Mes de temblores
Más que de la patria, al paso que vamos, septiembre acabará por ser el mes de los temblores. Más allá de las pérdidas humanas, cábalas, coincidencias y demás cosas de las que ya se ha hablado mucho, lo que tendría que quedarnos claro es que sí, efectivamente, México ha demostrado estar más preparado para hacerle frente a algunos tipos de sismos
Las técnicas de construcción —cuando se cumple con los reglamentos y el sentido común— funcionan mejor de lo que funcionaban en el sismo de 1985 o el de 1957, como lo demuestra el hecho de que nuestro querido Ángel de la Independencia no se ha caído de su pedestal, desde que lo hizo el 28 de julio de 1957. Asimismo, han mejorado los tiempos de respuesta de la sociedad civil y de algunos cuerpos de protección civil y primeros auxilios, del mismo modo que lo han hecho también las dinámicas de acopio y distribución de ayudas, luego de los terremotos o huracanes. Hemos aprendido a usar, para bien, tecnologías como la geolocalización combinadas con las redes sociales que, en 1985 o 1957, hubieran ahorrado mucho sudor, muchas lágrimas y, quizá, también, mucha sangre.
Es necesario reconocer que hubo un desbordamiento de la ayuda en la capital de la República, sobre todo de los jóvenes y de la sociedad en general. No así en las zonas rurales de los estados de Morelos y Puebla. Pero en la capital hubo lugares donde se avisó que ya no se necesitaba más ayuda. Eso es muy positivo.
Ha sido muy alentador ver la solidaridad de otros países para ayudarnos. Nuestros hermanos salvadoreños, panameños, hondureños y del estado de California en EU enviaron contingentes de rescatistas, como lo hicieron también Japón, además de la ayuda técnica que han ofrecido Alemania y Suiza, entre otros países de Europa, también de ayudas que enviaron el papa Francisco, Catholic Relief Services, el equivalente de Cáritas en Estados Unidos, y otros personajes.
Hay cosas, sin embargo, que siguen sin mejorar y que deberían preocuparnos. Es una pena, por ejemplo, que el mítico grupo de Los Topos, una organización que surgió en 1985 en el contexto de aquel otro terremoto de un 19 de septiembre, esté profundamente dividido y sus miembros protagonicen un amargo enfrentamiento en las redes sociales que parece que no terminará pronto, ni permitirá que el conocimiento acumulado por ese grupo sobreviva y se trasmita a nuevas generaciones de rescatistas como los originales que arriesgaron su vida para salvar a otras personas.
La confianza en las autoridades se encuentra en niveles muy bajos. Las imágenes del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, siendo abucheado, insultado y forzado a retirarse de las calles de Simón Bolívar y Chimalpopoca la tarde del 19 de septiembre, son graves no por ser miembro del Partido Revolucionario Institucional y parte del actual gobierno federal. Son muy graves, porque iba como representante del gobierno de la República y las personas que estaban ahí no tuvieron la más mínima paciencia para escucharlo siquiera. Habrá quien quiera hacer de él una víctima de la intolerancia o alguna otra cosa, pero fue algo espontáneo. Nadie esperaba que don Miguel Ángel se apareciera y, a pesar de ello, la reacción fue casi unánime entre quienes estaban ahí. No se tuvo disposición para escuchar a la segunda autoridad más importante de la nación y eso es grave.
Algo en lo que todavía tenemos problemas es en ayudar a las zonas rurales y a las ciudades de menos de 100 mil habitantes. Eso fue algo que ya se podía apreciar luego del terremoto del 7 de septiembre, que golpeó, sobre todo, al Istmo de Tehuantepec, que se caracteriza precisamente por la muy alta dispersión de sus pueblos y pequeñas ciudades, así como por el gran número de personas que viven en pueblos de menos de dos mil 500 habitantes.
Es necesario que, pensando en el futuro, además de mejorar la calidad de las edificaciones civiles, públicas y privadas, también se mejoren los mecanismos para acopiar y usar información inmediatamente después de un siniestro, especialmente cuando se sepa que ese fenómeno ha golpeado a las zonas rurales de nuestro país.
Finalmente, se requiere de información veraz. No sólo las redes sociales están llenas de mentirosos. También los medios tradicionales y ello fue muy evidente en esta ocasión. Urge mayor seriedad, mayor honestidad y responsabilidad de quienes tengan el privilegio de trabajar como periodistas en nuestro país. No se vale usar las situaciones de crisis para elevar los ratings. No sólo por un prurito moralista. No, también porque hacerlo implica que se distraigan recursos valiosos de un lugar a otro. Mentir daña profundamente nuestro tejido social. Ya no necesitamos más de eso, mucho menos cuando estamos enfrentando una situación tan compleja como un terremoto.
