Violencia en las calles, el signo del fracaso

En fechas recientes, a la par de las noticias cotidianas sobre secuestros y asesinatos, ha habido un notable aumento en las noticias que dan cuenta de linchamientos y otros actos de “justicia por propia mano” en las zonas metropolitanas de la Ciudad de México y en la de Guadalajara. Lo peor es que en estas épocas de redes sociales en que vivimos ha habido quienes aplauden con entusiasmo este tipo de hechos, lo presentan como un castigo justo ante las acciones de los delincuentes que lastiman y vejan a las personas que se esfuerzan por vivir con lo poco que ganan de manera honesta.

La inseguridad en municipios del Estado de México como Ecatepec, Tultitlán, Tepotzotlán y Tlalnepantla, en el lado poniente, además de Los Reyes La Paz, los Chalcos y Nezahualcóyotl en el oriente, ya no es noticia. Sus habitantes han sobrevivido a lo largo de varias generaciones a distintas formas de violencia. Así lo demuestran instrumentos como la serie de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción de la Violencia, así como otras encuestas e investigaciones. Las consecuencias de la violencia en el transporte público y las calles son negativas tanto en términos de seguridad, como en términos de protección al medio ambiente, ello explica que cualquier persona que puede adquirir un auto, así sea usado, viejo, en mal estado, lo haga. Buscan evitar el uso del transporte público que es donde ocurre mucha de la violencia que más lastima y afecta a las personas. Ésa es una de las razones por las que los cientos de miles de personas que viven en Ecatepec, Tlalnepantla, Izcalli o Atizapán y trabajan en la Ciudad de México abarrotan las autopistas México-Pachuca y México-Querétaro.

A últimas fechas, la difícil historia de la violencia en México se ha complicado más. Los linchamientos que antes solían ser hechos aislados, poco frecuentes, en las grandes ciudades, se han multiplicado. Las víctimas suelen ser rateros que, aprovechando la tierra de nadie en que se han convertido porciones de nuestras ciudades, amedrentan, lastiman, e incluso llegan a violar y asesinar a personas vulnerables. Pero que ellos cometan crímenes no tendría que dar pie a que las comunidades, presas de la impotencia y convencidas de la inutilidad del sistema de justicia, también cometan crímenes.

En Guadalajara, esta semana, se llegó incluso al extremo de cercenar las manos a media docena de supuestos criminales. Nadie sabe si efectivamente lo eran. El hecho es que les arrancaron las manos y se les dejó tirados, a su suerte, en una calle perdida en la zona metropolitana de la capital de Jalisco.

Por si fuera poco, un legislador federal, preocupado quizás porque se le acerca su fecha de caducidad política, lanzó una propuesta tan irresponsable como innecesaria: facilitar el acceso a las armas de fuego y permitir que sean portadas en las calles, en los autos. Es como si se nos olvidara qué ocurría en el México de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando era legal, o al menos era tolerado, que la gente anduviera armada en las calles o se nos olvidara qué ocurre en Estados Unidos con los maniáticos que deciden desquitarse de otros haciendo uso de armas en espacios públicos.

Es claro que las distintas estrategias de combate al crimen de los últimos diez años han fracasado. En el Estado de México, por ejemplo, desde hace más de dos años se crearon las llamadas Bases de Operaciones Mixtas, en las que policías municipales del Estado de México, de la Federal y del Ejército deberían atender las necesidades de seguridad pública. Entre los municipios escogidos para instalar las llamadas BOM estuvo Ecatepec. El resultado ha sido desalentador; tanto, que —por ejemplo— el sindicato de trabajadores de Telmex ha anunciado que dejará de prestar servicio a colonias de Ecatepec, a menos que sus técnicos vayan acompañados de una patrulla que los proteja de posibles asaltos.

La inseguridad nos hace daño. No sólo alienta el uso de automóviles privados; también desalienta la inversión productiva, de modo que empleos que podrían crearse en Ecatepec o Tultitlán, no se crean ahí por la inseguridad. También lastima a las escuelas y universidades que deben gastar más para ofrecer alguna garantía a sus estudiantes. Alienta actitudes de mayor intolerancia, violencia e indisposición al diálogo y a la cooperación entre los vecinos. Por si fuera poco, hace más difícil la convivencia entre las clases sociales pues, para protegerse, quienes pueden pagar, construyen muros más altos, comunidades cerradas sobre sí mismas, lo que genera mayor aislamiento y tensión entre grupos sociales.

Urge un golpe de timón. Lamentablemente en los corredores donde se decide el destino del país, parece que no muestran interés alguno en siquiera tomar el timón.

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