Lacayos: un peligro para México
Los priistas comenzaron a mimetizarse con las arengas de la lucha de clases.

Ivonne Melgar
Retrovisor
Con un discurso antiempresarial, los diputados del PRI se sumaron a la defensa de una reforma hacendaria que los perredistas reivindicaron como suya desde el inicio hasta el final del consumado proceso legislativo.
“El PAN defiende a los que quieren tener los privilegios y no pagar impuestos, a los ladrones que se roban el IVA de los consumidores. ¿Saben por qué? Porque son los lacayos de la Coparmex”, gritó el poblano Víctor Manuel Díaz Palacios, de la CNOP, el llamado sector popular del priismo.
Abraham Montes Alvarado, diputado por Chihuahua, abundó en el mensaje de que hay que quitarle la máscara a los blanquiazules, porque nunca han representado a las clases medias. “Están defendiendo al sindicato de los patrones, los que no quieren que se graven las ganancias en la Bolsa”, gritó el representante de la CNC, leáse el sector campesino del tricolor.
Monotemáticos, los priistas preparados para el quite final del 31 de octubre recurrieron a los mismos términos: “¡Son lacayos, siervos y empleados de un sindicato patronal!”, acusó el michoacano Salvador Romero Valencia, empresario del ramo destilero.
Dos semanas atrás, la bancada del PRI había preferido el silencio y atestiguar, incluso divertida, cómo la izquierda lopezobradorista reclamaba a los operadores de la dirigencia del PRD su alianza con el gobierno de Enrique Peña.
En esa primera vuelta de la discusión de los impuestos, el PRI dejó en manos del coordinador de la fracción del Partido Verde, Arturo Escobar, la tarea de frenar al panismo, ya para entonces al margen de las negociaciones con el secretario de Hacienda, Luis Videgaray.
“El PAN odia a los pobres”, descalificó el diputado el día 18, a fin de ponerle un hasta aquí a las críticas de los blanquiazules, engolosinados en su rol de adversarios de los nuevos impuestos.
Pero muchas cosas pasaron, particularmente en las ciudades fronterizas, donde la gente ventiló su enojo por la homologación del IVA de 11% a 16 por ciento.
Las historias comenzaron a correr en los pasillos de San Lázaro: que si la República Autónoma de Baja California; que si cuando los diputados regresaron a sus distritos en Quintana Roo, Campeche, Chihuahua, ya se habían convertido en personas non gratas; que si en la decena de ciudades fronterizas circulaban sus fotografías en locales comerciales bajo la advertencia de que no serán atendidos, al tiempo que subía la presión en las redes sociales.
En algunos casos, contaron los del Norte, sus paisanos les habían ido a romper vidrios o los hijos fueron cuestionados por compañeros de la escuela sobre la traición de sus padres a la economía del estado.
Y comenzó a sonar la versión de que la inconformidad tendría costos electorales. Asustados, dirigentes locales del PRI acudieron al Senado para solicitar que se frenara el alza del IVA fronterizo, cuya derrama adicional se calcula en 16 mmdp.
Pero la disciplina de Hacienda se impuso tanto en el alineamiento de sus legisladores como en el acuerdo asumido con el PRD: con ellos y sólo con ellos sería el cabildeo.
La dirigencia de Jesús Zambrano y las gestiones de Jesús Ortega surtieron efecto. Y si bien la mitad de los 22 senadores perredistas rechazó la reforma, la mayoría participó del amplio margen de maniobra para subirle al impuesto a la chatarra, dispensar a la cooperativa Pascual del peso por litro de refreso o modular los cambios en el ISR.
Para dimensionar el avance de Los Chuchos hay que recordar que, en el Senado, la Ley del Servicio Profesional Docente tuvo únicamente cinco votos del PRD.
Así que con una holgada ventaja, el gobierno sacó adelante su proyecto recaudatorio, en el cierre de una estrategia política que, sin embargo, descuidó hasta el final la narrativa del nuevo esquema fiscal, sustentado en la consigna de que paguen más los que más tienen.
Y aunque la disciplina también se aplica para atajar a los críticos de la reforma, como lo demostró la andanada de este jueves de descalificaciones hacia el PAN, el tono y el nivel de éstas dejaron mucho que desear.
Más allá del bajo perfil parlamentario de los protagonistas, el rancio discurso antiempresarial por un momento parecía regresarnos a los años 70.
Pero pronto se convirtió en una caricatura de aquellos incendiarios mítines de Andrés Manuel López Obrador en 2006, cuando su arenga contra los señores de los privilegios lo tornaron en blanco de la campaña negra de “él es un peligro para México”.
Y en la versión pirata de aquella bandera del ex candidato presidencial del PRD —recordemos el lema: “Por el bien de México, primero los pobres”— no faltó la mala copia de Gerardo Fernández Noroña.
Porque al concluir su exposición en tribuna, el legislador de la CNOP ofreció además su testimonio: “Oíganlo bien, Díaz Palacios compartió dos legislaturas con Felipe Calderón y puedo aseverarles que él, él es alcohólico, como ustedes son hipócritas, mentirosos y corruptos. ¡Ese es el PAN!”.
Frente al espectáculo, el ex coordinador de la segunda campaña presidencial de AMLO, el diputado Ricardo Monreal, de Movimiento Ciudadano, llamó a elevar el nivel del debate. Y se despidió, sarcástico: “Estoy seguro que los empresarios ahora dicen: nos hubiera ido mejor con López Obrador”.
Y es que una vez sellada la alianza hacendaria del PRD con el gobierno federal, los priistas comenzaron a mimetizarse con las trasnochadas arengas de la lucha de clases, en su versión panfleto de la CNTE.