La reforma electoral de Sheinbaum

El cambio sería: “adiós listas cerradas”.

Gustavo Rivera

Gustavo Rivera

Cinco Elementos

El martes 24 de febrero, la presidenta Claudia Sheinbaum presentará en la mañanera su iniciativa de reforma electoral. No es un trámite más: las reglas electorales son el manual de uso del poder. Definen quién llega al Congreso, por qué vía, con qué dinero y bajo qué árbitro. Cambiar ese manual siempre reordena incentivos.

El objetivo declarado parece tener dos ejes. Primero, representación. Sheinbaum sostiene que una parte de quienes llegan por representación proporcional —los plurinominales— no le deben el escaño a un territorio ni a una comunidad, sino a la dirigencia del partido. Dicho sin rodeos: en vez de representar al votante, representan a la cúpula. Segundo, costo. En un contexto de margen fiscal estrecho, el gasto electoral y el financiamiento público a partidos aparecen como un jardín fácil de recortar sin tocar el corazón del gasto social. Es una hipótesis de legitimidad y de presupuesto.

¿Qué podemos esperar del paquete? Si lo adelantado por la prensa se confirma, habría tres movimientos centrales. Uno: reducción del financiamiento público a los partidos. Dos: ajustes en el Senado eliminando la lista nacional, lo que refuerza el componente territorial y reduce la puerta de entrada por representación proporcional. Tres: mantener 500 diputaciones, pero rediseñar el punto neurálgico: cómo se asignan y cómo se eligen las 200 curules de representación proporcional. El cambio no sería “adiós plurinominales”, sino “adiós listas cerradas”: pasar de un reparto decidido por oficinas partidistas a un esquema de listas abiertas, donde el voto define personas, no sólo siglas. Además, la iniciativa podría incluir una corrección pendiente: representación específica para mexicanos en el extranjero.

Un capítulo sensible es el del INE. Reformarlo no tendría por qué significar debilitarlo. El mejor argumento a favor es de diseño institucional: elecciones intensivas por temporadas con una estructura que se paga como si fuera permanente. La lógica, entonces, no es recortar por recortar, sino reasignar recursos desde burocracia y duplicidades hacia capacidades críticas: fiscalización más robusta, tecnología y ciberseguridad, logística, capacitación y estándares auditables de conteo. Menos gasto en administración; más inversión en integridad, sin tocar la autonomía del árbitro.

También hay un argumento fuerte a favor de las listas abiertas: devuelven la última palabra al elector. Las listas cerradas convierten la representación proporcional en un nombramiento de dirigencia; las listas abiertas la convierten en mandato ganado, con nombre y apellido. El partido postula, pero la ciudadanía decide quién entra. Eso cambia incentivos: obliga a construir reputación pública, explicar trayectorias, rendir cuentas y competir por confianza real, no por cercanía con la cúpula. Si, además, se acompaña con topes, fiscalización y reglas internas claras, puede corregir el vicio más corrosivo del sistema: los “escaños de cuota” que no pasan por el filtro ciudadano.

La pregunta política de fondo es otra: ¿por qué mover reglas si hoy no hay un problema de gobernabilidad legislativa, dado que el oficialismo tiene mayoría calificada? La respuesta probable está en la gobernabilidad interna del bloque: la negociación con aliados, los vetos de dirigencias y el costo de un Congreso mediado por jefaturas partidistas. Leída así, la reforma electoral de Sheinbaum también es una reforma de disciplina: menos dinero, menos posiciones controladas por listas, más control sobre la arquitectura que decide quién representa y a quién le rinde cuentas.

Y quedan dos llaves que podrían cambiar el tablero si aparecieran en el articulado. Primera: la revocación de mandato. Si se adelanta a 2027, Sheinbaum estaría en la boleta a mitad del sexenio: eso puede arrastrar voto para Morena, pero también abrir un flanco comparativo si su porcentaje luce menor que el de López Obrador. Segunda: la cláusula de sobrerrepresentación del 8%. Tocar ese límite no es austeridad, es redibujar el peso real de las coaliciones. En política, el poder sirve para obtenerlo, retenerlo y ampliarlo. Sheinbaum presentará su reforma electoral como corrección de representación y de costo. El martes se verá, en el detalle, cuánto de esa cirugía busca ahorro y cuánto busca asegurar que el mapa de 2027 se parezca —lo más posible— al de hoy.

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