Soldados rusos en el Zócalo
Los gobiernos democráticos han condenado la agresión rusa y han aislado al régimen de Putin. La condescendencia del presidente mexicano con ese criminal de guerra es inaceptable. La simpatía por el régimen de Putin es compatibilidad criminal.
Sentí asco al enterarme. Resulta incomprensible y profundamente indignante. Soldados rusos participaron en el desfile del 16 de septiembre. En una actitud sin precedente, el titular del Poder Ejecutivo no invitó a la ceremonia del Grito ni a la marcha militar a los representantes de los Poderes Legislativo y Judicial de la Federación, pero en cambio invitó a marchar a delegaciones castrenses de gobiernos dictatoriales como los de Cuba, China y Nicaragua. Inadmisible. Pero nada tan repugnante como la presencia del contingente ruso, es decir, de miembros de un ejército que desde hace 19 meses y ahora mismo, en el momento que escribo estas líneas, está perpetrando crímenes de lesa humanidad en Ucrania.
La embajadora en México del país invadido, Oksana Dramaretska, reaccionó con dignidad, firmeza e indignación: “El desfile cívico militar en la Ciudad de México, mancillado por la participación de un regimiento ruso: sus botas y manos de criminales de guerra están manchadas de sangre. ¿Cómo de coherente es, señor Andrés Manuel López Obrador, su política de neutralidad y su condena de la agresión contra mi país?”. Los gobiernos democráticos han condenado la agresión rusa y han aislado al régimen de Putin. La condescendencia del presidente mexicano con ese criminal de guerra es inaceptable. La simpatía por el régimen de Putin es compatibilidad criminal. Como señala Xóchitl Gálvez, el Presidente “ya dejó claro que sus amigos son los dictadores, no los demócratas”.
El ejército ruso no sólo invadió Ucrania, sino que en el país invadido ha bombardeado hospitales, escuelas, hogares, infraestructura; ha asesinado a más de 18 mil civiles, a varios después de haberlos torturado, y a más de 70 mil soldados, y mutilado o herido gravemente a 13 mil civiles y a 100 mil combatientes del país agredido; ha violado a numerosas mujeres, y ha secuestrado niños para llevarlos al territorio del país invasor. Por eso, como afirman los senadores del Grupo Plural, el Presidente “manchó de sangre el Zócalo de todos los mexicanos, porque desfilaron representantes de la invasión criminal rusa a Ucrania y del despotismo nicaragüense, ladrón de casas y universidades”.
No es la primera vez que Andrés Manuel López Obrador muestra simpatía por los dictadores. No podemos olvidar que tuvo como invitado de honor a las fiestas patrias de hace dos años al presidente cubano Miguel Díaz-Canel y le otorgó el Águila Azteca poco después de que unas inusitadas protestas pacíficas callejeras en Cuba fueron brutalmente reprimidas: el gobierno no sólo envió porros a apalear a los manifestantes, sino que muchos de éstos fueron condenados a penas altísimas, incluso de más de 20 años de prisión, como si fuesen culpables de delitos tan graves como el homicidio doloso, el secuestro o el terrorismo. Pero su único delito fue protestar.
Tampoco es la primera vez que el Presidente mexicano se muestra insensible ante el sufrimiento ajeno. De eso pueden dar testimonio los padres de los niños con cáncer, las mujeres que denunciaron a Félix Salgado Macedonio y a Pedro Salmerón, la familia LeBarón, las madres a las que se privó de las estancias infantiles, los médicos de hospitales privados, los contagiados de covid-19, los científicos, los académicos, las madres buscadoras, las familias a las que se quitó la escuela de tiempo completo.
Kevin Dutton, doctor en psicología, señala los rasgos psicopáticos comunes en muchos líderes que ejercen el poder, entre los cuales incluye la frialdad emocional, es decir, la falta de sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno (La sabiduría de los psicópatas). Esa desconexión es lo opuesto a la máxima “Soy un hombre. Nada de lo humano me es ajeno”, que aparece en la obra de Publio Terencio Africano en el año 165 antes de Cristo. Precisamente con esa cita inicia el filósofo español Miguel de Unamuno su ensayo de 1913 Del sentimiento trágico de la vida, donde sostiene: “Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño”.
Cómo quisiera que la embajadora de Ucrania en nuestro país leyera estas líneas y decirle que millones de mexicanos reprobamos enérgicamente la presencia de los soldados rusos en el Zócalo, que nos solidarizamos con su país, que nos duele lo que han sufrido sus connacionales, que quisiéramos no sólo ver derrotado a Putin, sino también verlo juzgado y condenado.
