¿Cuál es la agenda del próximo gobierno?
La transición de gobierno arrancó en un doble clima político. Por un lado, el mensaje de López Obrador de estabilidad macroeconómica para conjurar turbulencias en mercados que metan ruido a su triunfo; de otro, incertidumbre por una “ráfaga” de iniciativas para ...

José Buendía Hegewisch
Número cero
La transición de gobierno arrancó en un doble clima político. Por un lado, el mensaje de López Obrador de estabilidad macroeconómica para conjurar turbulencias en mercados que metan ruido a su triunfo; de otro, incertidumbre por una “ráfaga” de iniciativas para mostrar capacidad de “mando” aun antes de tomar posesión del cargo y, sobre todo, servir de señales de respuesta a las expectativas de cambio de las urnas.
La estrategia de salida ha creado una atmósfera poselectoral mucho más distendida de lo que se auguraba de una victoria de López Obrador y la primera alternancia desde la izquierda de un colapsado sistema de partidos. Por un parte, el peso se revalúa e incluso hay optimismo de inversionistas extranjeros en su apetito por fondos locales; por otra, al país lo recorre un mejor ánimo respecto al malestar que, por ejemplo, se expresó en las urnas, entre otros, por el plan de austeridad contra los privilegios gubernamentales o la estrategia de pacificación en respuesta a promesas de campaña.
En las primeras semanas, el cambio transcurre con tersura desde el reconocimiento de la derrota de los contendientes y la colaboración de Peña Nieto en el proceso. La larguísima transición, sin embargo, es el espacio para definir temas prioritarios y la agenda a partir del “choque con la realidad” de un país con retos que no se agotan en el apaciguamiento momentáneo de los mercados o el saludo popular al recorte de excesos del gasto político del Estado. Creerlo así sería candor o falta de malicia, sobre todo en un contexto preocupante de desaceleración económica y acechanzas externas por la incertidumbre del TLCAN.
En efecto, el ritmo de la economía se ralentizará incluso antes de que tome posesión el nuevo gobierno el 1 de diciembre, según la revisión del crecimiento del FMI, lo que acotará aún más el espacio fiscal para aumentar el gasto social, inversión e infraestructura. Los ahorros del plan de austeridad podrían rondar los 150 mil millones de pesos, que están lejos de los 500 mil millones como cifra cuasi mágica del combate a la corrupción para sus programas. Además, el recorte del presupuesto (reducción de sueldos o eliminación de 70% a puestos de confianza) representa un ajuste con impacto social que podría enfrentar resistencias de la burocracia.
Su planteamiento de reducir las brechas salariales entre los servidores públicos (un ministro gana 12 o 18 veces más que un jefe de departamento) en el “corazón” del plan de austeridad, es difícil de rebatir. Pero también deberá hacerse cargo de las consecuencias de la “tijera”, por ejemplo, en la pauperización de salarios de los funcionarios y el desincentivo que supondrá para personal especializado y con mayores responsabilidades. Los efectos tendrán que apuntarse a la ya de por sí abultada agenda de retos del próximo Ejecutivo.
Sin respuestas claras sobre la aplicación de sus iniciativas o los efectos de la incertidumbre sobre el TLCAN, el nuevo gobierno podría transmitir la idea de no tener correctamente ordenadas sus prioridades y confusión de agenda. La demanda estadunidense en la OMC por los aranceles al acero y al aluminio es señal de rudeza por venir en la negociación del TLC, que, junto con la desaceleración, son suficientes para desconfiar de la comprensión de los mercados.
Los signos de “guerra comercial” y declaraciones sobre un TLCAN light de la responsable de economía del nuevo gobierno, Graciela Márquez, han encendido “focos rojos” entre los empresarios que desde hace un año negocian nuevas condiciones de intercambio a las que quiere imponer Trump. Sería también ingenuo creer que el 53% de los votos con que ganó López Obrador representan un “mando fuerte” para cambiar los términos de la negociación con Trump. ¿Qué lugar ocupa la economía o la relación comercial con EU en la agenda del nuevo gobierno, junto a la austeridad, el combate a la corrupción o la pacificación? ¿Cuál es el orden de prioridades? ¿Hay peligro de sobrecargar la agenda por responder a las expectativas de campaña? Estas son las interrogantes que pueden descomponer el clima de la transición en los próximos meses.