Día de Reyes y su nuevo escenario
El enfrentamiento de Occidente y Oriente protagonizado por EU y China es ejercicio inútil. Emprender otra guerra sacrificaría poblaciones inocentes sin no ir al problema fundamental del mundo, que es dar condiciones de vida digna a todos los millones hoy sin esperanza.
Hemos pasado a un nuevo escenario mundial. Hace unos años el conflicto internacional se trabó en optar entre el socialismo comunista y la democracia de los pueblos libres.
La Primera Guerra Mundial (1914-18) fue el choque de dinastías decimonónicas que acabó en el injusto Tratado de Versalles y la Segunda (1939-44) se libró por el contraste del modo comunista de régimen contra los que defendieron las libertades de la democracia.
Millones de militares y civiles murieron en campañas que ensayaron nuevas armas de destrucción. Los años han pasado, son ya más de 70 desde la conferencia en Yalta, en que los tres grandes líderes se dividieron el mundo, como tantas veces antes se había hecho y la larga Guerra Fría que resultó habría de irse sintetizando en dos propuestas hegemónicas, militar y económica que polarizan al mundo.
Pero el siglo XX quedó atrás y todo ha cambiado. El actual, ya bien adentrado, luce tramoyas con telones nuevos. La demografía, los desequilibrios socioeconómicos y los adelantos de la ciencia destacan como principales escenarios.
En primer lugar está la cruda demografía. La población de mediados de siglo de 2.5 millones se infló a los ocho mil millones que acabamos de alcanzar.
Este cambio cuantitativo se tradujo en retos desconocidos en términos de niveles y modos de vida y el despertar de aspiraciones ilimitadas de pujantes generaciones. No se tuvo ni preocupación ni capacidad para ir atendiendo el crecimiento de las necesidades de alimentación, educación o empleo de recursos. En los setenta años transcurridos desde 1950 se dejó de atender el agudizamiento de las necesidades. Hoy nos encontramos en peor situación que cuando éramos menos.
En ese lapso, las fórmulas de gobierno han quedado cortas. No hemos inventado nuevas. Nos hallamos todavía anquilosados en esquemas del siglo XIX, sumidos en contrastar democracias liberales clásicas con propuestas socialistas sin que ninguna respete sus postulados originales. Más que nunca, el problema está en conciliar democracia con autoridad participativa.
Falta claridad de visión y eficacia en los instrumentos que la democracia liberal o el socialismo utópico proponen para resolver los desequilibrios socioeconómicos que crecen sin control ni remedio.
El enfrentamiento de Occidente y Oriente protagonizado por Estados Unidos y China es ejercicio inútil. Emprender otra guerra sacrificaría poblaciones inocentes sin resultado permanente, porque no iría al problema fundamental del mundo, que es dar condiciones de vida digna a todos los millones hoy sin esperanza.
La inmensa dimensión de los problemas sociales demanda fórmulas nuevas que den voz y participación a las mayorías para que, juntos, apliquen con rigor y sensatez los remedios concretos a carencias elementales con los aportes de la ciencia y el sentido común.
A todo lo anterior se suman los problemas acumulados causados por el progreso homocéntrico de la producción agrícola e industrial, donde se ha hecho más caso a los intereses económicos particulares en que la ambición incontrolable desde muchas décadas ha dejado a un lado el objeto mismo de la actividad económica que es el de dar justo y sensato uso a los recursos escasos de nuestro planeta frene a las vastas necesidades humanas.
La crisis ambiental se cierne sobre todos sin excepción. Es la más importante de todas, ya que está en peligro la sobrevivencia misma del género humano.
Frente a lo anterior son inútiles los choques políticos internos. Mientras se pierde tiempo sigue su curso, aumenta la ineficacia de los sistemas políticos que, en lugar de avanzar en su capacidad de atender su responsabilidad de mejorar condiciones humanas, las empeoran. La actividad política internacional se dedica a inútiles rivalidades, mientras las poblaciones se hunden en desgracias económicas y los abusos homocéntricos consumen al planeta.
A medida que se insista en continuar con los mismos modelos de comportamiento continuaremos con los mismos problemas que hemos heredado, sólo que a dimensiones que rebasan lo incalculable.
Es éste el escenario en que nos movemos y en el que tenemos una inevitable parte que jugar en la solución o el abandono de cada uno de los problemas mundiales y, desde luego, nacionales que se presentan por primera vez. La política, sin embargo, siendo reina entre las actividades humanas, parece no tener más visión que la suya. Pero para resolver la vastedad de asuntos que el siglo XXI abarca, la visión tiene que ser total, no sólo política. Entender todo el escenario, lo inescapable de la coyuntura actual es la tarea que urge. ¿Habrá, por el contrario, que dejarla a la generación que viene?
