Flor marchita

La cúpula que eligió a Xóchitl Gálvez la mantiene al margen al tiempo que sus llamados de unidad se convierten en palabras que se las lleva el viento, simples dichos para llenar espacios en la radio y la tele, en los diarios y la web.

Ya que andamos en precampañas, qué más quisieran los ciudadanos de a pie (ya no se diga los antiamloistas) que escuchar propuestas interesantes de la candidata por el Frente Amplio por México, verla con un discurso sólido, coherente, con la seriedad que merece el caso. En lugar de eso hay bandazos ideológicos (es un decir), palos de ciego (es un hecho) y pleitos irreconciliables (está por verse el precio de la factura por el “taboadazo”).

Vayamos por partes. Javier Milei no será el primer impresentable, ya sea de izquierdas o derechas, en convertirse en jefe de Estado, pero resultó de pena ajena el mensaje a botepronto de Xóchitl Gálvez colgó en la red X apenas se confirmó el triunfo de aquél a la presidencia de su país: “¡En Latinoamérica soplan vientos para mejorar nuestros países! El pueblo argentino le puso un alto al mal gobierno y los malos resultados. Mi reconocimiento por esta histórica jornada electoral. Felicitaciones al Presidente electo @Jmilei”.

¿No bastaba con una simple felicitación? No. Sin darnos cuenta, y velozmente, pasamos de la democracia sin adjetivos a la democracia con estridencia. Después, en una entrevista con Ciro Gómez Leyva, Xóchitl reculó: “Yo celebré la democracia. No comparto la visión de derecha de Milei, y tú lo sabes. No tengo esa visión, soy una mujer de libertades. Pero lo que sí celebro es que en las últimas 16 elecciones los candidatos oficiales han perdido 15. Entonces, son tiempos de cambio en América Latina y eso se va a reflejar en México”.

Ocurre que las convicciones se usan como pañuelos desechables. ¿Recuerda usted cuando Xóchitl se dijo “trotskista”, durante una discusión en la LXIV Legislatura? ¿No? Ahí va: “… provengo de la liga obrera marxista, soy trotskista de origen y su servidora ha trabajado durante muchos años al lado de los pueblos indígenas, así es que los descalificativos de derechas e izquierdas a mí no me acomodan” (supongo que en lugar de “acomodan”, la entonces senadora quiso decir “incomodan”) (disponible en: https://www.senado.gob.mx/65/intervenciones/1262/26648).

Según las encuestas más recientes, Xóchitl Gálvez tiene una preferencia de voto que apenas rebasa 30 por ciento. Sin embargo, sería un error asumir que Claudia Sheinbaum ganará de calle, sobre todo por el tercero en discordia, Samuel García, bien posicionado entre los jóvenes. Pero, asimismo, se cometería una equivocación similar al pensar que Xóchitl va a hacer algo interesante de aquí a, por ejemplo, el primero de los tres debates presidenciales, tras el cual, se supone, se agitan las conciencias de los indecisos.

En su día, a Xóchitl le celebraron su colorido desafío al presidente López Obrador, que le cerró las puertas de Palacio Nacional. Ahí inició ese llamado a la rebelión contra quien, históricamente, representa el cisma del México actual. Catapultaron su figura y ella se dejó querer. Y engañar. De unas semanas a la fecha, la cosa no parece tan segura. Arrancar una precampaña con acusaciones entre compañeros, sobre todo por la imposición del panista Santiago Taboada como opción única al Gobierno de la CDMX, ubica en su auténtica dimensión a Xóchitl Gálvez. La cúpula que la eligió la mantiene al margen al tiempo que sus llamados de unidad se convierten en palabras que se las lleva el viento, simples dichos para llenar espacios en la radio y la tele, en los diarios y la web.

Así será, todo apunta, de aquí a que se lleven a cabo las elecciones, el 2 de junio del año que entra. Como el lector sabrá, en lengua náhuatl “xóchitl” significa “flor”. A menos de que ocurra el milagro del caballo que alcanza, gana, esa flor ya está marchita.

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