Guernica: una vacuna moral
Frank-Walter Steinmeier fue el primer presidente alemán en rendir homenaje in situ a las víctimas del bombardeo de 1937.
“¿Qué es Guernica?”, interrogó en clase Teresa del Conde, en ese entonces con pocos años como directora del Museo de Arte Moderno. “Es la obra más importante del cubismo”, aventuró un compañero. “No sé si del cubismo, pero sí de Picasso”, señaló otro. La doctora Del Conde dijo que no. Desarmó a todo el grupo, pero su pregunta traía jiribilla. Ante ello, sólo ella era capaz de contestarla: “Guernica es un lugar, en España, en el País Vasco”.
Y sí: antes que el arte, están las cosas que lo inspiran. Las expresiones estéticas surgen del mundo que las precede y las nutre. Puede que el Guernica, el fabuloso óleo sobre tela de Pablo Picasso de 776.6 cm de largo por 349.3 de alto, que resguarda el Museo Reina Sofía de Madrid, sea más célebre que el terrible hecho que lo inspiró. Puede que una que otra pieza en grandes recintos y galerías alrededor del planeta contenga una ferocidad latente. Puede, asimismo, que haya manifestaciones que abran senderos hacia las aporías. Lo que hay que evitar, en todo caso, es la indiferencia ante las acciones brutales cometidas en algún momento.
Algunas obras clave de la historia del arte son memoria. No hay olvido. Picasso se ocupó de un lugar, pero ese sitio puede ser cualquier otro que haya sufrido injusticia semejante.
La escena fue simple: una corona, dos nonagenarias supervivientes, el silencio y la voz de un jefe de Estado que pronunció lo obvio. “Este crimen lo cometieron alemanes”, dijo Frank-Walter Steinmeier, el primer presidente alemán en rendir homenaje in situ a las víctimas del bombardeo de abril de 1937.
La memoria es una advertencia para el presente. Steinmeier lo dijo así, en un momento en que, en Alemania, la extrema derecha remonta en las encuestas. El reconocimiento en Guernica es, en suma, una vacuna moral contra la amnesia.
A su lado, el rey Felipe VI habló con solemnidad. Calificó la conmemoración como “un recordatorio del horror al que conducen los totalitarismos”. Fue un gesto de concordia. El invitado asume, el anfitrión reconoce y la democracia europea se permite, por unas horas, cierta catarsis.
“Guernica es uno de esos lugares donde el horror de la guerra y la vulnerabilidad de los inocentes están grabados para siempre en la memoria colectiva europea”, pronunció Steinmeier. “La población civil fue el único objetivo: mujeres, hombres y niños fueron asesinados”, continuó, haciendo un llamado a “defender la paz, la libertad y la democracia frente a todas las formas de nacionalismo, odio y violencia”.
La prensa alemana valoró el viaje como un reconocimiento de responsabilidad y la esperanza de que el acto contribuya a domesticar los discursos de revancha. Medios como Süddeutsche Zeitung y Die Zeit subrayaron que se rebasó el mero acto protocolario, pues “las democracias deben mirar sus sombras y nombrarlas para no repetirlas”.
Y luego está Euskadi, donde hay cicatrices de la dictadura franquista, deberes pendientes de verdad y reparación de los actores contemporáneos. Algunos vascos rechazaron la presencia del monarca, pero, políticamente, el acto tiene dos lecturas. La primera, la diplomática. Alemania asume un pasado que muchos creían olvidado y lo hace en compañía de España, con lo que se envía una señal sobre la vigilancia frente a los totalitarismos. La segunda es democrática: reconocer la culpa es un acto de civilidad política que exige reciprocidad.
Si aceptamos que la memoria es disciplina pública, entonces corresponde a las instituciones seguirla con educación, museos que no sean mausoleos, y dispositivos de reparación que piensen en los vivos y en las próximas generaciones. La foto del presidente alemán junto a dos supervivientes del bombardeo a Guernica deja una sola pregunta: ¿Ahora qué hacemos con esta lección?
