Voluntad: la fuerza discreta que transforma el mundo
Y mientras más espacio se da a la reacción emocional, menos se cultiva la inteligencia emocional. Así, la frustración se vuelve insoportable, el error intolerable, el fracaso inasumible. Y en lugar de hacernos más conscientes, nos lleva a buscar evasiones dañinas: mecanismos de fuga, consumos compulsivos y adicciones
Durante décadas, el mundo pareció convencido de que todo era posible. El progreso científico, el desarrollo tecnológico y las promesas del transhumanismo nos hicieron creer que podríamos dominar la realidad, moldear la humanidad a voluntad y diseñar un futuro sin límites. Sin embargo, en los últimos años, esa ilusión de control ha dado paso a una conciencia aguda —y muchas veces paralizante— de nuestra vulnerabilidad.
Sabernos heribles, física o moralmente, no es novedad: es parte de la condición humana. Pero lo que sí parece nuevo es la incapacidad creciente de sostener esa fragilidad sin quebrarnos. Lo que antes se enfrentaba con entereza, hoy a menudo se evita, se delega o se silencia. Y no porque seamos más frágiles por naturaleza, sino porque la voluntad se ha debilitado.
Vulnerabilidad y debilidad no son lo mismo, pero pueden alimentarse mutuamente. La primera es inevitable; la segunda, evitable. Y cuando la voluntad se debilita, la vulnerabilidad se convierte en fragilidad. Se confunde proteger con anular, cuidar con impedir crecer.
Tres son los principales síntomas de esta fragilidad: la sobreprotección, la crisis de resiliencia y las adicciones. En muchos hogares, la voluntad ha sido reemplazada por la sobreprotección. Lo vemos en generaciones de padres que, tras vivir en carne propia crisis económicas o sociales, adoptaron una pedagogía del “evitar todo tipo de sufrimiento. Al evitar el dolor, se impide crecer.
A eso se suma una profunda crisis de resiliencia. Vivimos tiempos de hipersensibilidad emocional, donde se prioriza la emoción inmediata por encima del proceso reflexivo. Y mientras más espacio se da a la reacción emocional, menos se cultiva la inteligencia emocional. Así, la frustración se vuelve insoportable, el error intolerable, el fracaso inasumible. Y en lugar de hacernos más conscientes, nos lleva a buscar evasiones dañinas: mecanismos de fuga, consumos compulsivos y adicciones.
Las cifras de adicción, especialmente en jóvenes, son el síntoma más grave de este debilitamiento. No se trata solo de una cuestión de salud pública, sino de libertad. Porque cada adicción limita, en lo profundo, la capacidad de elegir con libertad y sostener las decisiones. La voluntad deja de ser una aliada y se convierte en una fuerza ausente.
¿Y qué podemos hacer? Educar la voluntad. Volver a hablar de ella, volver a ejercitarla. Como cualquier músculo, la voluntad crece con el uso constante. No se trata de heroicidades puntuales, sino de pequeñas decisiones cotidianas. De actos repetidos que, con el tiempo, se convierten en hábitos. Y cuando el hábito es bueno, se convierte en virtud. Y cuando una virtud se consolida, la persona se transforma: no sólo hace el bien, sino que se vuelve buena.
En esta tarea, los educadores y padres tienen un papel insustituible. No basta con decir que algo es importante: hay que sostenerlo con el ejemplo, con el acompañamiento y muchas veces con el desgaste que implica no ceder. Porque el hábito se forma cuando alguien, con paciencia y firmeza, insiste más allá del cansancio.
Un ejemplo claro: ayudar a un hijo a levantarse temprano. Al principio cuesta. Pero si se insiste, si se acompaña, si se refuerza, ese pequeño acto se convierte en una forma de fortaleza. Ya no sólo lo hace: es alguien que puede hacerlo. La voluntad lo transformó.
Y sí: hay estrategias que ayudan. Autores como James Clear, en libros como Hábitos atómicos, insisten en que no basta con buenas intenciones. Hay que diseñar sistemas, entornos, procesos que faciliten la repetición y sostengan la motivación cuando flaquea.
La educación de la voluntad es quizá una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo. Porque sin voluntad, no hay libertad. Y sin libertad, no hay vida lograda. La voluntad no es represión: es posibilidad. No es rigidez: es dignidad activa. Es esa fuerza silenciosa que nos permite responder a lo que vale la pena, incluso cuando cuesta.
Y quizá por eso, educar la voluntad es también una forma de transformar. Una transformación que se cultiva con decisiones, con esfuerzo, con personas que se entregan para que otros puedan crecer. Es formar a quienes no se conforman con sobrevivir al mundo, sino que aprenden a cambiarlo desde dentro.
