Un mensaje tan antiguo y tan actual
No pretendamos negar nuestras tradiciones, nuestra historia, nuestra biografía. Un hombre sin historia ha perdido parte de su existencia. Aprovechemos estos días para recordar; recordar que el Adviento anuncia la llegada de alguien, y la llegada de alguien querido al que se espera siempre provoca una especial emoción.
Por qué los adultos no podemos disfrutar la Navidad como cuando éramos niños? Porque hemos desdibujado de nuestra cabeza y corazón el significado de la Navidad. Tal parece que, al crecer, nos hacemos expertos en encontrar dificultades y tensiones alrededor de las fiestas y más aún de estas fiestas navideñas. Pensamos poco en la Navidad y mucho en lo que conlleva: regalos y comida con una economía mermada, en cuál será el lugar adecuado para la cena, quién se encargará de una cosa y de otra; y así se nos van estos días en un abrir y cerrar de ojos, terminamos cansados e, incluso, deseando volver a los días ordinarios.
Nos hace falta creer; independientemente de nuestras creencias, creer. El nacimiento del Hijo de Dios es un hecho que cambió la historia, definió el calendario que nos rige, trajo un mensaje de paz, de justicia y de amor que es tan actual como lo fue hace más de 2000 años.
No pretendamos negar nuestras tradiciones, nuestra historia, nuestra biografía. Un hombre sin historia ha perdido parte de su existencia. Aprovechemos estos días para recordar; recordar que el Adviento anuncia la llegada de alguien, y la llegada de alguien querido al que se espera siempre provoca una especial emoción. Esta espera anuncia la Pascua de la Navidad, donde Dios se hace hombre, hombre como nosotros, hombre histórico, que sufrió y gozó como nosotros, que para los creyentes murió y resucitó, y que pasó por la Tierra haciendo el bien. Los villancicos que se escuchan por doquier evocan los sentimientos que nos dejó ese Niño que nació en Belén, entre frío y pobreza; un rey sin corona visitado por reyes, un Niño aparentemente igual a los demás que transformó el mundo. Todo misterio y todo estremecedoramente hermoso.
Considerando alrededor de la Navidad, que si el mismo Dios se hace hombre, es porque el hombre tiene un valor infinito. Para expresarlo mejor, recurro a Julián Marías, filósofo y ensayista español, quien afirma que “el hombre no es una cosa ni un organismo ni un animal, sino previamente a todo ello algo mucho más hondo: una estructura de la vida humana (Marías, J., Antropología metafísica, citado en Burgos, J.M. [2016]. Vida humana, hombre y persona en Julián Marías: análisis de una transición conceptual y de sus resultados)”. La cultura judeo-cristiana hace una apasionada y profunda reivindicación del carácter personal e irreductible del hombre, un rasgo no considerado por los griegos que partieron del mundo de los animales y las cosas. Que el hombre sea “irreductible” significa, fundamentalmente, que no es un qué, sino un quién; no algo, sino alguien; más precisamente un alguien corporal, pero, ante todo, un alguien, es decir, un ser único e individual distinto de los demás seres que existen en el universo, incluidos los demás hombres.
Cercana a la fiesta de la Navidad, que mueve a la reflexión, a dar solidez a nuestras creencias, a los buenos deseos, a la esperanza y a los propósitos, también resuena en nuestros recuerdos y en el ambiente la frase “Año nuevo, vida nueva”… físicamente no cambiará nuestra vida en 24 horas ni surgirá una transformación radical al compás de las doce campanadas de la cuenta regresiva que da la bienvenida a un nuevo año; sin embargo, al pensar en lo que puede ser nuestra vida en un nuevo año, recurro nuevamente al citado autor, que expone y argumenta magistralmente que “vivir es proyectar, imaginar, anticipar; es seguir proyectando, imaginando y anticipando; el hombre es inexorablemente futurizo, orientado al futuro, remitido a él”. El deseo de “próspero año nuevo” y de “vida nueva” se hacen realidad, en gran parte, cuando hemos proyectado e imaginado lo que queremos para nuestra vida. Esta fecha del calendario nos invita a imaginar y proyectar nuestro propio futuro, considerando que tendremos 365 oportunidades para realizarlo. Los ratos de convivencia personal que mencioné anteriormente son buen momento para compartir esos proyectos imaginados y anticipados.
Si lo mejor que podemos es ser hombres, seamos hombres en el sentido pleno de la palabra, hombres con historia, hombres de buena voluntad, hombres abiertos a la trascendencia, hombres que creen.
Y si para esta Nochebuena, ¿nos decidimos a creer? Creer es mucho más que un acto de fe, creer es confiar, es esperar, es soñar, es desear, es amar. Quien cree y espera tiene una vida esperanzada y alegre.
No me alcanzan las palabras y querría escribir más sobre este día que mañana celebramos, deseo a todos los que me leen que nadie les robe el verdadero sentido de la Navidad, para todos ¡muy feliz Navidad!
