¿Y si hacemos de cada día el Día de la Tierra?
“Estoy haciendo esto porque nadie más está haciendo nada. Es mi responsabilidad moral hacer lo que pueda. Quiero que los políticos den prioridad al cambio climático, que presten atención a este asunto y lo traten como una crisis”: Greta Thunberg.
Apropósito del Día de la Tierra recordé a Greta Thunberg, la polémica chica que, en el 2018 y a la edad de 15 años, acudía cada mañana a la puerta del Parlamento sueco para desplegar una pancarta y protestar en solitario contra la inacción frente al calentamiento global.
Greta se viralizó y logró exponer en Katowice, en la Conferencia Anual de este tema que organiza la ONU, donde habló de los insuficientes avances de la lucha contra el calentamiento del planeta y compartió: “Nuestra biosfera está siendo sacrificada para que los ricos de países como el mío puedan vivir lujosamente, pero el sufrimiento de muchos está pagando los lujos de unos pocos”. Indicó: “Estoy haciendo esto porque nadie más está haciendo nada. Es mi responsabilidad moral hacer lo que pueda. Quiero que los políticos den prioridad al cambio climático, que presten atención a este asunto y lo traten como una crisis”.
Leer sus aportes me llena de esperanza, pues es una voz que pide al mundo un desarrollo económico que respete la naturaleza.
Hoy su ímpetu es secundado por una generación que lucha por el respeto y el cuidado de la tierra.
Rememoro que tres años antes de esta conferencia, en el 2015, Francisco sacó la esperada Encíclica Laudato si’. Esperada, pues todos querían conocer su postura sobre este tema. Relata al respecto Lombardi, portavoz de la Santa Sede, que “en 25 años de experiencia, nunca había visto tanta expectación ante la presentación de una encíclica”.
- Y valió la pena, es una joya. Francisco señala los principales agravios que cometemos a la naturaleza y enriquece esa narrativa, de la naturaleza ecológica, con la naturaleza del hombre, dando a esta Encíclica un toque integral, ecológico, político y social que nos interpela. Se refiere a la exclusión social, la violencia, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, como signos de que el crecimiento de los últimos dos siglos no ha significado un verdadero progreso.
Francisco afirma que ya no podemos pensar sólo desde un criterio utilitarista de eficiencia y productividad para el beneficio individual y que no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. Con valentía, acusa lamentables fenómenos que vivimos y expresa: “La Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.
Sin embargo, a la par de esa sentencia y su preocupación por lo que ocurre, comparte un mensaje alentador al recordarnos que “La humanidad tiene aún capacidad para reconstruir nuestra casa común, las cosas tienen remedio, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, pueden también superarse, volver a elegir el bien y regenerarse”.
- Alberto Iniesta, arzobispo emérito de Madrid, poco después de la publicación de la Encíclica escribió unas palabras con las que deseo cerrar hoy. Plantea: “Los que miramos la naturaleza como creación de Dios asociamos todo lo bello como imagen suya, como chispas de esa luz infinita. Entonces, tendremos que ir ampliando nuestro concepto de belleza, adaptándolo mejor al de Dios, y aprender a extasiarnos de los nuevos bichos que han venido fuera del catálogo estético hasta ahora habitual. Sin ir más lejos: si creemos que Dios lo ha creado todo, y todo lo ha hecho bien, y lo ha creado por amor, ¿por qué ha creado las moscas, tan molestas y tan sucias? Si somos coherentes, ¿no tendríamos que amarlas, agradecerlas y respetarlas? No llegaría yo a llamarlas hermanas, como Francisco de Asís, pero sí, al menos, primas o parientas lejanas. Son las bellas arrugas de la creación”.
Por todo, insto, no tengamos sólo un día dentro de todo el año para honrar la tierra, nuestra casa común, sino aprendamos a cuidar nuestro mundo, descubriendo cada día la creación de Dios, expandiendo la mira y amando tanto lo bello como ‘las arrugas de la creación’.
