El tramo final

La elección en Estados Unidos ha entrado en su tramo final. En poco más de tres semanas sabremos quién sucederá en la Casa Blanca a Barack Obama. A la luz de las más recientes encuestas, luego del primer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump y el primer y único debate entre Tim Kaine y Mike Pence, es posible suponer que será la señora Clinton quien jureen enero de 2017, aunque quedan abiertas preguntas acerca del futurode EU y del futuro de la relación entre ese país y el nuestro.

De las más notables es: ¿qué ocurrirá con el modelo de migración? En la actualidad, México vive los efectos de haber “vendido” servicios de outsourcing migratorio a EU. Desde Tapachula a Tijuana y en casi todas las ciudades fronterizas de Tamaulipas, grandes cantidades de personas que buscan refugio o asilo político en EU se agolpan sin que exista algún compromiso claro de parte de EU sobre el futuro de esas personas. ¿Quién tendrá que jugar el papel del “malo de la película”? ¿Quién se hará cargo de las deportaciones? ¿Será el ICE, el Immigration and Customs Enforcement, de EU, es decir, cruzarán la frontera México-EU sólo para ser deportados? ¿Será el Instituto Nacional de Migración quien los deba deportar? ¿Quién ayudará a las de por sí frágiles organizaciones civiles, como la que encabeza el padre Alejandro Solalinde, que ofrecen algún auxilio a los migrantes que aspiran a cruzar la frontera? Y está el problema de los mexicanos que viven allá sin papeles, que involucra a casi nueve millones de personas, además de sus familiares que sí tienen papeles.

Hasta el momento, nada de lo que han dicho Clinton o Trump hace suponer que pudiéramos estar a punto de encontrarle una solución al problema de la migración. Más bien todo lo contrario. Aunque la señora Clinton tiene un enfoque general distinto para resolver los problemas de EU, su discurso en materia migratoria, como el del resto del Partido Demócrata se ha endurecido para evitar que el discurso racista y antimigrante de Trump y Pence la rebasen. Y está el delicado problema de saber qué pasará con el Congreso. Aunque todo parece indicar que la señora Clinton ganará, de hacerlo lo haría con los votos de un sector del Partido Republicano resentido con Trump, que está dispuesto a votar por ella, pero que no ha renunciado a apoyar a sus candidatos tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Así, pudiera ser que ella ganara la Presidencia, pero que los republicanos se quedaran con el control de la Cámara baja. De ser así, la aprobación de una reforma migratoria amplia no será sencilla y no es difícil imaginar escenarios en los que, como ocurrió con George W. Bush y con Barack Obama, el ala más recalcitrante del Partido Republicano pudiera bloquear un intento de reforma.

Luego está el delicado asunto de acuerdos comerciales. Por una parte, hay presiones en ambos lados de la frontera para revisar el Tratado de Libre Comercio México-EU-Canadá que, siendo muy positivo en varios aspectos, no ha permitido evitar el daño que la pujante economía china ha causado. Por la otra, está el Acuerdo de Asociación Transpacífico, el llamado TPP, que, aunque ya fue firmado por México y el resto de los once países involucrados, incluido EU, ha sido objeto de una feroz crítica durante la campaña presidencial que ha hecho que la señora Clinton retire su apoyo a ese instrumento, lo que terminaría por anularlo casi por completo incluso si los otros once países lo ratificaran.

En este sentido, sería bueno que no bajáramos la guardia. El eventual triunfo de la señora Clinton puede ser bueno para México, infinitamente mejor que vernos sometidos a los caprichos del racista Trump, pero sería ingenuo suponer que con ella en la Casa Blanca se solucionarán todos los problemas de la compleja agenda bilateral. Por lo pronto, gane quien gane, es necesario que el gobierno de México asuma con mayor seriedad el reto que plantea la presencia de solicitantes de asilo en la frontera común. Aunque los mexicanos solemos solazarnos en la experiencia de la recepción que se les dio a los refugiados de la República Española, la realidad es que no somos un país que favorezca la llegada de migrantes. Experiencias como el cierre del albergue Juan Diego, en el Estado de México, demuestran qué tan racistas podemos ser en México. Por ello sería bueno que se evitara a la brevedad una situación similar en Tijuana, Juárez, Nuevo Laredo, además de resolver las que ya se presentan en Tapachula. Si es necesario que México apele a la comunidad internacional para que se hagan llegar alimentos o medicinas a quienes esperan en la frontera México-EU, es urgente hacerlo ya. Lo último que necesitamos es repetir aquí lo que Marruecos hace para frenar la llegada de refugiados a Europa.

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