¿Acabará en divorcio?

A pesar de que el comercio entre México y Estados Unidos representa poco más de 43.2 mil millones de dólares al mes, en Washington en estos días hay muchos interesados en sabotear la relación. Haríamos bien en hacernos a la idea de que la era de casi 30 años de crecimiento de la economía orientado por el Tratado de Libre Comercio México-EU-Canadá podría estar llegando a su fin. Y es que aunque nadie ganará con la cancelación del acuerdo y no sabemos qué pasará con las relaciones económicas entre ambos países, así de extraños son los tiempos que vive EU gracias a Trump. 
 

Por más sensato que haya sido el TLC, no podemos insistir, como lo ha hecho el actual gobierno, en suponer que debemos supeditar cualquier otra prioridad a preservar el acuerdo comercial trilateral. El número y la gravedad de las pifias que se están cometiendo en esa ruta son muchas. Entre las más recientes está haber comprometido la autonomía de la política exterior mexicana en un tema tan delicado como el del conflicto interno en Venezuela, que hubiera tenido sentido si México, en primer lugar, estuviera dispuesto a atenerse a los principios que exigió a Venezuela, cuando es claro que aquí se cometen violaciones de los derechos humanos tan graves o peores que las que se cometen en Caracas y, en segundo lugar, si las críticas las dirigiera México no sólo a Venezuela, sino a todos los otros países de la región que enfrentan problemas similares a los venezolanos, como Honduras o El Salvador, que expulsan población a un ritmo preocupante por las constantes violaciones a los derechos humanos que se cometen en esos países.

Este cambio en la política exterior mexicana parece haber sido inspirada por presiones de algún sector del gobierno de Donald Trump, como también lo ha sido, hasta donde es posible apreciar, la idea de regresar al viejo modelo del Programa Bracero. Reeditar el Programa Bracero es malo porque incumplió sus objetivos, además de que dejó una estela de conflictos y problemas que, más de 50 años después de su terminación, no logran resolverse del todo.

Como apuntábamos al inicio, en Washington hay muchos interesados en reventar el TLC. El primero de ellos es Donald Trump, ya no es sólo el desesperado intento por cumplir sus promesas de campaña. Es también la necesidad de distraer la presión que generan los tratos con socios de negocios que ven en la presidencia de Trump la oportunidad para enriquecerse, así como distraer la atención de los errores que cometió, primero como candidato y ahora como Presidente de EU, en su relación con Rusia. En otras palabras, Trump necesita desesperadamente hacer como que hace en su relación con México, aunque ello implique lastimar los intereses de los granjeros de Iowa que nos venden maíz, para quitarse la presión, que aumenta día con día, por lo que hizo él y algunos de sus más cercanos colaboradores, como su hijo Don Jr. y el procurador general Jeff Sessions, durante la campaña.

Esa es una trama que resulta difícil de comprender en México, no sólo por lo complicado que es imaginar a Trump en una posición subordinada a los intereses de Vladimir Putin. Lo es, sobre todo, porque una característica de EU desde antes de la Guerra Civil había sido tener una política internacional definida en función del interés nacional y no de las preferencias de los partidos políticos. Lo que hemos visto gracias al llamado Russiagate es, primero, la capitulación de esa idea del interés nacional de EU, seguida por la redefinición de las relaciones de EU con el mundo en función de los intereses rusos y en función de los intereses privados de la familia Trump-Kushner, como en el caso de la relación entre Qatar y sus vecinos en el golfo Pérsico.

El gran riesgo para México es que al tratar de quedar bien con el neurotizado gobierno de EU, nuestro país se convierta en una pieza de cambio de complejas negociaciones, que no tomen en cuenta el conocimiento disponible en temas económicos o migratorios. Es el caso de las presiones para acabar con el TLC y, ahora, este nuevo programa Bracero cuyas consecuencias serán —una vez más— devastadoras para México.

Nos urge echar a andar un modelo de desarrollo propio, que garantice antes que nada el acceso de todos a suficientes alimentos producidos tanto como sea posible en nuestro suelo, a partir de criterios y tecnologías de permacultura, que reduzcan tanto nuestra dependencia como nuestra vulnerabilidad alimentaria. Una vez resuelto el problema básico de la alimentación, podemos pensar en resolver otros problemas como el modelo educativo, la política industrial o las relaciones con el exterior, incluida la relación con un neurótico como Trump. Si esto acaba en divorcio, necesitamos protegernos.

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