Con cuánta facilidad se cae en la trampa que implican las prioridades impuestas por una cotidianidad determinada por las obligaciones, la productividad mal comprendida y las preocupaciones que atosigan el espíritu. Más allá de lecciones morales, cada quien organiza su vida según las coordenadas de sus propias brújulas; sin embargo, hay algo que nos atrapa en esa suerte de garlito en el que dejamos de lado cosas que podríamos valorar como fundamentales en nuestra vida. En ese sentido, creer que es secundario e irrelevante incluir en lo cotidiano el acercarse a las expresiones artísticas, resulta un poco más que preocupante. Y tal vez sintomático de lo que hoy somos como sociedad.
Quizá necesitamos retomar el sentido primordial de quienes marcaban en sus calendarios una fecha que servía de referente, de insignia en la que se comenzaba a edificar la memoria de una sociedad. En efecto, una de las ventajas de señalar cierto día como algo digno de celebración es participar de aquello que se considera alejado de la estantería del olvido. Pocas cosas son tan relevantes en nuestro paso por este mundo como abrevar en esa memoria que se hilvana como una caperuza que nos protege de los remolinos de la banalidad y el sinsentido. Quizá el simple hecho de subrayar un día en específico sea –valga el guiño hacia la imagen de la rueca y el tejido que sostenía Atenea entre sus manos– como uno de los delgados hilos que nos permite avanzar entre las oscuras paredes de nuestros propios laberintos, con la certeza de que existe ese pequeño indicio que nos recordará el camino hacia lo más importante, de volver a lo único relevante de ese mundo que se pierde en el tiempo y el extravío: desde lo íntimo, el cumpleaños de quien le da cuerda al mundo, los aniversarios luctuosos de quienes dibujaron sonrisas en medio de las tormentas, por ejemplo. Pero, en lo colectivo, se bordan los tapices con los que nos cubrimos de las ventiscas del olvido.
Así, ante el relámpago de lo cotidiano y su pesada celeridad, es muy fácil convertirnos en pregoneros de aquello que termina por obnubilar lo fundamental. He de confesar que también he caído en esa trampa de creer que la lectura de un libro –en sus múltiples posibilidades– es el paréntesis que se abre entre las manecillas de un reloj que ya no logramos controlar. Quizá no sea oportuno ahogarnos en las estadísticas que nos hablan de los índices de lectura en nuestro país. El asunto va mucho más allá, cuando entendemos que la lectura –como otras tantas expresiones artísticas– no son parte de lo cotidiano, no son la piedra de toque de un hábito que llegará a ser la arquitectura de los sueños, de un espíritu crítico, de la posibilidad de comprendernos como seres humanos con obscuridades y perennes destellos de luz. Nada de esto debería ser un ornamento ni secundario en la organización de los días.
Así, llega el 23 de abril, una jornada destinada a celebrar el universo que se articula a partir de ese invento que revolucionó la historia de la humanidad, el libro. Si bien la razón primaria para señalar este día en el calendario es la coincidencia artificial y simbólica de la muerte de Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega, la imaginación nos ha permitido acercarnos a la lectura de diferentes maneras. Lo interesante es observar cómo las y los lectores enriquecen los puntos de encuentro en los que se habla acerca de la lectura, de autoras y autores que le dan voz a sus palabras ya impresas, de los clásicos y las novedades, de la poesía y la ilusión que se potencia en cada página. Sin embargo, esa prioridad es necesario contagiarla para quienes esa fecha ni siquiera aparece en sus agendas: ningún esfuerzo, en ese sentido, puede escatimarse ni subestimarse. Que sea momento de recordar aquella anécdota de Ryszard Kapuscinski, cuando presenció la manera en la que una comunidad, con un paciente trabajo milimétrico, juntaba los fragmentos de las pinturas de su iglesia que habían sido pintadas en el siglo XIV y que habían sido destruidas durante la Segunda Guerra Mundial, recuerda: “y viendo cómo los miles de trocitos, terrones y migajas, partículas de polvo, de piedra y pintura, se convierten, bajo las manos del profesor y de sus discípulos, en las perdidas imágenes de santos, de personas y de leyendas, en este frío y polvoriento sótano me siento como si presenciara el nacimiento del cielo y de la tierra, de todos los colores y de todas las formas, de los ángeles y de los reyes, de la luz y de la oscuridad, del bien y del mal…”.
La memoria y la palabra. Las expresiones artísticas. El impulso de quienes saben que aún existe un porvenir y la esperanza, es lo que necesitamos para darle un nuevo sentido a una sociedad tan fragmentada por la muerte y el olvido. Que ése sea el bálsamo que los nuevos alquimistas hallen entre nosotras y nosotros.
