Las elecciones aquí y allá
A pesar del aparente cansancio de muchos con la democracia, sus prácticas y sus limitaciones, las elecciones son ahora más importantes que nunca antes en la historia de la humanidad. Basta ver, por ejemplo, la atención que generan las elecciones especiales que se han realizado en los últimos dos meses para reponer a los miembros del Congreso de Estados Unidos que se integraron al gabinete presidencial, o la manera en que se resolvieron las dos rondas de la elección presidencial en Francia o el interés que ha despertado la elección extraordinaria (SNAP) del Parlamento de Reino Unido, que se celebrará el próximo 8 de junio.
Es cierto, las elecciones y, de manera más general, las instituciones de la democracia no resuelven por sí mismas todos los problemas de las sociedades contemporáneas. Las elecciones ofrecen un primer principio de solución al reducir la complejidad que implicaría consultar a todos en todos los temas clave para un país, pero requieren de participación y compromiso constante de los ciudadanos para mantenerse vigilantes ante los posibles excesos o irresponsabilidades de personajes como Donald Trump, Theresa May, Marine Le Pen o las lamentables dos generaciones más recientes de gobernadores en México que, libres de los pocos controles que implicaba el viejo presidencialismo, pasaron de gobernadores a caciques o a señores feudales. Éstas dos últimas generaciones de gobernadores mexicanos vaciaron las arcas de sus estados sin importarles un pepino los profundos daños que causan a millones de personas, los más pobres, para darle a sus familias lujos inconcebibles para las personas promedio y, sobre todo, para mantener un modelo que transfiere miles de millones de pesos de un estado a otro y a otro y a otro más para mantener aceitadas las maquinarias de la movilización política y el fraude electoral.
También es cierto que en todo el mundo los partidos viven una profunda crisis de los mecanismos que les permiten representar la voluntad de las personas, pero sería absurdo asumir que podemos prescindir de los partidos por completo. Basta ver lo que ha ocurrido en las últimas tres semanas en Francia con los simpatizantes de Emmanuel Macron. A pesar de haber ganado la elección sin el apoyo de un partido, el nuevo Presidente francés se dio rápidamente a la tarea de crear La República en Movimiento, con líderes de la derecha y la izquierda francesas, para hacerle frente a las dos rondas de las elecciones legislativas que se celebrarán el 11 y el 18 de junio, de modo que pueda derrotar al Frente Nacional y garantizar mínimos de gobernanza para Francia en el futuro.
En Gran Bretaña, el resultado del referendo para definir la Brexit —por demás absurdo para un país que se desindustrializó en los setenta y ochenta del siglo pasado— creó la ilusión de un Partido Conservador que podía traicionar sus principios en materia económica y ha terminado por sumirlo en una espiral de contradicciones y absurdos en boca de May que tienen a Jeremy Corbyn, el improbable líder de un renacimiento del laborismo más tradicional, al frente de una posible victoria o, por lo menos, de una elección que lejos de darle a May el mandato que ella deseaba tener, para salir de la Unión Europea haciendo gala de la tradicional arrogancia británica, le hará ver que los británicos, como cualquier otra persona, se arrepienten de las malas decisiones y desean replantear la idea misma del Brexit. Muchos de los jóvenes británicos que hace un año tomaron a la ligera el Brexit tendrán, el 8 de junio, una oportunidad que ellos mismos se denegaron en 2016, para hacer escuchar sus voces y decidir si de verdad quieren la “Hard Brexit” de May o si prefieren el enfoque más moderado de Corbyn.
En México no tendría por qué ser diferente. Las elecciones de mañana han estado precedidas por problemas que hacen más evidente que los partidos están lejos de ser organizaciones democráticas u honestas; que están marcados por la corrupción, el nepotismo y el cinismo, pero las elecciones, en medio de toda su imperfección, ofrecen el único mecanismo civil y pacífico para inducir cambios. Las elecciones ocurren también en el contexto de una crisis global de las encuestadoras que sufren por la mala calidad de sus métodos y por la manera como permitieron que las encuestas se convirtieran en un arma más de los arsenales de ataque político.
En Coahuila, Nayarit, Estado de México y Veracruz, las elecciones ofrecen una oportunidad para premiar o castigar a quienes gobiernan. Hay que aprovecharla. Las elecciones son procesos imperfectos; no son por sí mismas la democracia, pero son un elemento fundamental para comenzar a darle contenido real y concreto a la democracia; ofrecen una oportunidad a la que no debemos renunciar.
