Hacia el pantano

La construcción de personajes que logra Laveaga es magistral. Capítulo a capítulo, la expectación sobre cada uno de ellos hace que la novela no se pueda dejar. Son personajes proteicos que atraviesan momentos cruciales en sus vidas en un país maldecido por los dioses en el que proliferan los crímenes sin castigo, los abusos de poder, las injusticias, el servilismo y la corrupción.

He leído que Hacia el pantano, de Gerardo Laveaga (Alfaguara), es una novela sobre el poder y nuestro sistema de justicia, lo cual es innegable, pero es mucho más que eso: es un relato sobre la condición humana o, más precisamente, sobre uno de los aspectos más detestables de la condición de algunos seres humanos (¡no de todos, por fortuna!).

No sólo jueces, magistrados y ministros traicionados por él, sino todo mexicano medianamente informado sabe de la calaña del expresidente de la Suprema Corte Arturo Zaldívar. Ahora podemos leer en esa novela —qué placer amargo nos obsequia Gerardo— ruindades como de las que sabemos que eran su proceder cotidiano. No importa que el autor le haya cambiado al personaje no sólo el nombre, sino incluso el sexo. Tampoco importa que ésa no hubiera sido su intención (en la entrevista concedida a Vicente Gutiérrez para Milenio diario, Laveaga dice que no habla de “personas en concreto”). En Hacia el pantano, el autor da cuenta de la abyección de quien fuera titular del alto tribunal.

En el relato se llama Imelda Quiroga, bautizada doctora IQ por los medios. Pero es Zaldívar, Zaldívar travestido, igualmente rastrero. Como en la despiadada realidad quedarán en la impunidad sus bajezas, podemos tomar el retrato que Laveaga hace de su alma como un ajuste de cuentas imaginario, el único posible en nuestro país de fechorías impunes. “Lo sacaba de quicio… verla atravesar la calle para ir a Palacio Nacional… Su desfachatez es intolerable. Se ha convertido en lacaya del gobierno. Su papel se reduce a respaldar las arbitrariedades del secretario de justicia”.

Laveaga le imprime a su narración el ritmo de un thriller, tan intenso como dramático y con asombrosas vueltas de tuerca que hacen que la novela mantenga al lector expectante y encandilado. Los personajes, como tantos seres humanos de la vida real, están llenos de sorpresas, de las que quizás ellos mismos se pasmarían si les fuera dado leer el relato en el que cobran vida.

La construcción de personajes que logra Laveaga es magistral. Capítulo a capítulo, la expectación sobre cada uno de ellos hace que la novela no se pueda dejar. Son personajes proteicos que atraviesan momentos cruciales en sus vidas en un país maldecido por los dioses en el que proliferan los crímenes sin castigo, los abusos de poder, las injusticias, el servilismo y la corrupción.

No sólo Arturo Zaldívar/Imelda Quiroga, sino todos los demás personajes son también apasionantes. Cuando leí las primeras líneas sobre la deslumbrante Rusalka, le comenté a Gerardo que seguramente no habría profesor heterosexual que no quisiera tener una alumna así para que sus clases fuesen más inspiradas… sin sospechar en ese momento de lectura temprana que la irresistible alumna responde al arquetipo de mujer fatal.

Seguí con ansiedad las tribulaciones de Arturo Pereda, enfrentado al dilema ético que muchos servidores públicos tienen que afrontar: la disyuntiva de ser leal a los principios que había defendido toda su vida —la opción honorable— o congraciarse con un gobierno que exige, como los gobiernos de la 4T, la sumisión hasta la ignominia.

Acompañé a Rodrigo en su ilusión y su desilusión amorosas, en su idealismo herido de jurista que cree en la justicia, abogado y profesor convencido de que el derecho puede ejercerse con honestidad y profesionalismo, un hombre que defiende sus convicciones en un medio en que lo que abunda es el deshonor.

En varias reseñas e incluso en la contraportada del libro se apunta que el normalista de Iguala sueña con la justicia social, pero las invocaciones del supuesto soñador a tal justicia no son sino un apósito para justificar ante sí mismo su índole canallesca, sus delitos desalmados, lo cual en el mundo real no es infrecuente entre quienes se quieren ver a sí mismos como luchadores sociales justicieros.

Un mérito de la novela es el de que en varios tramos no es sólo ficción, sino crónica de lo que está sucediendo o por suceder en nuestro país, como la disolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ese golpe artero y letal a nuestra democracia asestado por los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum.

Gerardo Laveaga, en Hacia el pantano, nos conduce por la ciénaga de la justicia en México y por los laberintos anímicos de personajes confrontados por encrucijadas tan intrincadas como las de las tragedias griegas.

Temas: