El retorno del Gran Garrote

En las últimas dos semanas, el secretario de Comercio del nuevo gobierno de Estados Unidos, Wilbur Ross, ha filtrado en varias oportunidades el tipo de profundas contradicciones en que se encuentra entrampado el gobierno al que sirve y los problemas tan graves que ello plantea a México. La más interesante 
y reciente fue una entrevista de casi 
15 minutos en el noticiero matutino 
de la cadena de radio y TV Bloomberg, 
la mañana del miércoles 8. 
 

En ella, Ross insistió en la mentira del supuesto superávit en la balanza comercial entre México y EU. Si eso lo dijera un diputado de algún partido de la izquierda mexicana o si lo dijera a la prensa financiera de EU el senador Bernie Sanders, no los bajarían de estúpidos. Sin embargo, como lo dijo un hombre que ocupa el lugar número 232 en la lista de las 400 personas más ricas del mundo, que posee la friolera de dos mil 500 millones de dólares, y que ahora trabaja como secretario de Comercio, entonces hay un sector de la opinión pública de EU que acepta sin chistar lo que dice como si fuera cierto.

Por más que México quisiera tener el tipo de ventaja del que han hablado Ross y, antes que él, Donald Trump, sería imposible. El tamaño y las características de la economía mexicana, la dependencia en la que vivimos de las empresas de EU con operaciones en nuestro país, hacen imposible pensar que pudiera existir ese tipo de superávit.

Dejando de lado la manera fantasiosa en la que Ross hace las más elementales operaciones aritméticas de sumar y restar, en la entrevista a Bloomberg, el casi octogenario Ross dejó ver algunas de las limitaciones que enfrenta para tratar de cumplir con el objetivo de Trump de renegociar, quizá cancelar, el Tratado de Libre Comercio. Es difícil porque, como Ross admitió, existe ahora, luego de poco más de 20 años de vigencia del TLC, una serie de cadenas de producción y suministros, que se han hecho sumamente complejas y que sería muy difícil, o por lo menos muy costoso, destruir o incluso sólo afectar de la noche a la mañana.

Es más, tuvo que reconocer, a contrapelo de las actitudes de Trump y sus empleados para con los secretarios de Relaciones Exteriores y de Economía, Luis Videgaray e Ildefonso Guajardo, que el TLC como está, especialmente en el caso de empresas muy grandes como General Motors o Ford, es muy difícil que pueda renegociarse antes de finales de año.

De igual modo, a diferencia de las bravuconadas de Trump a finales de enero, cuando amenazaba con imponer aranceles de 25 por ciento o más sobre el valor de las mercancías, no vistos desde finales de los años setenta, lo que Ross dejó entrever era su confianza de que esas bravuconadas hubieran ablandado suficientemente a México como para aceptar una negociación expedita que permitiera equilibrar (según él) el supuesto superávit que México tiene gracias al TLCAN. Fue una ráfaga de varias amenazas veladas hacia México, que parecían traídas de la época de Teddy Roosevelt y la política del Gran Garrote, y que hace necesario preguntar qué tan lejos llevará Trump esta situación.

Esta pregunta es más importante cuando se consideran los problemas que enfrenta Trump en otros temas. El más notable es el de la abrogación del llamado Obamacare, que no ha resultado tan sencillo como él creía y que amenaza con generar una fractura importante entre los senadores y representantes del Partido Republicano, que podría contaminar también la renegociación del TLC que, como está, parece no tener fecha. Ross parece más sensato que el Presidente en el tema comercial, pero no queda claro si podría contrapesar suficientemente al veleidoso e irresponsable Trump.

En un escenario así, lo que más entristece es la percepción generalizada de que el gobierno de México no defiende como debería al país. El lunes de esta semana, por ejemplo, los corresponsales de medios mexicanos en Washington, DC, se enteraron de la presencia allá de José Antonio Meade, sin que en México se hubiera informado de algún viaje del titular de la Secretaría de Hacienda. Esos silencios no abonan a la confianza.

Lo que prevalece es la desconfianza que se agrava por esta sensación de inseguridad que nos rodea y que empeora, todavía más, por el escenario de sucesión presidencial adelantada en la que nos encontramos. Y no es una sucesión cualquiera. Más bien al contrario, todo parece estar listo para que ahora sí ocurran los proverbiales “choques de trenes”, con los que algunos políticos solían tratar de elevar sus bonos en tiempos electorales. La duda es si los mexicanos seremos capaces de construir algún sentido de interés nacional, de unidad, de creatividad, que nos permita enfrentar el momento o si las pasiones de la elección, con su catarata de acusaciones y recriminaciones, le darán ventajas adicionales a Trump y su gente.

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