“¡No estás solo!”
Ese “¡no estás solo!” equivale a “¡te apoyamos, cabrón, aunque seas un violador!”. Es decir, como se trata de un compañero de partido, no sólo se le excusa cualquier bajeza, cualquier canallada, cualquier crimen, sino que se le aplaude menospreciando a la víctima, el derecho de la víctima a la procuración de justicia. ¿Cómo se le ocurre a una mujer denunciar a un militante del movimiento de la Cuarta Transformación?
“¡No estás solo! ¡No estás solo!”. Ninguna escena tan ignominiosa en cualquier parlamento del mundo, en cualquier periodo de la historia, que la protagonizada por las diputadas que no sólo votaron contra el desafuero de Cuauhtémoc Blanco, sino que, además, corearon su apoyo incondicional al exgobernador de Morelos y diputado federal.
Ese “¡no estás solo!” equivale a “¡te apoyamos, cabrón, aunque seas un violador!”. Es decir, como se trata de un compañero de partido, no sólo se le excusa cualquier bajeza, cualquier canallada, cualquier crimen, sino que se le aplaude menospreciando a la víctima, el derecho de la víctima a la procuración de justicia. ¿Cómo se le ocurre a una mujer denunciar a un militante del movimiento de la Cuarta Transformación? Su deber patriótico era permanecer callada porque su agresor, por sólo ser militante de Morena, por terrible que haya sido la agresión, ha sido bañado por las aguas del Jordán, ungido como prócer, aunque su conducta con frecuencia sea la de un rufián.
La violación es uno de los crímenes más repugnantes, más dañinos: lesiona la libertad más íntima, la más sagrada, el derecho que tiene un ser humano de decir no —el monosílabo con el que empieza la libertad, dice Octavio Paz— a una relación que involucra no sólo el cuerpo, sino el alma de los partícipes: “Yo no sé quién soy, en ese momento estoy muriendo, algo dentro de mí está muriendo, algo que ya nunca más podré recuperar”, dice Magdalena, la mujer violada de Dulce cuchillo (Jus), de Ethel Krauze, y le reprocha al violador: “… violas algo más íntimo que la vagina, una vagina del alma, un himen del espíritu…”.
El violador es un ser deshumanizado. La sexualidad libre, mutuamente consentida y placentera es una de las experiencias más enriquecedoras sensual y espiritualmente. El violador no sólo es enemigo de esa sexualidad. En la raíz del delito de violación se encuentra el más absoluto desprecio por las preferencias, los sentimientos y la dignidad de la víctima. El violador no sólo no se compadece, sino que disfruta del sufrimiento de la víctima. De otro modo no sería un violador. “Una de las formas más comunes de sadismo es la violación”, observa Desmond Morris.
Desde luego, todo imputado, aun del crimen más horrendo, tiene derecho a la presunción de inocencia, al debido proceso, a defenderse, a que se le juzgue imparcialmente. Pero el desafuero es lo que permite que un legislador a quien se imputa un delito sea procesado. Lo que es inadmisible es que el fuero —que en el caso de los legisladores sólo debería tener como efecto la inmunidad por sus opiniones y su voto— sea un manto protector de delincuentes, un manto de impunidad.
No es la primera vez que la 4T manifiesta su apoyo a un acusado de violación. No podemos olvidar el apoyo a Félix Salgado Macedonio en su aspiración a ser gobernador, a pesar de que una mujer lo acusó de haberla violado. No podemos olvidar, por mínima decencia, que fue respaldado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, el entonces senador Ricardo Monreal y el entonces dirigente de Morena, Mario Delgado, y en general por el morenismo, y que las mujeres de Morena eligieron callar.
No sólo las diputadas que votaron contra el desafuero procedieron de manera indigna. La Presidenta de la República subestimó la acusación contra el exfutbolista porque la denuncia —dijo— provenía de un fiscal “que fue muy corrupto”.
Pasemos por alto el abuso de usar la tribuna presidencial para difamaciones y calumnias. Lo cierto es que la denuncia proviene no de fiscal alguno, sino de la media hermana de Blanco, que circunstanciadamente narró cómo éste intentó violarla, lo que no logró debido a su fiera resistencia y sus gritos pidiendo auxilio.
“¡Qué monstruoso animal es aquel que se causa horror a sí mismo, aquel al que sus placeres manchan…!”, escribió Montaigne en alguno de sus Ensayos. ¿Y aquellos que aplauden o se solidarizan con ese monstruoso animal?
