25 años después

PorSusannah Goshko* La vida diplomática es peculiar: somos nómadas modernos que vamos de un país a otro, intentando comprender a su gente y su cultura, y trabajando para tender puentes entre nuestros anfitriones y nuestro país de origen. Pareciera que algunos corren ...

Por Susannah Goshko*

La vida diplomática es peculiar: somos nómadas modernos que vamos de un país a otro, intentando comprender a su gente y su cultura, y trabajando para tender puentes entre nuestros anfitriones y nuestro país de origen.

Pareciera que algunos corren con suerte y los asignan a lugares que siempre parecieran codiciados, como París, Singapur y Barbados; mientras que otros llegan a lugares donde muy pronto enfrentan retos significativos como desastres naturales, conflictos bélicos o disputas diplomáticas entre países.

En el servicio diplomático británico puedes opinar, pero no elegir, a dónde serás asignado. Y aun así, hace más de dos décadas, cuando me inscribí, lo hice pensando que haría mi carrera en Europa. Aunque había estudiado historia de México en la universidad y me fascinaba, quería permanecer cerca de casa.

Un encuentro casual —en un pub ¡muy británico!— con un colega destinado a América Latina cambió mi opinión y, tres meses después, asumí mi primera asignación en La Habana. Me encantó Cuba y su gente —y el ron tampoco estaba nada mal— y me dio el trampolín perfecto para explorar el resto de la región.

Fue en ese rol que visité México por primera vez y me enamoré inmediatamente del país: de su vitalidad, sus colores y la calidez de su gente. Ahí me propuse esforzarme al máximo para conseguir una asignación aquí.

Esto fue hace 25 años y la semana pasada se cumplió el primer aniversario de mi llegada como embajadora británica, y vaya año que ha sido.

México no decepciona. Una capital con el tercer mayor número de museos en el mundo; uno de los cinco países más biodiversos del planeta, con plantas y animales únicos que no se encuentran en ningún otro lugar; una de las mejores gastronomías del mundo; y una historia rica y fascinante con más de 35 sitios Patrimonio Mundial de la Unesco.

Y sí, México también tiene a algunas de las personas más cálidas, amables y divertidas que conozco; tan sólo pregúntenle a mi hija de 15 años, cuyo primer año estuvo lleno de fiestas de quinceañera a las que sus compañeras la invitaron con gran familiaridad.

Pero ya sabía la mayoría de esto antes de llegar y, de hecho, fue parte de la razón por la que tenía tantas ganas de venir.

25 años después de mi primera visita he descubierto un México diferente y que en ocasiones me ha sorprendido. Por ejemplo, me ha fascinado saber que el Silicon Valley mexicano, Guadalajara, alberga parques tecnológicos prósperos y gigantes globales en electrónica y desarrollo de software.

Que la Ciudad de México y Monterrey están llenas de startups fintech, incluyendo brillantes empresas británicas, laboratorios de IA y proyectos de blockchain. Y que, con más de 80% de penetración de internet y un comercio electrónico que se proyecta alcanzará los 63 mil millones de dólares para 2025, México está moldeando la economía digital de América Latina.

También, he tenido la fortuna de conocer mujeres brillantes en puestos de liderazgo que están transformando el país. Desde la empresaria Altagracia Gómez Sierra, quien está coordinando el enorme potencial del Plan México; la secretaria Claudia Curiel de Icaza, con quien trabajamos estrechamente en el Cervantino; la Chevener Frida Ruh, quien fue nombrada 30under30 este año por Forbes por su trabajo en cerrar las brechas de diversidad en IA; y la excepcional presidenta de la Cámara Británica de Comercio, Angélica Ruiz, entre muchas otras, y me encantaría poder mencionarlas a todas.

Sin duda, las mujeres mexicanas están marcando la diferencia. Es significativo que la participación de las mujeres en la fuerza laboral haya aumentado de manera constante: cerrar la brecha de género podría añadir casi 390 mil millones de dólares al PIB de México en la próxima década, además de crear una sociedad más justa.

Y finalmente, me impresiona la inversión mexicana en planificación urbana sostenible, transporte de bajas emisiones e iniciativas de ciudades inteligentes. Desde autobuses eléctricos en Ciudad de México hasta proyectos de energía solar en Baja California, el país está abrazando un futuro donde la tecnología y el medio ambiente coexisten. En el Reino Unido estamos deseosos de ser parte de este camino.

No voy a mentir, también me he llevado sorpresas menos agradables, como darme cuenta de que en la Ciudad de México llueve el doble que en Londres, pero, aun así, es imposible concluir otra cosa que no sea decir que este país es realmente especial.

El próximo año México será sede de la Copa Mundial y esperamos una gran afluencia de visitantes británicos. Estoy segura de que quedarán igual de impresionados —y sí, quizá un poco sorprendidos— con todo lo que México tiene para ofrecer.

¡No puedo esperar para mostrárselos!

 *Embajadora del Reino Unido en México

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