Se trató de una provocación. Eso hizo María Corina Machado al entregar, simbólicamente, el premio Nobel a Donald Trump (no el de Oslo, sino el que va de la intención al relato político).
Como acto diplomático tiene un extraño parecido al de los reconocimientos que se entregan al final de una función de teatro. Como ceremonia con legitimidad institucional, el presidente de Estados Unidos le da más valor a recibir una gorra colorada con la leyenda “Make America Great Again” para ir a jugar golf.
El mensaje carga una ambivalencia venenosa. En tanto Washington tiene en la mira a las comunidades latinas, venezolanos asentados en la Unión Americana están entre la espada y la pared. ¿Mejor Trump que Maduro? ¿El invasor o el dictador? Lo que Estados Unidos llama “liberación” cuando invade naciones, el crimen organizado le dice “cobro de piso”. El petróleo de Venezuela bien lo vale.
La foto de Machado con Trump coincide con un momento en el que la política migratoria dictada desde la Casa Blanca, dura y punitiva, ha encontrado ecos incluso dentro de sectores latinos en Estados Unidos, no mayoritarios, pero sí suficientemente visibles. La narrativa racista, lejos de debilitarse, encontró arraigo incluso en comunidades que hablan español.
Me topé con unos datos del Pew Research Center. La mayoría de los latinos desaprueba a Trump y, en particular, su enfoque migratorio. Perciben que su situación ha empeorado, que el discurso antiinmigrante se ha normalizado y que la línea entre control fronterizo y estigmatización racial se ha vuelto peligrosamente borrosa. Y, sin embargo, una parte relevante del electorado latino, más diversa y fragmentada de lo que suele asumirse, ha decidido acompañarlo políticamente.
En ese escenario está el Nobel como reconocimiento al antagonismo. Trump no es conocido por tender puentes. María Corina se dio un balazo en el pie.
La paradoja es brutal. En tanto millones de venezolanos, mexicanos y centroamericanos viven hoy en Estados Unidos en condiciones de alta vulnerabilidad, muchos de ellos recién llegados, sin estatus regular, como documenta el propio Pew, la máxima figura de la oposición venezolana opta por abrazar al presidente que ha desmontado protecciones migratorias y reforzado el castigo a la gente de piel morena, culpable, de facto, de crímenes como el asesinato que, por ley, merecerían décadas de prisión.
Machado no le habla al latino promedio, le habla al poder. Pretende tomar café con la extrema derecha estadunidense que ve en el sufrimiento ajeno un daño colateral aceptable. El Nobel como moneda de cambio.
El problema es el statu quo vigente, mordaz, temerario. Trump ha sido eficaz en dividir incluso a quienes comparten lengua, historia y apellido. El migrante “bueno” contra el “malo”, el legal contra el irregular, el que llegó hace 20 años contra el que está desde ayer. Y en esa fragmentación, ciertos líderes encuentran espacio para gestos como el de Machado, que no busca sanar heridas, sino capitalizar su posición como opositora.
Como sea, Donald Trump es una figura maligna, pero fascinante. Recibe premios simbólicos por “defender” a Occidente. Hace meses, le dieron el Premio de la Paz de la FIFA, y quién sabe lo que eso sea. Abre espacio a su agenda para tomarse fotos con Gianni Infantino o María Corina Machado, y listo. Un funcionario del staff de la Casa Blanca señala la puerta de salida.
Las comunidades latinas, y está visto que otras, siguen batallando con redadas y miedo cotidiano. El Nobel auténtico de la Paz 2025 sigue sin entregarse. Más valdría haberlo declarado desierto. María Corina hizo antesala en el Despacho Oval, pero sólo recibió miradas como las que lanzaría Jeffrey Epstein.
