No te des por vencido

Además de la farsa del 1 de junio, se comete una vejación descomunal contra los actuales juzgadores: se les echa a la calle sin que el despido se justifique en conducta ilícita algunade su parte; se les despoja gansterilmente de su fideicomiso; se les niega una indemnización que contemple el lucro cesante; se les aplica retroactivamente la ley.

Nos han arrebatado el Estado de derecho, la democracia que con tantas esperanzas y tantos esfuerzos habíamos erigido en las últimas décadas. Nos han hecho víctimas de un atraco que se empezó a fraguar desde que el entonces presidente de la República fracasó tanto en el intento de prolongar la gestión al frente de la Suprema Corte de Arturo Zaldívar, siempre dispuesto a obedecer servilmente sus designios, como en el de que Zaldívar fuera sucedido por Yasmín Esquivel. Así, no quedó en la presidencia del alto tribunal ningún incondicional de López Obrador. La Corte, actuando con independencia y honrando su papel de tribunal constitucional, invalidó varias de las leyes y decretos del mandatario porque eran claramente inconstitucionales.

Pero la demolición de los poderes judiciales no es sólo un pueril acto de venganza de un autócrata que no soportaba contrapeso alguno. No es solamente la manifestación de la rabieta, el capricho vindicativo de un gobernante egocéntrico y caprichoso. Es una medida, consumada por su sucesora, para que los tres poderes, que han de ser independientes entre sí en un régimen democrático, queden concentrados en la Presidencia de la República, como en Cuba, Nicaragua y Venezuela. Ya tiene el gobierno en el Poder Legislativo una mayoría calificada espuria que le permite atropellos como el que estamos presenciando, la cual le permitirá la captura del único contrapeso que podía poner freno a sus tropelías. Es un paso crucial en la realización de un proyecto tiránico.

Sólo una ínfima minoría de ciudadanos —¡uno de cada diez!— participó en el sainete de las urnas. La gran mayoría de esa insignificante minoría lo hizo acarreada, coaccionada y/o extorsionada. Siete de cada diez votantes son beneficiarios de la entrega de dinero en efectivo. Los acordeones repartidos masivamente y sin pudor indicaban a los sufragantes por quiénes debían votar. Nadie sabía de las trayectorias, la capacidad, la formación de los aspirantes. No importaba: el acordeón resolvía el problema. El gobierno instruía al pueblo bueno acerca de qué candidatos debían ser los elegidos, y ya se sabe que en toda autocracia populista los gobernantes aseguran que conocen la voluntad del pueblo y representan sus intereses. No importaba que fuera imposible tomar decisiones informadas al llenar las boletas.

El ascenso escalafonario, la carrera judicial, los concursos de oposición, la experiencia adecuada, nada de eso ha sido factor para decidir quiénes serán los nuevos impartidores de justicia. No se pretende una justicia de calidad, sino una judicatura sometida. Y, además de la farsa del 1 de junio, se comete una vejación descomunal contra los actuales juzgadores: se les echa a la calle sin que el despido se justifique en conducta ilícita alguna de su parte; se les despoja gansterilmente de su fideicomiso; se les niega una indemnización que contemple el lucro cesante (la expectativa de los juzgadores más jóvenes era dedicarse a la judicatura hasta los 65 años); se les aplica retroactivamente la ley. No se trataba solamente de deshacerse de ellos, sino también de humillarlos, de estropearles su proyecto de vida. De esta inmundicia no puede surgir nada mínimamente aceptable.

La semana pasada, enfrentando el caos provocado por el bloqueo del Paseo de la Reforma realizado por la CNTE, tuve la suerte de conocer a la jueza Sandra Karina Ibarra Carbajal, figura icónica de la resistencia de jueces y magistrados, a quien admiré desde la primera vez que la vi en un video oponiéndose con coraje, entereza y notable desenvoltura en su apasionado discurso al exterminio de los poderes judiciales: “Están violando las suspensiones. Nos quieren de rodillas, pero si vienen por nuestras cabezas, nos encontrarán de pie”.

Una vez más me sedujo escucharla. Así como ha combatido inquebrantablemente el golpe de Estado, no se ha permitido dejarse derrotar por la derrota. Conserva el mismo temple con que ha desafiado el atropello desde el primer día. Creo que luchar contra la tiranía le ha descubierto a sí misma su enorme fuerza interior. Lo suyo no es la depresión, sino la rebeldía ante el avasallamiento. No hay en ella una gota de desánimo, sino una cascada de indómita rebeldía. No te des por vencido ni aun vencido, incita el poeta argentino Almafuerte. Sandra Karina nos invita no sólo con palabras, sino con toda su actitud anímica a no darnos por vencidos. Aceptemos la invitación.

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