¿Ciudadanía o chimpancería?

Muchas democracias en el mundo evidencian un desgaste progresivo de la clase política. La ciudadanía observa a sus gobernantes con distancia, cuando no con abierta sospecha. En algunos contextos, incluso con temor, especialmente allí donde emergen derivas autoritarias.

Aunque los procesos electorales se mantienen como mecanismo central de elección, con jornadas de voto que según el país registran niveles de participación altos o considerablemente bajos, lo cierto es que en uno u otro escenario predomina un ciudadano escéptico, poco involucrado en la vida pública.

Existen, desde luego, contrastes relevantes. Países como Suecia logran convocar a un alto porcentaje de votantes de manera voluntaria. Mientras que otros como Australia o Bélgica alcanzan cifras elevadas mediante sistemas de voto obligatorio. En América Latina ocurre algo similar. Uruguay, Bolivia o Brasil presentan niveles altos de participación bajo esquemas de obligatoriedad. Sin embargo, países como Colombia o México suelen situarse en rangos de 50 a 65% en sus elecciones más relevantes.

El descontento ciudadano frente a los resultados de sus gobernantes ha dado lugar, en ocasiones, a episodios que oscilan entre lo simbólico y lo absurdo. En las elecciones de Río de Janeiro de 1998, por ejemplo, se postuló a Tiao; un chimpancé, quien obtuvo cerca de 400 mil votos bajo el lema “vota mono, haz monadas”, alcanzando el tercer lugar entre doce candidatos. Fue promovido por el llamado Partido Bananista Brasileño. En otra latitud, en Talkeetna, Alaska, los habitantes eligieron como alcalde honorario durante veinte años a Stubbs, un gato naranja. La historia recoge, además, casos de perros o cabras con trayectorias electorales llamativas. Más allá de lo anecdótico, estos episodios reflejan una forma de protesta o desencanto que no debe subestimarse.

Diversos investigadores, académicos y consultores han intentado descifrar los patrones de pensamiento que subyacen a estas conductas. El enojo y la indignación actúan como motores que orientan el voto hacia opciones más extremas o disruptivas. No obstante, también se han identificado mecanismos más constructivos. Ciertos incentivos, bien diseñados, pueden fomentar una participación más consciente, libre y sostenida en el tiempo.

Un caso ilustrativo es el del investigador Todd Rogers, quien junto con David Nickerson puso a prueba distintas estrategias para incentivar la participación electoral en Estados Unidos. En su experimento contactaron a votantes poco antes de unas elecciones primarias, una práctica ya explorada previamente, pero introdujeron un elemento adicional. No sólo los animaban a votar, sino que les pedían definir con precisión cómo y cuándo lo harían. Este enfoque, conocido como planificación inducida, consistió en realizar 40 mil llamadas aleatorias. El resultado fue significativo. Al ayudar a los ciudadanos a concretar el momento y el lugar de su voto, lograron un incremento cercano a 9% en la participación respecto de lo esperado, un dato nada menor.

En México, múltiples organizaciones de la sociedad civil se enfrentan, elección tras elección, al desafío de elevar la participación ciudadana. Los esfuerzos habituales, como campañas de concientización o llamados generales al deber cívico, rara vez producen aumentos sustantivos. En este contexto, estrategias como la planificación inducida ofrecen una pista concreta y replicable, al menos como punto de partida.

Con todo, más allá de estas herramientas, persiste una pregunta de fondo. ¿Cómo despertar un interés genuino por lo público? ¿Cómo propiciar una ciudadanía que no sólo vote, sino que se involucre activa y positivamente en la construcción del bien común, más allá de la lógica estrictamente partidista?

El sistema democrático, con todas sus imperfecciones, sigue siendo el marco en el que operan nuestras decisiones colectivas. Mientras así sea, parece preferible participar, incluso eligiendo entre opciones limitadas, que renunciar por completo al ejercicio del voto o reducirlo a un gesto de protesta simbólica. Si se aspira a procesos electorales más sólidos en años clave como 2027 o 2030, la preparación no puede improvisarse unas semanas antes. Comienza mucho antes, comienza hoy, en la capacidad de la ciudadanía para exigir mejores perfiles, incidir en la selección de candidatos y promover la participación de personas con trayectoria y reputación intachable en la vida pública.

Naturalmente, una columna breve como ésta no puede agotar la complejidad del fenómeno. Sin embargo, a veces son precisamente las ideas más simples, como la planificación inducida o los incentivos bien diseñados, las que abren la puerta a soluciones más efectivas si se aplican con inteligencia y constancia.

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