Un viaje al centro de la persona
Fueron días para el diálogo y la reflexión sobre el humanismo, el concepto de persona a lo largo de la historia, en la teoría política, en la filosofía, en la teología, en las ciencias sociales, en las ciencias naturales, en la literatura y las artes y, de especial interés, las ideas y la cultura que guiarán la estructura del futuro humano.
Sí. También estas líneas fueron un verdadero viaje. Participé en la reciente Conferencia de Otoño del Nicola Center for Ethics and Culture, de la Universidad de Notre Dame. Este año, el tema propuesto fue Dust of the Earth: On Persons (Polvo de la tierra: sobre las personas). Si bien el nombre es sugerente, mi sorpresa iba en aumento al estudiar el material base para las conferencias que se presentaron. Ahí arrancó la travesía que precede estas líneas.
No me resisto a referir, al menos, algunos de los tópicos expuestos. Por lo interesantes que son y porque también muestran el panorama sociocultural al que me refiero; fenómenos que hoy configuran nuestro horizonte y que, además, tan relevantes son para la reflexión universitaria: el genoma y la persona humana, el estatus moral del ser humano, la dignidad del otro, el rostro del migrante, jugar a ser Dios: el futuro en las personas. Sólo mencionarlos deja sin aliento.
No quedó ahí. También se habló sobre la desintegración de la personalidad, la muerte, la identidad y el cuerpo, la articulación entre el hombre y la ley; el sólido manto de la fraternidad: replanteando el discurso contemporáneo sobre la raza; animales y personas, ¿igualdad de derechos?; el ser humano y la enfermedad, ¿a dónde puede llegar la inteligencia artificial? En cada conferencia veía claves que han cincelado la escultura compleja, ambigua, incierta de algunas facetas de nuestro tiempo.
Fueron días para el diálogo y la reflexión sobre el humanismo, el concepto de persona a lo largo de la historia, en la teoría política, en la filosofía, en la teología, en las ciencias sociales, en las ciencias naturales, en la literatura y las artes y, de especial interés, las ideas y la cultura que guiarán la estructura del futuro humano. Son temas que apasionan y que también duelen. Heridas que queremos sanar, un abanico de situaciones que nos rodean, como la guerra, los desastres, las masacres sociales, raciales, la inequidad, exclusión, etcétera. Realidades que, sin ser propias de estas conferencias, tampoco podían obviarse.
Aparentemente se han desdibujado los límites entre las máquinas, los animales y los humanos. En ese contexto, es primordial la claridad sobre las características únicas y definitorias de la naturaleza humana; la composición biológica, las condiciones sociales y los conceptos espirituales que sustentan el desarrollo y la plenitud de las dimensiones distintivas de la persona.
Me detengo y soy consciente de la amplitud de preguntas que surgen. ¿Por dónde empezar a tejer una respuesta? Quizá hay que reconocer, de inicio, que hemos desvirtuado la dignidad, ese regalo inalienable de la esencia humana. Tal vez la vorágine informativa, la inmensa cantidad de sucesos que llenan nuestro “timeline” nos distancia del otro, tan necesario para estimar mejor quiénes somos.
El Congreso cerró con una magistral conferencia bajo el título: ¿Hay personas fallidas? ¿Soy una de ellas? Se desarrolló la idea de la persona “fallida” entendida como débil, incompleta física, biológica y/o psicológicamente. Y ante el cuestionamiento sobre si soy una de ellas… me veo retratada.
No obstante, también advierto que la dignidad no está puesta en una perfecta personalidad sin equivocaciones, en una salud que supera toda enfermedad, en un corazón sin miedos ni preocupaciones. Es mucho más. Es un todo. No podemos mirar a la persona dislocada en partes, aunque tenga, incluso, limitaciones en sus facultades o capacidades intelectuales o de raciocinio. Los atributos no son los que dan valor a la persona, sino su identidad: persona con alma y cuerpo.
La antropología cristiana tiene mucho qué decir al respecto. Ante una perspectiva del miedo frente a la esperanza, ésta ilumina nuestra mirada. No podré resolver todo, pero puedo siempre resolverme a mí misma y lo que me rodea, de tal suerte que, como círculos concéntricos que van ampliándose, podamos rectificar, redireccionar el rumbo de nuestro querido siglo XXI.
