Trump y su agenda en Estados Unidos. Es un rechazo que no se limita sólo a los asuntos de orden sexual o étnico. Está relacionado también con los repetidos ataques al sistema de seguridad social creado por Barack Obama, el llamado Obamacare, así como —de manera más general— con el diseño de la política fiscal, pues en los días previos a la elección en Alabama, Trump logró una mayoría de votos en el Senado para una propuesta de reforma que motivó una airada reacción de distintas iglesias cristianas, que hizo que una docena de ministros de culto fueran arrestados en uno de los edificios de oficinas del Senado de EU a principios de diciembre.
Lo ocurrido en Alabama no marca necesariamente el final de la Presidencia de Trump, ni implica que tendría que verse forzado ya a renunciar, pero sí deja ver que ha perdido la confianza de sectores importantes del electorado republicano y que para él no será fácil gobernar de aquí en adelante. Muchos de sus más leales prefirieron no salir a votar, al tiempo que electores que, en otras circunstancias, solían no participar, optaron por hacerlo. La derrota de Moore fue una combinación de esos factores: por una parte, un sector de electores blancos que optaron por quedarse en casa o votar por candidatos no registrados y, por otra parte, grandes grupos de electores afroamericanos que suelen ser apáticos en procesos de este tipo o llegan incluso a votar por candidatos republicanos, pero que en esta ocasión salieron a apoyar de manera entusiasta a Doug Jones para que los representara en el Senado.
Es inevitable construir comparaciones con lo que ocurrió hace más de 40 años cuando la Presidencia de Richard Nixon enfrentó los efectos de la pérdida de confianza que trajo Watergate: una serie de derrotas en elecciones especiales y estatales que aparentemente no tenían relación con el desempeño del Presidente, pero que dejaban ver el cansancio de los electores con las actitudes, cada vez más arrogantes, del entonces mandatario.
Algo así ocurre con Trump. Lejos de reconocer la magnitud de la derrota, ha tratado de minimizarla; culpa a los medios de comunicación por haber exhibido los excesos de Moore, al tiempo que se victimiza y se dice incomprendido y atacado. Además, lo hace en momentos en que la investigación acerca de sus nexos con Vladimir Putin avanza en una ruta que, todo indica, terminará por forzar algún tipo de acción por parte del fiscal especial Robert Mueller quien, además de ser uno de los finalistas del proceso para seleccionar a la Persona del Año de la revista Time para este 2017, enfrenta una oleada de críticas malintencionadas en los medios fieles a Trump. Estas críticas pierden de vista que él fue director general de la Oficina Federal de Investigaciones gracias a que George W. Bush lo nombró para el cargo en 2001 y que Obama lo ratificó y sostuvo hasta 2013. No es un improvisado; no es alguien que actúe de mala fe.
Por lo pronto, incluso si Trump no fuera sometido a proceso judicial por Mueller durante todo 2018, en noviembre del próximo año, 33 escaños del Senado, la totalidad de los 435 escaños de la Cámara baja del Congreso, 36 de 50 gubernaturas, además de gran cantidad de escaños en 87 de 99 cámaras de los congresos locales de EU, serán renovadas. América del norte se prepara, pues, para los tsunamis electorales mexicano en julio y estadunidense en noviembre.
