Nuestros muertos

No me conformo con estar vivo sólo yo: quisiéramos que los seres queridos que murieron —que ya no están o que se nos adelantaron decimos para no conjugar el verbo morir— estuvieran con nosotros. De ahí la ilusión que motiva la fiesta de muertos: un día al añoen que esas personas a las que añoramos nos visitan.

Los seres humanos nacemos y vivimos venciendo a la muerte. Frágiles y vulnerables, irremediablemente mortales, en riesgo constante ante todo tipo de males, cada mañana, al despertar, constatamos que seguimos obteniendo ese triunfo ante la Invencible. Tendríamos que experimentar el regocijo del enorme poeta Jorge Guillén:.

Respiro,

y el aire en mis pulmones

ya es saber, ya es amor, ya es alegría.

Si no somos tan insensibles como una piedra —como ya saben quién—, nos duelen y horrorizan todas las muertes prematuras, anticipadas, como las de las víctimas del hambre, de la pandemia, de la invasión rusa a Ucrania, de los crímenes monstruosos de Hamás, del bombardeo a la franja de Gaza, del huracán que devastó Acapulco, de los homicidios que han hecho de nuestro país uno de los más violentos del mundo, del desabasto de medicamentos.

Pero ese dolor y ese horror no nos impiden gozar del hecho de estar vivos. El gran pensador Fernando Savater enseña que lo característico de la alegría es que se manifiesta a pesar de todos los pesares, propios o ajenos, pues si hubiera que legitimar la de cada vida con éxitos obtenidos contra la necesidad y el dolor sería imposible darle el visto bueno a ninguna. La alegría “es un asentimiento más o menos intenso a nuestro asentamiento o implantación en eso que llamamos vida o mundo” (Diccionario filosófico).

Aun quienes creen o dicen creer que tras esta vida habrá otra, se apegan a la que aquí, ahora, están viviendo. Incluso no pocos enfermos terminales se aferran a la vida como el náufrago a la tabla gracias a la cual no se ahoga. Miguel de Unamuno grita: “No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y que me siento ahora y aquí, y por eso me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia” (Del sentimiento trágico de la vida). Son muy escasos los que comparten la fervorosa prisa de Santa Teresa de Ávila:

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero

que muero porque no muero.

Pero no me conformo con estar vivo sólo yo: quisiéramos que los seres queridos que murieron —que ya no están o que se nos adelantaron decimos para no conjugar el verbo morir— estuvieran con nosotros. De ahí la ilusión que motiva la fiesta de muertos: un día al año en que esas personas a las que añoramos nos visitan. En el altar de muertos, para darles gusto en su efímera visita, les ofrecemos las viandas y las bebidas que eran de su agrado.

No nos engañamos: sabemos que no se trata más que de una fantasía, por entrañable y deseable que sea, por mucho que nos digamos que en realidad los muertos nos visitan. Creer que nuestra fe transformará lo imposible en posible es el comienzo de la locura, como diagnostica Pío Baroja (“El árbol de la ciencia”, en La raza, Tusquets).

Nos gustaría que aquellas y aquellos que ya no están con nosotros vinieran realmente, que se sentaran con uno a tomarse una botella de vino, que acudieran con uno a los sitios que les gustaban, que nos acompañaran a una larga caminata por una calle muy hermosa o por un bosque exuberante; nos encantaría abrazarlos, conversar con ellas y ellos, recordar las cosas que vivimos juntos, escuchar sus anécdotas, las que ya conocíamos y las que no conocemos, disfrutar de su voz y su sonrisa. Desde luego, no sería nada grato, si murieron de una enfermedad que los fue consumiendo, verlos en el estado en que esa enfermedad los dejó. Nos encantaría verlos en plenitud, en el mejor momento de su vida, alegres, vitales, felices en su estupefacción de volver a vivir… así sea un solo día.

El amor es capaz de vencer muchos obstáculos: convencionalismos, pugnas familiares, diferencias abismales de carácter y temperamento, de edad, de clase social, de ideas políticas, de creencias religiosas. Pero no todos los obstáculos. Lo expresa el poeta Macedonio Fernández:

No a todo alcanza Amor pues que no puede

romper el gajo con que Muerte toca.

Lo que podemos hacer, entonces, es revivir a nuestros seres queridos en el recuerdo, en la añoranza, en los sueños. Y, si no se han ido, comprender que hay que disfrutarlos, momento a momento, antes de que sea demasiado tarde.

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