Lo que aún no se nos niega

¡Qué patético el empeño de la presidenta Claudia Sheinbaum en querer presentar como defensa de la soberanía nacional lo que es la defensa de un puñado de presuntos delincuentes serviciales con la delincuencia organizada! ¡Qué patética la justificación de su renuencia: si entregamos a éstos, después vendrán por otros, y eso no lo podemos permitir!

¡Qué patética la súplica del expresidente Andrés Manuel López Obrador al presidente Donald Trump, la imploración de que vuelva a ser como antes, es decir, que dé la orden de que no se persiga, que deje de perseguirse a narcopolíticos mexicanos! ¡Trump, amigo, por favor, con nuestros narcopolíticos no, no seas gacho; cuando yo era presidente eras cuate!

No, Estados Unidos no está invadiendo al país como lo hizo en 1846. Lo que ha hecho el gobierno estadunidense es solicitar la detención con fines de extradición de una docena de individuos, como corresponde al tratado bilateral de extradición firmado con México.

No, no es la ultraderecha del gigante del norte aliada con la ultraderecha mexicana la que está detrás de la solicitud: la petición la hace el Departamento de Justicia de Estados Unidos con cargos radicados en la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York.

No, como lo dijo recientemente Cayetana Álvarez de Toledo, Estados Unidos no está lesionando ni poniendo en riesgo la soberanía de nuestro país: lo que hace nugatoria la soberanía de los mexicanos es el crimen organizado, que mediante el terror controla las vidas de millones de habitantes e impone sus designios en vastos territorios; el populismo autoritario, que aniquila instituciones democráticas, erosiona los contrapesos y pacta o es cómplice del crimen organizado dando lugar a un narcoestado, y la mentalidad de dependencia inducida por el gobierno, enemiga de la autonomía, la libertad y el emprendimiento de los ciudadanos.

¡Qué patético el sometido poder legislativo pagando a posteriori el soborno a los magistrados electorales —se sometieron, ergo merecen mantenerse en sus cargos por una eternidad— y estableciendo como causal de nulidad de las elecciones una vaga e imprecisa injerencia extranjera (una conferencia de un académico o un editorial de un diario no mexicanos cabría en esa vaguedad)!

¡Qué patética la Suprema Corte del acordeón, resolviendo todos los casos en favor del gobierno, para lo cual incluso han echado abajo las anteriores jurisprudencias! Los nuevos ministros han decidido, por ejemplo, que se pueden congelar cuentas sin orden judicial y que el Congreso y las legislaturas de las entidades federativas pueden aprobar reformas fast track, sin deliberación, sin dar oportunidad a que los legisladores de oposición estudien las iniciativas. ¡Qué patética fotografía la de los presidentes de la Corte y de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos dándose la mano mientras miran a la cámara como presumiendo su lacayismo!

No nos resignemos, demos la lucha contra esas calamidades de la vida pública, pero que éstas no enturbien nuestra alegría —uno de los tesoros más valiosos de que podemos disfrutar— ni agrien nuestro vino interior, que inspira y fortifica el alma y nos hace disfrutar más del privilegio de estar vivos.

El gran poeta Vicente Quirarte nos anima:

… hay que buscar el vuelo

con todo lo que aún no se nos niega.

Por lo pronto, a partir de hoy, gocemos con el Mundial, a pesar de que el deporte más popular del orbe se ha convertido, si el aficionado quiere presenciarlo en los estadios, en un espectáculo reservado a potentados, pues un solo boleto equivale a varias jornadas de trabajo de un obrero o un empleado medio.

Si no pudimos o no quisimos gastar una fortuna en un estadio, sigamos los partidos por televisión, que nos da la ventaja de ver numerosas veces las jugadas decisivas, desde diversos ángulos, incluso en cámara lenta o deteniendo la imagen.

Si usted, lectora, lector, no es aficionado a lo que el inolvidable Ángel Fernández llamó el juego del hombre, es una lástima: se pierde de algo que es mucho más que una diversión. El futbol, para los verdaderos aficionados, es emoción profunda e intensa, fuente —como todas las pasiones— de desdichas y alegrías exaltadas.