Pinochet y el punto de quiebre

Las desapariciones durante el gobierno militar chileno, que se calculan en miles, representan uno de los capítulos más cruentos de la historia del siglo XX.

Se supone que la vida lo pone a uno en cada aprieto... Pienso en ello cada vez que recuerdo a la comisión chilena que empezó a defender al general Augusto Pinochet cuando fue arrestado en Londres, el 16 de octubre de 1998. Paisanos suyos enfrentaron a esos hombres perfectamente trajeados, creo que en las puertas de su embajada, cuando se manifestaron a favor de la captura de aquel militar maligno al tiempo que demandaban su castigo. Recibieron escupitajos en el rostro hasta que uno de ellos atinó a preguntar: “¿Qué ganas con eso?” La respuesta: “¿Y qué ganan ustedes con defender a un asesino?”. Más escupitajos y reclamos a los gritos, cara a cara. Escuchar los motivos de cualquier abogado del diablo debe ser tan asqueroso como fascinante.

Hay heridas del alma que, por más empeño que se tenga, nunca cierran. Las desapariciones durante el gobierno militar chileno, que se calculan en miles, representan uno de los capítulos más cruentos de la historia del siglo XX. “La muerte está en los catres/en los colchones lentos, en las frazadas negras”, escribió Pablo Neruda. “Vive tendida, y de repente sopla/sopla un sonido oscuro que hincha las sábanas/y hay camas navegando a un puerto/en donde está esperando, vestida de almirante”.

Este lunes 11 de septiembre se cumple medio siglo del golpe al presidente socialista chileno Salvador Allende, acción que “liberó” a la nación sudamericana del adoctrinamiento marxista-leninista, según los discursos oficiales que han imperado a lo largo de estas cinco décadas. Es verdad, como señaló Alejandro Rossi, que en ese entonces Chile vivía una especie de “festival ético”, al tiempo que brotaban las llagas de una crisis económica (“Nada contra Allende como persona, salvo sus sueños”), pero no se puede dejar de lado el hecho de que ese derrocamiento contó con la complicidad, al menos por omisión, del Departamento de Estado del presidente Richard Nixon, versión que conocedores divulgaron sin descanso, acusados, en su día, de padecer imaginación desbordada.

Sin embargo, las evidencias ya salen a la luz. De acuerdo con documentos desclasificados en semanas recientes, el 8 de septiembre de ese año el gobierno de la Unión Americana tuvo conocimiento del posible golpe de Estado. “Un número de reportes recibidos de Chile indican la posibilidad de un intento de golpe de Estado. El disturbio se centra en la marina, donde el personal ha estado preocupado por el inminente nombramiento de un nuevo jefe de servicio. Los marinos, que están conspirando para derrocar al gobierno, ahora afirman tener el apoyo del ejército y la fuerza aérea”, señaló la CIA en un informe. “También hay indicios que los oficiales navales podrían estar planeando acciones antigubernamentales conjuntas con militares civiles opositores” (La Jornada, 26/8/2023).

Casi 17 años duró la desigualdad con las botas al cuello de los ciudadanos de a pie. En ese sentido, el proceso promovido contra Pinochet por el juez español Baltasar Garzón, basado en el principio de jurisdicción universal, pues la tortura es un crimen global (los cargos incluían denuncias de ciudadanos españoles), marcó un punto de quiebre. Si los simpatizantes del pinochetismo, que los hay, y no son pocos, divulgaron, a veces de manera grosera y hostil, el milagro económico de Chile a raíz de la caída de Allende, las víctimas de la dictadura pudieron celebrar que, quien era intocable, dejó de serlo. ¿Fue demasiado tarde? No necesariamente. Todo trago amargo que pueda dar cualquiera que mira por encima a sus semejantes debe ser un gozo para quienes sufrieron tantas injusticias.  

La sonrisa de los desterrados es alegría del mundo. El humor, eventualmente, tiene la virtud de sanar. A 50 años del golpe a Salvador Allende, Pepe Palomo, querido colega de Excélsior, que huyó de Santiago al entonces Distrito Federal, presenta una muestra de sus cartones en el Centro Cultural Los Pinos. Como variación, queda el antipoeta Nicanor Parra: “De aparecer apareció, pero en la lista de desaparecidos”.

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