La Cofepris está presente todos los días en lo que comemos, en lo que bebemos y en lo que nos cura. Entender por qué es clave para los mexicanos es más que un tema técnico de las industrias que regula: es, en realidad, un importante asunto de salud pública. Para darse sólo una idea del enorme abanico de responsabilidades de esta institución, tan sólo en lo que va de este año, la Cofepris ha emitido decenas de alertas por medicamentos falsificados, robados o sin registro sanitario. Entre tanto, una investigación por muertes asociadas a “sueros vitaminados” en una clínica privada puso en la mesa la necesidad de endurecer la regulación sobre “terapias alternativas” en clínicas estéticas o de wellness que operan en zonas grises del sistema sanitario. Simultáneamente, se han instalado sellos de suspensión de actividades en consultorios y establecimientos dedicados a la producción, comercialización de productos o a la prestación de servicios de salud. Incluso, tras un derrame petrolero, la Cofepris debió revisar la calidad del agua para, posteriormente, declarar aptas las playas afectadas.
La Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios regula más de 14% del PIB nacional. Bajo su vigilancia están medicamentos, vacunas, dispositivos médicos, alimentos, bebidas, cosméticos, tabaco, plaguicidas y servicios de salud. Es, en términos prácticos, la aduana sanitaria del país. Cada autorización que emite —o retrasa— puede significar acceso oportuno a un tratamiento, cuidado, prevención o, incluso, pérdida de vidas.
Reportes internacionales, como el de la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos —USTR por sus siglas en inglés—, la agencia federal responsable de la política comercial internacional de EU, han señalado importantes barreras regulatorias y retrasos que afectan inversión y comercio. La industria farmacéutica, de dispositivos, alimentos y de servicios sanitarios se ha quejado durante años por percibir a la Cofepris como un regulador lento, discrecional y políticamente influido. Para el gobierno, hoy es claro que esta percepción afecta la competitividad de México y, por ello, se apuesta por la simplificación administrativa, que empieza a dar sus primeros frutos, pero también genera preocupación por posibles vacíos de control sanitario. La regulación sanitaria no es un lujo: es una herramienta de política pública. La Cofepris no sólo autoriza lo que se vende; define estándares de seguridad, calidad y eficacia. Su impacto también es económico. Un sistema regulatorio eficiente acelera la innovación, atrae inversión y posiciona a México como un hub de investigación clínica. Tan sólo en este rubro, el Plan México quiere dos mil millones de dólares de inversión y la Cofepris es la puerta de entrada. Si esa puerta se abre con criterios claros y tiempos competitivos, ganan los pacientes, la industria y el sistema de salud. Si es lenta, opaca o impredecible, perdemos todos.
Otra dimensión menos visible es la confianza. En un entorno saturado de información —y desinformación—, donde proliferan “soluciones milagro” sin evidencia, la autoridad sanitaria es el filtro entre el ciudadano y el engaño. El problema es que la institución enfrenta retos estructurales: procesos por simplificar, digitalización incompleta, presión presupuestal y la necesidad de fortalecer capacidades técnicas frente a terapias cada vez más complejas, como las biotecnológicas o la medicina personalizada. Modernizar la regulación no es sólo una aspiración burocrática; es una condición para que México no se quede atrás en la carrera global por la innovación en salud. La Cofepris es sinónimo de soberanía sanitaria: decidir qué entra y qué no a su mercado, proteger a su población sin frenar el acceso a la innovación, equilibrando el riesgo con la urgencia. Cada trámite que se revisa en sus oficinas termina, tarde o temprano, en el cuerpo de alguien. En un país donde cada vez es más difícil distinguir entre evidencia y promesa, entre ciencia y negocio, la pregunta ya no es si necesitamos una Cofepris fuerte. La respuesta es obvia.
Lo que debe preguntarse el Estado —y no sólo la Secretaría de Salud— es si puede hoy estar a la altura de lo que México se está jugando. Por eso mi invitado de esta semana en el Especial Health Café es el doctor Víctor Hugo Borja Aburto, titular de esta institución tan clave para los planes de la presidenta Claudia Sheimbaum.
