Por Marisol Escárcega
“Dicen que las mejores cosas de la vida suceden cuando menos las esperas. Mi embarazo fue así. Fue inesperado, pero fue muy deseado y amado.
“Cuando escuché su latido fue uno de los momentos más hermosos. Había dos corazones viviendo y conviviendo en mi cuerpo. Qué maravilloso es el cuerpo de una mujer. Resiliente. Valiente. Sabio.
“Saber que yo estaba creando desde cero cada una de las partes que conformarían a mi bebé me daban el empujón para alimentarme lo mejor que pudiera, para cuidarme.
“No era una jovencita de 15 años que vivía un embarazo adolescente, era una mujer hecha y derecha, con solidez económica, una familia unida y una pareja presente.
“Pero así como las mejores cosas suceden cuando menos las esperamos, las tragedias también. Comenzó un día, de la nada, sin dolor, sin más aviso que unas manchitas rosáceas en mi pantaleta.
“Me comuniqué de inmediato con mi ginecóloga. Estaba a días de llegar al tercer mes. Por ahí dicen que es el periodo más complicado. Y así fue.
“Me comentó que no era para asustarme, que si esas ‘manchitas’ se tornaban rojas entonces actuaríamos. Al cabo de unas horas ya no eran gotas, eran un manchado rojo. Volví a comunicarme con ella, me recetó un medicamento para contener el sangrado.
“Parecía que resultaba, sin embargo, en la noche se volvió un poco más fuerte. Me indicó que al día siguiente fuera a realizarme un ultrasonido. No pude dormir. Le pedí a quien estuviera arriba que me ayudara, le rogué a mi bebé que se aferrara a mí…
“Durante el ultrasonido me preguntó si me había golpeado. ‘No’, le respondí. ‘¿Cargaste algo pesado?’. ‘No’, le volví a contestar. Mis análisis de sangre se veían normales. Entonces me revisó exhaustivamente y su cara me lo dijo todo. ‘Hay desprendimiento de placenta… honestamente no podría garantizarles que el embarazo llegue a buen puerto aun si te mantienes en reposo los seis meses restantes; de hecho, con este sangrado, pues… tu vida está comprometida’. Yo escuché, pero no escuché. No estaba ahí.
“Nos dijo que lo más viable era interrumpir el embarazo, pero que ella no podía hacerlo porque en el Estado de México estaba penalizado, que tenía que esperarme a que el sangrado fuera mucho más grande y el dolor insoportable para acudir a un hospital en el Edomex, pero que esperar en mi caso era muy peligroso, pues podía entrar en shock y perder la vida.
“Nos quitó toda esperanza. Nos recomendó ir a una clínica en la Ciudad de México, ‘de ésas que son del gobierno’, para que ahí pudieran ayudarme.
“Parecía empática y entonces me lanzó un ‘estas cosas suceden muy a menudo’, ‘tranquila, te puedes volver a embarazar cuando quieras’, ‘no es tan grave’.
“¿Embarazarme cuando yo quisiera? Yo ya estaba embarazada, yo deseaba a ese bebé, no a otro en uno, dos o tres meses.
“No hubo respuestas. Nadie me explicó qué pasó, dónde estuvo la falla (¿mía, de la doctora, de la vida?). La culpa creció tanto o más que el dolor físico de perder lo que más amaba.
“Físicamente tardé tres semanas en estar bien, anímicamente… bueno, hay heridas que ya no duelen como el primer día, pero que nunca se superan del todo.
“No tengo una lápida ni cenizas para llorar ni mucho menos una fotografía del que sería mi bebé. Es como si no hubiera existido… pero estuvo dentro de mí tres meses.
“Fue como si la vida me obsequiara el globo más bonito del mundo, me dejó atesorarlo, presumirlo, amarlo, y luego me lo arrebató de las manos”.
Anualmente, ocurren 23 millones de abortos espontáneos en el mundo; la mayoría en el primer trimestre.
***Esta historia no es ficticia, me pasó a mí, a ti y a millones de mujeres. No fue nuestra culpa.
