Aquel que vive en armonía consigo mismo, vive en armonía con el universo.
Marco Aurelio
Para Marmuco, por ser cómplice de este ensayo.
El cosmos es imaginado, por lo regular, como un hogar silencioso, una extensión infinita donde la gravedad cede y el alma flota liberada de ataduras. Pero quienes han mirado la Tierra desde la otra cara del cielo saben que la experiencia es más turbia, más desgarradora.
El astronauta Edgar Mitchell, al regresar del Apolo 14, confesó: “Desde el espacio, ves el planeta como una joya frágil, pero también sientes que todo lo que amas está allí, a una distancia insalvable”. Esa distancia no consuela. Después de ver la Tierra desde el espacio debe sentirse una soledad inconsolable. No la soledad que se cura con compañía, sino la que nace de ver el único hogar posible suspendido en un terciopelo negro, tan cerca y tan lejos como una madre en un sueño.
Camus escribió en El mito de Sísifo: “En este universo súbitamente despojado de ilusiones y de luces, el hombre se siente un extranjero”. El espacio convierte esa extrañeza en certeza: somos exiliados de un planeta que apenas cabe en una ventanilla. Esa certeza se ahonda en el segundo vértigo. El vacío no es allí una ausencia pasiva; es una presencia que aplasta. Los trajes espaciales protegen el cuerpo, pero la mirada se enfrenta a una abrumadora y aplastante sensibilidad de vacuidad. Baudelaire, en Las flores del mal, anticipó este mareo: “Abismo, abismo, yo sé que tú eres mi morada”. El poeta hablaba de su propia alma, pero la frase calza perfectamente en la cúpula de una estación orbital.
El astronauta Mike Massimino, al reparar el telescopio Hubble, describió cómo la negrura no era un muro, sino una profundidad que respiraba: “Sentí que si miraba demasiado tiempo, caería hacia dentro de mí mismo”. Esa vacuidad no es hostil, es simplemente inmensa; nos desnuda de todo contexto. No hay arriba ni abajo, sólo un espacio que no pide permiso para ser.
También me pregunto por qué, siendo algo tan obvio, tan cercano a nosotros; es más, forma parte de nuestro Ser, todo esto parece tan lejano a nuestra conciencia. Con la ciencia en la mano, podríamos crear y desarrollar una mejor estancia planetaria, la cual, por cierto, es un suspiro... Sin embargo, esa doble herida, la soledad y el vacío, no termina en desesperación. Algo se quiebra y algo nace. Los astronautas hablan de un “efecto panorámico”: una transformación repentina donde la fragilidad del punto azul provoca un contrastante y profundo sentimiento de humildad. No la humildad del sometido, sino la del que comprende su escala justa. “Existen tantos átomos en una sola molécula de tu ADN como existen estrellas en una galaxia promedio. Somos, cada uno de nosotros, un pequeño universo”. Esta referencia que hace Neil deGrasse Tyson, nos da una perspectiva de esa radical dualidad de lo que somos.
Carl Sagan lo llamó “un llamado a la modestia cósmica”. En ese mismo tenor de modestia cósmica, igualmente afirmó: “Si estamos solos en el Universo, seguro sería una terrible pérdida de espacio”. Aquí cabe una frase de Bill Watterson (creador de Calvin y Hobbes), que me encantó por su ironía: “A veces pienso que la prueba más fehaciente de que existe vida inteligente en el universo es que nadie ha intentado contactar con nosotros”. Sólo hay que voltear a ver el mundo... y lo que le estamos haciendo y nos estamos haciendo. O la de Albert Einstein: “Dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana; y yo no estoy seguro sobre el universo”.
¿Reaccionaremos en algún momento a cambiar nuestra brutalmente efímera; abrumadoramente insondable; salvajemente absurda e inconmensurablemente modesta existencia? Camus, siempre lúcido, escribió en El revés y el derecho: “La grandeza del hombre está en su decisión de ser más fuerte que su destino”. Y esa decisión nace justo cuando se asume lo pequeño que se es.
“Todo átomo de carbono de todas las cosas vivientes de este planeta fue producido en el corazón de una estrella agonizante” (Brian Cox). Desde el espacio, no hay naciones, no hay conflictos, sólo una membrana de aire y agua. Saberse parte de eso sin ser su centro: ahí reside una paz extraña, casi acogedora. El filósofo Michel Serres, fascinado por la astronáutica, dijo que “el espacio nos da una lección de hospitalidad fría”. Nos recibe sin alfombras ni fuego, pero con la verdad desnuda: somos polvo que aprendió a sentir... Somos polvo de estrellas. Esa verdad duele, pero también alivia.
Porque en la soledad inconsolable descubrimos que estamos juntos en esa soledad; en la vacuidad aplastante hallamos un silencio que no amenaza, sólo escucha; y en la humildad forzada encontramos, por fin, un lugar para la asombrosa pequeñez de existir. El espacio no es acogedor como una cuna, sino como un desierto donde uno descubre que puede caminar sin apoyo. Y tal vez esa sea la acogida más verdadera: la que no nos abraza, sino que nos sostiene en el abismo con los brazos abiertos de la gravedad y el vértigo de la libertad.
