Versión del lenguaje 23.6 y contando

Es así como el diálogo es una forma de encuentro con el otro. Esto resulta claro cuando se diferencia al diálogo de otras formas de conversación.

Estamos prácticamente a mitad del año, al pasar la segunda quincena del sexto mes del año civil. Con este tiempo recorrido, vuelvo la mirada al inicio de 2023, momento en que experimentamos la novedad y estreno de 365 días, generando ilusiones y expectativas ante la capacidad de seguir construyendo la historia personal y, por qué no decirlo, también la historia al poder ser protagonistas de la cultura, que va dejando huella. Lo afirmo así porque descubrí que al inicio de cada año también tenemos la oportunidad de integrar cerca de tres mil nuevas palabras o acepciones a nuestra lengua, fruto de los cambios en el entorno. Por ejemplo, la era digital quedó reflejada en la incorporación al Diccionario de la Lengua Española de términos originarios del lenguaje de Internet, las redes sociales y las nuevas tecnologías, como se explica en la página web de la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). A partir de 2017, muestra cada año las novedades de su diccionario publicándolas en versión electrónica, pues es necesario no retrasar la inclusión de nuevas palabras y acepciones, así como enmiendas necesarias a las ya incorporadas.

En diciembre de 2020, versión 23.4 se incluyeron términos como trolear, así como las palabras vinculadas a la crisis sanitaria, como coronavirus, covid-19 o desconfinar. En la actualización 23.5 del diccionario aparecen términos como bitcoin, bot, ciberdelincuencia, criptomoneda, geolocalizar o webinario.

Y todo esto, ¿para qué? Para facilitar el diálogo y entendimiento —partiendo de una misma esencia o significado de los conceptos— en un ambiente multicultural y multigeneracional.

Sin duda conocen y han repetido este refrán al término de conversaciones que tuvieron cierta dificultad: “¡Claro! hablando se entiende la gente”. Y esto es así; cuando hablamos, podemos hacerlo con el objetivo de transmitir información, pero, cuando buscamos el entendimiento, es esencial el diálogo. Continúo —a posta— con el tema de mi última columna sobre el diálogo, joya de la corona de cualquier conversación.

El diálogo, ése que deseamos, posee unas condiciones necesarias de la voluntad de comprensión del otro y un esfuerzo de autocomprensión. Asimismo, tiene varios presupuestos, que enuncio a continuación: se dialoga para buscar la verdad, sólo así se puede mirar en la misma dirección que el interlocutor, se respeta al interlocutor, se elige deliberadamente la razón y no la fuerza, se aprovecha el lenguaje como lo compartido y transmitido por tradición, que aporta ciertos prejuicios para la comprensión; se realiza en apertura hacia el otro y hacia sus argumentos, donde las correcciones del otro no implican necesariamente renunciar a los propios principios.

Es así como el diálogo es una forma de encuentro con el otro. Esto resulta claro cuando se diferencia al diálogo de otras formas de conversación, como la discusión o el conflicto, donde se plantean juegos de “suma-cero”, donde uno gana en la misma medida en que el otro pierde. En el auténtico diálogo todos los interlocutores ganan: el que es corregido sale de su error, el que no cambia su postura ahora conoce mejor su propia perspectiva por el contraste con la ajena. En este sentido, resulta ejemplar la actitud socrática: “Si me refutas, no me irritaré contigo, como tú conmigo, sino que te inscribiré como mi mayor bienhechor” (Gorgias, 506 a. C.).

Lo anterior que resulta a primera vista fácil tiene unos riesgos en la cultura actual, como puede ser el uso deliberado de estrategias de polarización por parte de referentes políticos, que promueve la diferenciación y el desprecio mutuo entre grupos; la cultura de la cancelación, que lleva al silenciamiento de opiniones para no incomodar; la llamada  cultura woke, corriente social que, mediante el llamado a la conciencia social y al activismo, propone la vigilancia y la condena a toda expresión que potencialmente afecte a la sensibilidad de un grupo; la confusión entre el valor de la tolerancia y el relativismo en sus distintas variantes; el uso emocional de las redes sociales, que al mismo tiempo que amplían la participación permiten el anonimato y la difusión de fake news y discursos descalificatorios hacia quienes piensan distinto. Los excesos en los hábitos de consumo de información y de entretenimiento en el mundo digital, que además por su propio ritmo impiden el tiempo necesario para la cavilación y para la reflexión. Todos ellos, factores que minan la confianza necesaria para emprender un diálogo auténtico.

Estos desafíos no nos ponen necesariamente en desventaja; al contrario, formamos parte de este contexto cultural y conocerlo nos ayudará a prepararnos con argumentos razonados, evitando opiniones personales sin sustento; a esforzarnos para evitar las reacciones emocionales desmedidas ante lo que difiere a nuestra visión y a crecer en la competencia interpersonal de la escucha activa, sabiendo que quien me escucha me aporta y le aporto. Si propiciamos una cultura de escucha y diálogo, no tengo ninguna duda de que “hablando se entiende la gente”.

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