Historias de Miami
El caso del departamento en Miami propiedad de Alejandra Barrales, la presidenta nacional del Partido de la Revolución Democrática, sacó a la luz, una vez más, algunos de los peores aspectos de la política en México. No deberíamos normalizar ni minimizar ese tipo de hechos. No para lincharla a ella, como persona, política o mujer, sino porque esas historias son frecuentísimas en nuestra vida pública y los efectos de tantos escándalos son costosos.
El peor de esos efectos es la creciente desconfianza en los partidos. Eso no debería tomarse a la ligera. En un sistema político sano, los partidos políticos ocupan la cúspide de complejos sistemas de representación. Es posible encontrar ejemplos concretos de democracias que funcionan a escala municipal y quizá regional sin la presencia de partidos, pero no hay un solo ejemplo de una democracia sólida y estable a escala nacional que pueda funcionar sin partidos.
La muerte casi inminente del PRD no se deberá sólo al departamento de doña Alejandra, pero es un golpe que el achacoso cuerpo del PRD no está en condiciones de procesar. No olvidemos que ella llegó al cargo luego del fracaso de Agustín Basave, y antes de él, de otros dirigentes que no lograron encontrar formas para lidiar con posiciones cada vez más polarizadas dentro de ese partido. Ocurre, además, en un momento en el que se desdibuja lo que fue la izquierda mexicana: el Partido del Trabajo nunca alcanzó la eficacia de su homónimo brasileño. El Movimiento Ciudadano logró algunos éxitos electorales separado e incluso enfrentado al PRD en estados como Jalisco, pero la fragilidad de ese instituto político se demuestra en que no logró competir con candidato propio en la elección del Estado de México. En Acción Nacional las cosas no son mejores. El presidente de ese partido vive una situación similar a la de la señora Barrales, además de las truculencias de los moches que nunca se aclararon, el proceso contra Guillermo Padrés y las dudas sobre los préstamos contratados por gobiernos del PAN en Aguascalientes, Puebla y otros estados, incluido ya Veracruz. Del lado del PRI necesitaríamos varias ediciones completas de Excélsior para dar cuenta de todos los casos de corrupción que marcan a ese partido. Como dijo Gabriel Zaid: Todo es corruptible. ¿Y qué? Meter bajo esa generalidad a la corrupción como sistema político sirve para considerarla insuperable y resignarse.
El resultado es claro. Muchas personas tienen una repulsión a la política que nos daña a todos, pues hace más difícil que mejore la calidad de la representación que los partidos puedan ofrecer. Ello se traduce en una creciente dificultad para que alcaldes, gobernadores y las tres ramas de los poderes federales puedan impulsar mejores políticas. Basta ver los saqueos de enero, algo que los mexicanos no veíamos desde tiempos de la Revolución, como expresión de la desconfianza en las políticas de un régimen que no distribuye beneficios, que —al contrario— los concentra en un pequeño grupo que se enriquece gracias a la política.
Los políticos se dicen preocupados por la erosión de la confianza que reportan todas las encuestas disponibles, pero, lejos de aceptar sus propios errores, se victimizan y culpan a las redes sociales, al contexto internacional o a otros políticos. No quieren aceptar sus propios excesos y abusos de la confianza popular. Basta ver la manera con la que el PRI quiso cobrarse las exigencias de combatir la corrupción imponiendo un régimen, afortunadamente vetado por Peña Nieto, que hubiera obligado a cualquier persona que reciba la “Pensión Universal” a cumplir con requisitos demenciales.
Nuestros políticos parecen no darse cuenta del momento que vivimos. Gobiernos bien dirigidos, que lograban metas y se conducían con relativa probidad como los de Stephen Harper en Canadá, David Cameron en Reino Unido y Barack Obama en EU, han perdido en los últimos dos años elecciones que no deberían haber perdido. Sus derrotas pueden explicarse de muchas maneras, pero detrás hay insatisfacción con promesas incumplidas, con la verborrea seudocientífica con la que suelen hablar y con la distancia que crean respecto de sus gobernados. Como resultado, emerge una camada de dirigentes tan irresponsables como peligrosos, con Theresa May y Donald Trump a la cabeza.
Nuestros políticos parecen no darse cuenta de la magnitud del riesgo que enfrentamos. Creen que bastará con replicar viejas fórmulas para cumplir, de nuevo, con el principio del gatopardismo: que todo cambie para que nada cambie. Son incapaces de ver más allá de sus narices y reconocer que historias como la de la señora Barrales, tan frecuentes como absurdas e injustas en un país en el que poco más de la mitad de las personas son pobres, tienen como trasfondo su profundo egoísmo y su indisposición a aceptar sus errores y a cambiar.
