Pieter Menten y Claudia Sheinbaum
El caso Menten reúne arte, periodismo y nazis ocultos codo a codo entre el resto de los ciudadanos, tres tópicos que logran un coctel explosivo.
Hay muy buen material sobre el nazismo. Entre libros de historia, periodismo o novelas, la oferta editorial se incrementa prácticamente día con día y no conoce techo. También la visual. Grandes películas sobre el asunto conmovieron desde sus lanzamientos, y siguen haciéndolo (lo que permanece entre el gusto del público, se convierte en clásico). Misma situación, en años recientes, se puede afirmar con los catálogos disponibles en diversas plataformas del streaming. Me detengo en El caso Menten (2016), serie holandesa de tres capítulos que descubrí esta semana (los productos extemporáneos son tesoros que esperan sin prisa y con ganas).
En diciembre de 1976, Pieter Menten, reputado coleccionista de arte, fue extraditado de Suiza debido a que sobre su persona pesaban acusaciones por crímenes de guerra en favor de los nazis, señalado de, literalmente, jalar el gatillo contra judíos en Polonia, donde residía, en 1941. Menten, quien junto con su esposa consiguió pasaportes falsos, trazó su huida de Ámsterdam, a donde regresó, sin más remedio, a preparar su defensa. Su caso llegó a la justicia gracias a la colaboración de varios periodistas, entre los que se hallaba Hans Knoop, que ciertamente hizo personal el asunto, de acuerdo con la citada serie, y asimismo sufriera del vituperio de uno que otro compañero en la redacción de la que formaba parte. El caso Menten reúne arte, periodismo y nazis ocultos codo a codo entre el resto de los ciudadanos, tres tópicos que logran un coctel explosivo.
En algún punto, Menten le grita a Knoop: “¡Judío! ¡Comunista! ¡Miserable!”, selección de variopintos calificativos que la oposición a la 4T le encanta espetar como supuestos delitos. Pero una cosa es expresarlo en privado o en público o redes sociales, y otra muy distinta es hacerlo con las herramientas del periodismo de parte de gente supuestamente preparada. Ante semejante escenario, quedan los versos de Allen Ginsberg: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura…”.
Ocurrió, usted lo sabe, con la revista Siempre!, cuya editora, y propietaria, Beatriz Pagés, puso en la portada una silueta de Claudia Sheinbaum con una cinta de suásticas. Criticada la infame imagen, seguida de un panfleto presentado como editorial, la reportera y exdiputada ofreció disculpas y un texto “justificatorio”. Sin embargo, nada de que “qué bueno que corrigió”. Nada de “pedir perdón a los que se sintieron ofendidos”, y borrón y cuenta nueva. No. A estas alturas, no. Este juego de desencuentro sexenal entre chairos y fifís, por ponerlo en términos de sobra conocidos, ya llegó muy lejos, ciertamente.
En sus días como director del IMSS, el economista Santiago Levy sufrió ataques semejantes de parte de miembros del sindicato del Seguro Social que protestaban a las puertas del instituto. Pintaron en mantas el rostro de Levy, al que le pusieron suásticas. Así como nadie puede sorprenderse de unos trogloditas más o menos organizados, tampoco nadie se asusta de las groserías y ocurrencias de cualquier porra de un equipo de futbol. Pero en este affaire, la revista Siempre! disparó contra su cabezal.
En 1937, en pleno cambio de paradigmas respecto a las expresiones estéticas, el régimen nazi censuró el “arte degenerado”, producto, se dijo, de judíos y bolcheviques. Su crimen era “no ser alemán”. A partir de entonces, apuntó en un libro el crítico de arte Julian Spalding, surgió “el eclipse del arte” y, décadas después, el manantial de testimonios sobre ese infierno, plasmados aquí y allá. Con la amplísima oferta de las historias del nazismo, Beatriz Pagés emerge con la impertinencia propia de una adolescente maleducada. Con esas amigas, Xóchitl Gálvez no necesita enemigas.
