México y Norteamérica en la pandemia
A pocos meses de terminar su periodo presidencial de cuatro años, Trump se encuentra en la singular coyuntura de enajenarse el voto negro.
Llegamos, por fin, casi al término de una de las fases de la pandemia. Se han echado a andar algunas plantas industriales sujetas a respetar, entre otras medidas, principios de sana distancia, el uso de mascarillas, cubrebocas y desinfecciones constantes. Sólo se trata de actividades estratégicas como la minería, la automotriz y la construcción. Algunos gobernadores muy precavidos han decidido aplicar su propia normatividad estatal hasta que no vean mejoría en materia de contagios del covid-19.
En el mundo las cosas no andan bien. Abundan los ejemplos: Gran Bretaña —que aún no sale de la pandemia— la cual después de más de un año de llegar al Brexit se encuentra, en estos difíciles momentos, en negociaciones con Europa, simplemente para recuperar los tratos comerciales y financieros de los que gozaba cuando era miembro de la Unión Europea. En otros países, como España, Francia e Italia, reinan las confusiones políticas con probables cambios de líderes.
En Hong Kong estalla el inevitable choque entre el compromiso que en 1997 asumió Beijing, al recuperar el dominio de esa colonia inglesa, de respetar el modo de vida y de hacer negocios, contra el exitoso modelo chino de capitalismo estatal.
Puede preverse que, con el paso del tiempo y después de un largo y complejo proceso, la voluntad democrática acabará por predominar en toda China, diluyéndose así el actual sistema centralista, sin que ello implique regresar a los rancios principios del liberalismo clásico.
El panorama para el siglo XXI confirma que el avance humano se va dando a través de incongruencias sucesivas que van resolviendo los problemas con fórmulas que, por razones de su dinámica propia, están obligadas a ceder su paso a soluciones ulteriores.
El drama que estos procesos pueden arrastrar lo vemos hoy en los Estados Unidos con el reclamo acumulado y enfurecido de las víctimas de oprobios raciales que de generaciones atrás se suman.
Violencias callejeras, saqueos, destrucciones cargadas de odio, las cuales no son sino expresiones de un rencor enquistado no sólo entre los afroamericanos, sino que han venido incluyendo, progresivamente, a la población blanca marginada. La mayoría de los manifestantes son jóvenes cada vez más conscientes del ominoso futuro que todo mundo les augura si continuan los desequilibrios y las profundas injusticias sociales a las que ciegamente hemos llegado.
Lo anterior se agrava con la brutalidad de las políticas del presidente Trump, cuyo discurso en favor de la clase trabajadora en realidad ha favorecido a los más ricos, ensanchando la brecha que él acusa a su antecesor de haber provocado. Trump ha escindido profundamente a su país por sus políticas contradictorias en materia de salud, escuelas y migración. Frente a los disturbios actuales muestra una insensibilidad e intolerancia que hieren cada vez más. Trump no dudó en violar la Constitución ni en amenazar con usar la fuerza militar para sofocar el descontento.
A pocos meses de terminar su periodo presidencial de cuatro años, Trump se encuentra en la singular coyuntura de enajenarse el voto negro, como también haber perdido el voto latino, al que ha lastimado brutalmente con sus políticas migratorias. También ha perdido el voto de la juventud universitaria, agobiada por las impagables deudas escolares contraídas.
La actuación desalmada de Trump durante los conflictos callejeros le está provocando, además, la pérdida de apoyo de algunas personalidades de su propio partido republicano. Es cuestión, por ahora, de adivinar qué decidirá el electorado norteamericano entre renovarle el mandato o entregárselo a su bien conocido rival Biden, del partido demócrata. Trump se valdrá de cualquier hecho, todo evento o personalidad que pueda ser un apoyo electoral.
Son éstas las turbulentas y desastrosas condiciones en las que se encuentra la política de Estados Unidos, y serán las mismas que formen el confuso escenario local en el que se insertaría una hueca visita del presidente de México prevista para el mes de julio.
México, por el momento, no es una pieza importante ni para la política interna ni para la externa de ese país. La única razón que AMLO tendría para visitar a Trump sería para obtener algún beneficio adicional para el T-MEC, cuyas normas de trabajo ya fueron aprobadas en esta misma semana, o bien, para solicitar un refuerzo financiero aplicable a los programas sociales en marcha en nuestro país.
