Watergate 2.0

Mayo le gustó a Donald Trump para (empezar a) irse de la Casa Blanca. O al menos así parece que será recordado este cuarto mes de la gestión como presidente de un personaje que ya desde los 80 del siglo pasado dejaba ver excesos, como la megalomanía, que ahora lo tienen metido en una serie de problemas tan complejos que resulta difícil resumir en este espacio. Un par de cosas son claras, sin embargo. Incluso en un escenario de crisis tan profunda, las instituciones de gobierno de Estados Unidos funcionan de una manera que acá en México tendríamos que envidiar. No es que los políticos, las personas que ejercen la política, como tales, sean moralmente superiores o mejores. Si algo ha demostrado Trump en las últimas 12 o 13 semanas es que tiene todo lo que se necesita para ser el dictador de una república bananera. No. Lo fundamentalmente distinto de lo que ocurre en EU respecto de México, es que las instituciones sí funcionan allá. 
 

La otra es que, gracias a los excesos de Trump, el gobierno de México puede respirar tranquilo. Es decir, con Trump más preocupado por defenderse de las consecuencias de su verborrea, el gobierno de México debe tener claro que no habrá muro, ni la renegociación del Tratado de Libre Comercio será como Trump la deseaba en 2016, pues más de dos millones 630 mil empleos dependen del TLC sólo en los diez estados más poblados de EU, ni habrá una radical reforma fiscal que dificulte a México atraer inversiones, pues esa reforma está atada al futuro de Obamacare. Se concluirán las obras del gasoducto Keystone XL, lo que mantendrá los precios del petróleo más o menos estables en sus actuales niveles, pues habrá una relativa abundancia de crudo, gas y otros derivados del petróleo. Quizá habrá nuevos episodios de arrestos y deportaciones masivas de mexicanos, pero —en lo sustantivo— las posibilidades de transformaciones radicales en EU murieron en el momento en que Trump decidió pedirle a James Comey que renunciara a su cargo en el FBI.

Incluso habría que preguntarse si el Departamento de Justicia, azorado como estará en los meses que vienen por una investigación de contraespionaje que exigirá todo de sus agentes, encabezados por el exdirector del FBI Robert Mueller, podrá continuar investigando a los exgobernadores mexicanos con procesos pendientes en EU. En ese sentido, el gobierno de México debe estarle muy agradecido a Trump porque, además de que ofreció, en 2016, un pretexto sin paralelo para presentar a la clase política mexicana como víctima de un maniático, ahora que necesita concentrarse en la manera de enfrentar a la madre de todas las elecciones, la de 2018, podrá hacerlo sin mayor problema, pues es claro que en Washington DC nada avanzará, por lo menos de aquí a las legislativas intermedias que se celebran en noviembre de 2018, unas semanas después de que nosotros elijamos al nuevo Presidente. Esas intermedias podrían traer cambios importantes en la composición del Congreso de EU, que harían imposible la gestión de Trump, a sabiendas de que, como ocurrió durante el Watergate original, hay algunas elecciones especiales o locales, de aquí a noviembre de 2018, que les darán a los republicanos pistas para calcular qué tanto pueden apoyar a Trump. No olvidemos que, en los 70, los republicanos no dudaron en sacrificar a Richard M. Nixon para salvar a su partido.

Dejando de lado algunas diferencias con el Watergate original, es posible observar paralelismos. El más notable: la manera en que tanto Nixon como Trump subestimaron a sus adversarios, así como la forma en que los excesos verbales de ambos construyeron los cadalsos en los que la historia los juzgará. Nixon, por ejemplo, no tenía necesidad de espiar a los demócratas. No tenía necesidad de grabar obsesivamente todas sus conversaciones. No tenía necesidad de intoxicarse con alcohol todas las tardes y despotricar, con la grabadora encendida, solo o rodeado de sus colaboradores, contra los demócratas y los hippies y, sin embargo, lo hizo. Trump acababa de ganar una elección difícil, cuyo resultado fue aceptado por su principal opositora. A Trump le quedaban 36 meses para preparar su reelección y no tenía necesidad de vomitar a diario en su cuenta de Twitter o en declaraciones a medios, insultos a quienes lo critican, haciéndose pasar por víctima de vastas conspiraciones. Mucho menos debía apostarle a la lealtad de Comey. Y, peor, no tenía necesidad de ofrecerle el cargo de consejero de Seguridad Nacional al corrupto general Michael Flynn, de quien ya se sabía que estaba bajo investigación del FBI antes de su designación y, sin embargo, como ocurrió con Nixon, cometió todos esos errores. Arrogancia que le llaman algunos y que suele ser la peor consejera política.

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