La mentira
La verdad es la relación invisible que se determina entre las cosas y las palabras: veo las cosas, escucho, leo las palabras, pero no veo ni siento la relación entre unas y otras; la verdad requiere completitud, pero lo que decimos y sabemos es por lo general incompleto.
La democracia —dice Michel Foucault, en una cita tomada del ensayo La mentira, de Franca D’Agostini (Adriana Hidalgo,/Argentina/2014), requiere de tres condiciones: la posibilidad de tomar la palabra para todos; el “ascendiente” que algunos, los representantes del pueblo, tienen entre los ciudadanos; y la verdad, como razón fundamental del “ascendiente” político. El derecho a tener una voz especial en el contexto democrático, en otros términos, derivaría directamente de la parrhesía, que significa la capacidad de decir y dar a conocer la verdad. La democracia se degrada cuando aparecen los falsificadores-simuladores de la verdad. El mal parresiasta no dice la verdad, sino la opinión más corriente: es el oportunista a quien sólo importa su éxito.
¿Se cumple en México la tríada democrática planteada por Foucault? ¿Cuántos malos parresiastas tenemos en los partidos políticos, en el gobierno, en los más altos mandos de la nación y entre los comunicadores? La falla fundamental de nuestra democracia es que todo está fincado en las más indignantes mentiras, que llegan a grados tan obvios, que se han intentado camuflar con sahumerios del tipo “verdades históricas”.
Para entender qué es y cómo funciona la mentira, D’Agostini hace un estudio sobre la verdad. Nos recuerda el proceso complejo de relativización de ese concepto. Para la filósofa italiana la verdad enfrenta las siguientes dificultades básicas: “Es una sola, mientras lo no verdadero es múltiple”; la verdad es la relación invisible que se determina entre las cosas y las palabras: veo las cosas, escucho, leo las palabras, pero no veo ni siento la relación entre unas y otras; la verdad requiere completitud, pero lo que decimos y sabemos es por lo general incompleto. Para tener la verdad es necesaria la realidad a la que se refieren los discursos, y los discursos son producto de construcciones y reconstrucciones.
La mentira es resultado de una debilidad de carácter del que la dice, pero ante todo, de quien la cree y se ve afectado por ésta. La mayor debilidad del engañado está en su incapacidad de razonar, de ver las partes de la mentira y desenmascararla, y se puede añadir, en la necesidad de vivir engañado. Dice D’Agostini que no procede convencer al mentiroso de no serlo argumentando que su proceder disgrega el tejido social, desaparece la ética y destroza el acuerdo democrático. Eso el mentiroso lo sabe y lo usa para sacar la mayor ventaja. Analizar la mentira desde el punto de vista de la fragilidad de la verdad “significa tomar una posición clara y definida: ponerse de parte de quien la padece”. Esto significa usar la razón para defender a la víctima del engaño, cualquiera que sea, y desenmascarar la “astucia cretina o la desafortunada enfermedad de quienes engañan”. El análisis de la verdad es útil para discernir en la selva de mensajes cuáles son de fiar. Si se quiere combatir la injusticia y la atávica tendencia humana a tratar de manera sistemática a los demás como medios y no como fines, es necesario llegar a la verdad.
En su apasionante estudio sobre la mentira, D’Agostini desglosa la interrelación de la mentira con las condiciones que la fortalecen, como las prementiras; por ejemplo, falsas generalizaciones útiles para deslizar falsedades concretas: una prementira sería la afirmación de que hay razas superiores. Una vez que aceptamos esa mentira se justifica que se extermine a esas razas.
Una propuesta para combatir la mentira y la corrupción es legitimar la verdad, impedir su relativización extrema. Paolo Flores D’Arcais, en II fato quotidiano (7/IV/ 2012), argumenta que si aceptamos que la mejor arma contra la corrupción es “la ingenuidad y el simplismo de la verdad”, debían imponerse “penas draconianas para delitos de violación de la verdad, como obstrucción de la justicia, mentiras en los balances contables y los falsos testimonios”: sin ocultamientos y falsificaciones no hay corrupción.
El libro de D’Agostini concluye con el análisis de los cambios en las plataformas comunicativas para la imposición de mentiras. Antes de las redes sociales la comunicación era vertical. Con las nuevas tecnologías han estallado la transversalidad y la multidireccionalidad. Esto es alentador, pero no definitivo. A las redes las amenazan leyes restrictivas. Además, está la posibilidad de que los grandes monopolios que las administran las manipulen; por ejemplo, sembrando mensajes masivos que vayan trastocando la libertad de pensar y decir.
¿Funcionaría en México una ley que impusiera penas muy, muy graves a quienes mientan, oculten información, falsifiquen balances contables y otras acciones en ese sentido? Para enderezar el barco de la democracia debemos reconocer el efecto devastador de la mentira y castigarla con contundencia, así como velar por la integridad de las redes sociales.
