Que toda la sociedad sea pueblo
Del discurso de Xóchitl Gálvez quiero ahora destacar su compromiso de, en caso de ganar la elección presidencial, gobernar para todas y todos, conformar un gobierno que no divida, que no recurra a la ofensa y la descalificación, que promueva la reconciliación nacional, que abra las puertas de Palacio Nacional que en estos últimos años se cerraron con mentiras...
Lejos de la retórica y la oratoria que suelen frecuentar los políticos, el discurso de Xóchitl Gálvez al pie del Ángel de la Independencia fue fresco, ameno, chispeante, inteligente y breve, virtudes nada despreciables y, además, pronunciado sin que la senadora hidalguense perdiera en ningún momento su característica sonrisa seductora.
Un discurso abismalmente distinto de los que han pronunciado los aspirantes a la Presidencia del partido oficial, quienes, todos ellos, prodigaron muestras de tan lamentable servilismo que los hizo soslayar los graves problemas que aquejan al país, pues su afán ha sido exclusivamente el de quedar bien con el caudillo, replicar su cantaleta según la cual, a partir de su gestión, todo en el país va bien, requetebién.
Del discurso de Xóchitl Gálvez quiero ahora destacar su compromiso de, en caso de ganar la elección presidencial, gobernar para todas y todos, conformar un gobierno que no divida, que no recurra a la ofensa y la descalificación, que promueva la reconciliación nacional, que abra las puertas de Palacio Nacional que en estos últimos años se cerraron con mentiras, insultos y odio para todos los que no piensan —o dicen pensar, agrego yo— como el Presidente.
“No sólo me las cerraron a mí —señaló la virtual candidata del Frente opositor—, sino a ustedes, a millones de mexicanos, pero los ciudadanos vamos a volver a abrir esas puertas, las abriremos con la verdad, las abriremos con la esperanza, porque la esperanza ya cambió de manos, la esperanza ahora es nuestra”.
Xóchitl enfatizó su respeto a todos los mexicanos: a los pueblos indígenas y a los pueblos afromexicanos, a las mujeres, a la clase media, a la diversidad, a las personas con alguna discapacidad, a las madres buscadoras, a los papás de los niños enfermos, a los abuelos que claman atención y cuidado, a los ambientalistas que exigen respeto a la Tierra, a los científicos y académicos ninguneados, a los estudiantes que quieren progresar, a los migrantes mexicanos que viven en el extranjero y a los que pasan por nuestro país, a los doctores y enfermeras, a los policías, a los maestros y maestras, a los soldados y marinos, a los periodistas.
En esa enumeración incluyó a todos aquellos a los que el Presidente ha vilipendiado y calumniado, y a los que se ha negado a recibir, a pesar de sus reiteradas proclamas de que gobierna para el pueblo. Es que el Presidente entiende al pueblo como la parte sana, el segmento bueno de la sociedad, el único que legítimamente puede tomar decisiones políticas, cuya voluntad él interpreta porque es su encarnación; el pueblo cuyos enemigos son quienes no forman parte de él, es decir, la clase media, los científicos, los intelectuales, los académicos, los periodistas, los médicos y las enfermeras, los padres de los niños enfermos, los ambientalistas, las feministas, las madres buscadoras. Por eso les ha cerrado la puerta de “su” palacio o incluso perseguido penalmente.
Esa visión del pueblo es claramente antidemocrática. Como ha señalado la filósofa española María Zambrano, el supuesto revolucionario de la democracia es “que toda la sociedad sea pueblo”: todos y cada uno de los miembros de la comunidad. Es la noción presente en el discurso de Xóchitl Gálvez, que suprime las implicaciones facciosas, sectarias, de la visión del caudillo. “No es pueblo contra nadie —defiende Fernando Savater—, sino pueblo con todos”.
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El próximo lunes se cumplen 50 años del golpe militar en Chile, que causó más de tres mil muertes o desapariciones. El presidente Salvador Allende, cuyo objetivo era instaurar un socialismo democrático, optó por quitarse la vida durante el bombardeo al palacio de La Moneda, en lugar de tratar de huir o entregarse a los golpistas. Siempre me ha costado comprender a los suicidas, excepto en los casos en que la existencia se vuelve una tortura por enfermedad o incapacidad insoportables. “En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo”, escribió Camus en El mito de Sísifo. Pero agregó que el suicidio, lejos de ser un acto de cobardía, es el máximo de la desesperación lógica. Quienes conocieron a Allende indican que era un amante de los placeres de la vida. Su decisión final fue la manifestación extrema de su coraje para no retroceder ante la imagen que de sí mismo había fraguado.
