La tinta y el papel
Eso de que “ya nadie lee” se escucha cada vez más seguido en las redacciones, no como alarma, sino como instrucción para reducir caracteres y ampliar ilustraciones e infografías.
Parafraseando al colega José Luis Martínez S., quizás alguno de mis cinco lectores recordará que hacia la segunda quincena de enero relaté, en un par de entregas, breves experiencias de viaje por algunas partes del noroeste mexicano. En esas líneas referí, levemente, la problemática que supuso adquirir los diarios locales (en Chihuahua, Creel, Los Mochis, Guasave, Culiacán y Mazatlán) debido a que, coincidieron los pobladores de esas tierras consultados, ya todas las noticias “están en Facebook” y demás redes sociales.
En ese sentido, no sorprende la disminución de lectores en México, de acuerdo con el Módulo sobre lectura (Molec) 2024 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Aunque se leen pocos libros al año en nuestro país, éstos son el objeto más apreciado, con 41.8 por ciento, seguidos de las páginas de internet con 39.4%, las revistas, con 21.7, los periódicos, con 17.8, y las historietas, con 4.6 por ciento.
Sin embargo, entre 2015 y 2024, la mayor disminución la registraron las revistas (de 47.2% de la población lectora en 2015 a 21.7 este año) y los diarios (de 49.4 a 17.8%). No hace falta, empero, levantamiento alguno para corroborar la decadencia de la oferta editorial periódica hecha con tinta y papel.
Para un lector de periódicos y revistas, ir al Sanborns representaba toda una aventura. La oferta no se limitó a lo nacional. A la mano había publicaciones gringas para todos los gustos: música, deportes, arte, política y negocios. De la especializada Modern Drummer, pongamos por caso, a la alucinante MAD, sin dejar de lado las semanales Time y Newsweek.
Hoy en día esos estantes son un páramo de papel. Igual los puestos de periódicos que persisten por una terquedad heroica, pero con apenas diarios y revistillas de sudoku y sopa de letras.
Supongo que el confinamiento por covid-19 ha tenido algo que ver. Los lectores se refugiaron en sus dispositivos y, en general, en la internet, ventanas desde donde nos enteramos “de todo”. En México, los ataques desde las conferencias mañaneras contra publicaciones y periodistas acaso en algo impactaron en el asunto, situación nunca aprovechada de acuerdo con la recomendación de Dalí: “Que hablen bien, que hablen mal, lo importante es que hablen”.
En esa dinámica, los despachos de marketing de las empresas noticiosas tuvieron otras prioridades. Se ahorraron campañas como: “El Presidente tiene otros datos. En nuestras páginas usted descubrirá los verdaderos”. O, de manera más intrépida, en una mezcla única con el presente y el pasado: “A López Obrador no le gustó nuestra cobertura sobre la violencia. A nosotros tampoco su himno al PRI”.
En todo caso, los editores y periodistas de diarios tenemos parte de responsabilidad por el dramático declive en la lectura de nuestros productos. Eso de que “ya nadie lee” se escucha cada vez más seguido en las redacciones, no como alarma, sino como instrucción para reducir caracteres y ampliar ilustraciones e infografías, que muy poco le dicen al lector.
Si bien se conservan espacios en los que se informa y se relatan de la mejor manera posible ciertos acontecimientos con el objeto de captar el interés lector, animándolo, quizás, a reconsiderar algunos aspectos a su alrededor, la realidad es que se batalla con prioridades propias de factorías (copiar, pegar y reproducir ad infinitum) en lugar de privilegiar reportajes, amplios o no tanto (investigar, corroborar y reescribir).
A fin de cuentas, las aplicaciones resolvieron de maravilla la tarea de multiplicar notas a la velocidad de la luz, cosa que habría que cuidar en diarios y revistas e impedir la sentencia de Francisco Zapata: “Al paso que vamos/ pronto habrá más escritores/ que lectores/ más publicadores/ que autores/ más políticos/ que electores”.
