AMLO y el problema con la realidad
La retórica de la administración está perdiendo magia

José Buendía Hegewisch
Número cero
El Presidente y la 4T comienzan a conocer los límites de la realidad desde la acción de gobierno. Al saber que no todo se mueve con comunicación y voluntad, ni siquiera lo que es efectivo y tiene valor práctico, como el desacuerdo con la CNTE en la Reforma Educativa, los malos datos de la economía o el récord de la violencia en los primeros meses de la administración. Más allá de sus diagnósticos de décadas como opositores o ahora la defensa de sus políticas, los problemas muestran que tienen existencia real y no se resuelven con saliva. La retórica empieza a perder magia.
Aunque gran parte de las dificultades del país es herencia de gobiernos anteriores, su registro para todos los efectos será imputable a su administración desde que asumió el poder. La desaceleración o la numeralia de la inseguridad serán los índices de la 4T y los “muertos” de AMLO desde esa fecha. Ante ello, poco vale la exculpación a cuenta del pasado, mucho menos confundir la realidad con una trampa del viejo régimen o encasillarla en el saco de la reacción como si formara parte de filas enemigas. La repetición de esos recursos empieza a sonar hueca y a producir disonancia con la cotidianidad.
Los problemas estructurales del país son tan profundos que no son necesarias conspiraciones para que a su gobierno le pueda ir mal. También parece ingenuo creer que los problemas no sean municiones para el torpedeo de sus detractores, algo común en cualquier democracia. Pero el punto decisivo para su gobierno no está ahí, sino en la respuesta del liderazgo a las situaciones de crisis en la economía o la seguridad, aunque no las haya creado, pero de las que hoy es responsable. Su contestación puede hacer la diferencia, en la realidad, pero se generan dudas sobre la estrategia y dirección. Están instalados en el corto plazo.
Los 30 millones de votos en las urnas no son inmunes al desgaste del ejercicio del poder. Las causas no están solo en la terca realidad, sino también en la evasión o huida de la respuesta, peor aún en pretender refractarla hacia otras direcciones a través de la polarización, con aliados o con contradicciones y mensajes equívocos de integrantes del gobierno, como Sener y la SHCP con la industria petrolera.
Es también el caso de embarullarse en un “memorándum” sin justificación legal para enviar un “mensaje político” que convenza a la CNTE de deponer su bloqueo por 5,5000 plazas; la respuesta a la crítica que “callaron como momias cuando saqueaban y pisoteaban los derechos humanos y ahora gritan como pregoneros que es inconstitucional hacer justicia y desterrar la corrupción”. Descalificar las preocupaciones por la paz como una exigencia “básicamente” conservadora o tratar de escapar de la realidad del crimen y homicidios con el comodín de sus “propias cifras”.
Más preocupante que el Presidente y su gabinete crean en la manipulación de la realidad del viejo régimen en la matanza de Minatitlán, lo que podría explicar su renuencia a pronunciarse para no prestarse al juego de intereses desestabilizadores. El escape de la realidad deriva en visión paranoica, que hablaría de que la tendencia a polarizar en el discurso proviene de la convicción más profunda de ver el país dividido en dos bandos, como la sociedad rural del siglo XIX, que la pluralidad dejó atrás hace décadas.
Es esa sociedad diversa, profundamente desigual y con el tejido social descompuesto por la violencia, la que espera algo más que respuestas terapéuticas del líder social que llevó al poder.