Populismo y 2018 (I)
El populismo se ha transformado de ser un planteamiento ideológico a una forma de ejercer autoritariamente el poder.

Francisco Guerrero Aguirre
Punto de equilibrio
Inspirado en la lectura del nuevo libro de Enrique Krauze, El pueblo soy yo, sobre el populismo, es obligado reflexionar sobre esta patología social y sus efectos, estando tan cerca la elección Presidencial del 1 de julio.
La palabra “populista” es un término relativamente nuevo, dos siglos apenas, en el lenguaje de la política. Con “populismo” se ha intentado llamar a la propagación exitosa de una serie de ideas que, básicamente, anteponen el ejercicio personal del poder, al ejercicio institucional. El populista es, como lo dice con toda categoría Krauze, su propio pueblo.
Aristóteles nos advertía que las formas puras de gobierno pueden volverse impuras: En demagogia. Se llamaba a quien la practicaba, un demagogo. El demagogo es un “populista” de su tiempo. Es el ancestro de los que ahora conocemos.
Para los romanos, el populismo toma forma y simbiosis con el derecho. El populista encuentra, en la aplicación de la justicia, el camino para revertir el orden social: Dejar atrás un pasado de castas, de patricios, de familias, de césares y encontrar un nuevo y vigoroso orden de las cosas: El de la plebe, bajo la antigua y paradigmática consigna de que el que paga, manda.
Sería con el Siglo de las Luces, las revoluciones y el fallido apotegma del “Estado soy yo”, cuando el poder llegaría arrancado, literalmente, de las manos del monarca y sería transferido a un novel inquilino que llegaría a avecindarse en la cumbre de la filosofía política para no retirarse jamás: El concepto de pueblo.
George Washington y Benjamin Franklin se concentraron en una idea central: El pueblo somos nosotros. Madison intentaría mitigar el poder de esa afirmación diciendo que el pueblo somos nosotros, a través de nuestros representantes. Andrew Jackson o Theodore Roosevelt coquetearon con una variable también poderosa: El presidencialismo.
El término populista ha ido poblando los estudios de Ciencia Política. Se describe en el siglo XIX y principios del XX como populistas a los postulantes de una doctrina de reivindicaciones. El “iluminado” abona en la variable del resentimiento. Se trabaja para los pobres, los olvidados, los marginados. Se proyectan infamias: Los empresarios son enemigos. Son los causantes de todos los problemas.
De ahí, el populismo se ha transformado de ser un planteamiento ideológico a una forma de ejercer autoritariamente el poder. Han pululado como una plaga tanto “populistas económicos” como “populistas culturales” o bien, “populistas nostálgicos” que añoran el pasado, con recetas de hace 50 años.
BALANCE
Durante los últimos años, en América Latina surgieron proyectos populistas al calor de profundas desigualdades. En nuestro continente, como ocurrió con el maíz, el populismo se injertó en la flora intelectual local, triturando, en varios países, la democracia y el equilibrio de poderes y limitando seriamente la libertad de expresión.
A través de las urnas y de la mano de la demagogia, el populismo se ha vuelto un peligro real. El gobernante encuentra en el inconsciente colectivo lo que Hegel llama “el espíritu del pueblo”: Su propio mapa para conectar directamente con la gente. El prohombre sustituye a la “caduca” institucionalidad, obsoleta y denostada. El nuevo gobernante, “el populista iluminado”, asociándose mañosamente a grandes hombres como Bolívar, Juárez o San Martín pretende emularlos robándose su genuina conexión con el pueblo.
Dejaremos para la siguiente entrega una descripción sobre el populista: Su comportamiento, su idea de la verdad, su axiología, su debate. Estas líneas servirán al lector para que cuando se encuentre con un populista, en la calle o en la carretera virtual de la información, sepa tratarlo, sepa entenderlo, lo identifique, y en su caso, cumpla las formalidades especiales y plenipotenciarias que su triste investidura ameritan.