Tarzán se enamoró de Acapulco

Acapulco ha sido punto de encuentro y descanso de la crema y nata mundial. La Casa de los Vientos, que tiene un mural de Diego Rivera hecho con mosaicos de colores, piedras y conchas marinas, tuvo mucha suerte tras el paso del huracán Otis.

Obviamente, hacía un calor de los mil demonios y mi padre nos dijo: “En esa casa vive Tarzán”. Nos estaba vacilando, pensé. Tarzán vive en la jungla y duerme en los árboles, porque de noche no falta algún felino que ande merodeando. Pero, por si se ofrece, Tarzán siempre trae en la cintura de su taparrabos un cuchillo, aunque normalmente le basta con el llamado de la selva para que todos los animales acudan a su ayuda. El caso es que no. Efectivamente, en una casa alzada sobre un acantilado, con el clásico tejado guerrerense, creo recordar, vivía Johnny Weissmüller (1904-1984), multimedallista olímpico de pruebas de natación (incluida una de bronce en waterpolo), catapultado como actor de Hollywood gracias a su interpretación de Tarzán, cuyas películas en blanco y negro pasaban de vez en cuando en la tele. Aun así pregunté cómo era posible que Tarzán viviera ahí. La respuesta fue muy sencilla: Tarzán se enamoró de Acapulco.

No fue el único. Cuando estalló la guerra civil española, el periodista Alfonso Camín (1890-1982), a su vez el “poeta de Asturias”, se instaló una temporada en México, y le dedicó unos sonetos: “Junto al mar de Acapulco/las palmeras jóvenes, armoniosas y joviales/tienen cuerpos de novias quinceañeras/ Abren los brazos a los litorales/al horizonte azul sus cabelleras/ tendidas, ondulantes al aire marinero”.

Acapulco ha sido punto de encuentro y descanso de la crema y nata mundial. La Casa de los Vientos, que tiene un mural de Diego Rivera hecho con mosaicos de colores, piedras y conchas marinas, tuvo mucha suerte tras el paso del huracán Otis. Apenas la cancelería sufrió daños, informaron las autoridades culturales. El resto de Acapulco quedó en la memoria.

Por el parecido fónico, y por echar relajo, al canto a capella, Janis Joplin (1943-1970) lo llamó “Acapulco”: Acap-ella-Acap-ulco. Hubo un tiempo en que aparentemente todas las películas del cine de oro mexicano, y las posteriores, se filmaban en Acapulco. Para La dama de Shanghái (1947), una de las locaciones elegidas por Orson Welles (1915-1985) fue Acapulco y desde los años 80, toda telenovela o programa de Televisa que se preciara debía contar con episodios en la famosa bahía.

Según la serie de Luis Miguel, el estreno del video de Cuando calienta el sol ocurrió en El Baby ‘O, emblemática discoteca de Acapulco, a la que alguna noche se apareció Michael Jordan, que ordenó varias botellas de champaña Cristal. El Acuérdate de Acapulco, de Agustín Lara (1897-1970), es uno de los inicios más célebres de cualquier canción, sin hacer menos el “tú eres el amor de cual yo tengo el más triste recuerdo de Acapulco”, de Juan Gabriel (1950-2016), en Amor eterno, una pieza que le parte el alma a todo mundo.

La chispa de Jorge Arvizu, El Tata (1932-2014), y de los de los traductores de Don Gato y su pandilla, lograron que el oficial Matute, a bordo de un descapotable y ataviado de boina y lentes oscuros, pasara al callejón de los gatitos a despedirse, pues partía de vacaciones a Acapulco.

Finalmente, para esta entrega, que no para un “Acapulco completo”, el cual requeriría una enciclopedia, queda ese “inextricable infierno y deleitable paraíso”, según el registro de Ricardo Garibay (1923-1999) en su crónica sobre el Puerto, azotado por el crimen organizado en lustros recientes.

Son vastos los recuerdos sobre Acapulco. Habrá un antes y un después, evidentemente. Que ninguno de sus pobladores, la auténtica fuerza laboral que le da brillo a Acapulco, se quede sin ayuda. Hay mucho trabajo por hacer. Pasado el desastre, la gente de Acapulco y la de los demás municipios guerrerenses afectados merecen un futuro con amplias sonrisas.

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