El verdadero peligro: el nacionalismo
Recientemente hemos visto cómo los intentos del gobierno de Gran Bretaña para concretar la Brexit han fracasado. El más reciente tuvo lugar a mediados de la semana que hoy termina. La primera ministra, Theresa May, intentó que el Parlamento aprobara la que sería la ley marco para regular la salida de la Unión Europea, pero las diferencias fueron tan notables, incluso en el seno del Partido Conservador, que la iniciativa debió ser retirada. Al hacerlo, la posibilidad misma de que se concrete la salida quedó en duda.
Eso podría ser bueno; eso es incluso lo que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos recomendó al gobierno británico el martes, al sugerir un segundo referéndum que, con un mejor diseño, sirviera para garantizar que la decisión que se tome verdaderamente cuente con el apoyo de una mayoría suficientemente sólida de británicos que estén dispuestos a pagar la factura que Gran Bretaña debería pagar si concreta su salida del mercado común europeo.
Algo que no dice la OCDE, pero que cualquiera que siga el tema de la Brexit sabe, es que lo que está en el fondo de esa malhadada decisión fue el canto del cisne del viejo nacionalismo que se resistía a reconocer los errores que el gobierno británico tomó al destrozar su base industrial y apostarle, de manera bastante ingenua, a que bastarían los empleos que pudiera generar el sector de los servicios para sostener la prosperidad de ese país. Quienes proponían la Brexit como solución a los problemas de Gran Bretaña no calcularon bien el costo de la salida. Tampoco entendieron por qué mientras Gran Bretaña vive una de las peores crisis económicas de los últimos 50 años, Alemania es la gran ganadora del proceso que le dio vida a la Unión Europea.
De manera irresponsable, la clase política británica ha presentado el problema como uno de pérdida de control. En los setenta, cuando lo que ahora es la Unión Europea era sólo un experimento, Gran Bretaña y Alemania enfrentaban condiciones similares. A la vuelta de casi 50 años, los resultados son distintos en la medida en que Alemania no cayó en el gambito de destruir sus bases industrial y agropecuaria. Alemania es uno de los mayores exportadores de carne de cerdo. Y además de conservar empleos en esos dos sectores, creó empleos en el sector servicios. Gran Bretaña, en cambio, se embarcó —gracias a los excesos de la señora Margaret Thatcher— en procesos que destruyeron el empleo industrial y la dejaron a merced de los caprichos del sector financiero y ahora que May ha tratado de completar la Brexit, la castigan sacando millones de libras a los mercados más estables de Europa continental.
Hay al menos otros dos procesos similares que nos tocan muy de cerca a los mexicanos. Uno es el de las necedades de Donald Trump cuando se trata del Tratado de Libre Comercio. No sólo ignora los beneficios que su país ha recibido como consecuencia del TLC, también imputa a México problemas que han sido generados por la irresponsabilidad social de los gobiernos de EU y sus empresarios, incluido él mismo y su hija Ivanka, al cancelar empleos en su país y crearlos en otros lugares. Trump, como los demagogos británicos que embarcaron a su país en la borrachera de la Brexit, no ofrece razones porque no las hay; simplemente se escuda en la retórica del nacionalismo y desde ahí ataca a México.
El otro es lo que ocurre en Cataluña en estos días. En México muchos quieren ver a Cataluña en el espejo de las repúblicas de América Latina que libraron las guerras de independencia del siglo XIX. Nos engañamos queriendo ver en Carles Puigdemont a un sucesor de Miguel Hidalgo o de Simón Bolívar, cuando en realidad es un demagogo nacionalista al estilo de Trump, Nigel Farage y Boris Johnson, que usa una retórica nacionalista trasnochada para ocultar la corrupción de Jordi Pujol y otros líderes de Convergencia i Unió quienes, durante muchos años, saquearon la hacienda de la Generalitat a un ritmo que haría sonrojar a Javier Duarte y que son los culpables de que los recortes de los últimos años hayan golpeado a Cataluña como no lo han hecho a otras regiones.
En el horizonte de la elección mexicana de 2018, habría que reconocer que corremos el riesgo de caer en las trampas que el nacionalismo tiende a todos los países. No son trampas que sean exclusivas de la izquierda o la derecha. Están presentes en todos los partidos, pero son más peligrosas en países como el nuestro en los que hay una clara conciencia de la irresponsabilidad de la clase política. Ese magro siete por ciento de aprobación que el Pew Research Center reconoce que la actual administración es una peligrosa advertencia de lo que podría venir para México. Ojalá no se materialice y evitemos la trampa nacionalista.
