Aprobación y aceptación

Apruebo para los otros, pero no acepto para mí. Acepto para mí,pero no apruebo para los otros. Ése es el dilema, como deduciría Aristóteles,como dudaría Descartes o como versaría Shakespeare.

Es muy claro que la ciudadanía sensata aprueba, casi con unanimidad, los propósitos prioritarios del Presidente de México. Los asuntos de inseguridad, de corrupción, de pobreza, de desigualdad y de gobernabilidad también estarían en nuestra propia agenda, si estuviéramos en ejercicio de su presidencial encargo.

Pero así como estoy seguro de lo anterior, mis dosis de realismo, que siempre me acompañan, me llevan a reconocer que no todos los mexicanos aceptan lo que nuestro gobierno quiere lograr.

Porque una cosa es aprobar y otra, muy distinta, es aceptar. Aunque existen quienes las consideran sinónimos en el argot político.

Incluso, en ocasiones he visto que, indiscriminadamente, se habla del índice de aprobación y del índice de aceptación como palabras inequívocas. Los humanos podemos aprobar y no aceptar o, a la inversa, podemos aceptar y no aprobar. Recurro a ejemplos.

Hay pecadores capitales que aprueban la virtud, pero no aceptan practicarla. Así, el lujurioso, el goloso o el perezoso pueden aprobar que otras personas practiquen la templanza sexual, la moderación nutricional y la dedicación laboral. Pero eso es inaceptable para ellos y prefieren instalarse en el sexo, en el exceso y en el receso. Aprueban, pero no aceptan.

Por el contrario, podemos aceptar, pero no aprobar. Para poner un ejemplo del pasado, muchos mexicanos aceptaban a Vicente Fox como presidente. La lógica no admitía otra postura. Era el presidente legítimo y legalmente electo. Francisco Labastida fue el primero en aceptarlo. Pero ni él ni muchos mexicanos aprobaban su desempeño, aunque aceptaran su designación. Aceptaban, pero no aprobaban.

Ahora, vayamos al presente, entendido éste como los recientes cinco sexenios, donde el gobierno de México ha proclamado y prometido más o menos lo mismo. Seguridad, honestidad, bienestar, igualdad y estabilidad. Repito, una vez más, que todos lo aprobamos y que todos lo hemos aprobado.

Pero, en el más descarnado de mis realismos, no todos quieren que se combata la inseguridad. Tan sólo porque son delincuentes. Porque trafican, porque roban, porque violan, porque asaltan, porque invaden, porque secuestran y porque matan. Aprueban la seguridad pero no la aceptan.

Así, también, en la más cruel de las verdades, no todos quieren que se combata a la corrupción. Tan sólo porque son corruptos. Porque cohechan, porque comparten, porque “coyotean”, porque abusan, porque coaligan, porque peculan, porque incumplen, porque desvían y porque “se mochan”. Aprueban la honestidad, pero no la aceptan.

De la misma manera, en la más amarga de las crudezas, no todos quieren que se instale la verdadera gobernabilidad. Tan sólo porque eluden, porque evaden, porque fingen, porque engañan, porque simulan, porque socavan, porque trepan y porque usurpan. Porque les sirven el no-gobierno, la no-autoridad, la no-regulación, la no-vigilancia y el no-castigo. Aprueban la gobernabilidad, pero no la aceptan.

Casi lo mismo sucede con el asunto de la pobreza, de la desigualdad, de la productividad, de la educación, de la justicia, de la salud, del comercio, de los derechos y hasta de las obligaciones. Aprobar y aceptar. Apruebo para los otros, pero no acepto para mí. Acepto para mí, pero no apruebo para los otros. Ése es el dilema, como deduciría Aristóteles, como dudaría Descartes o como versaría Shakespeare.  

Una concretización de realismo e idealismo. Desde hace muchos años, el crimen ha dominado, ha doblegado y hasta ha doblado a los gobiernos mexicanos. No es un asunto de números ni de mayorías. Somos más de 120 millones de mexicanos los que queremos la seguridad. Pero dos millones de mexicanos quieren el crimen. Y ellos llevan 30 años ganando… hasta ahora.

El realismo y el idealismo son la pareja ideal en una nación. Por eso me gusta que los gobernados seamos idealistas y por eso me gusta que los gobernantes sean realistas. Creo que eso es lo mejor. Así como lo peor y más peligroso es que el gobierno sea tan sólo idealista y el pueblo sea tan sólo realista.

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