Transformar nuestra forma de vivir

Un ambiente de apoyo, donde las personas se sientan valoradas y escuchadas, puede provocar cambios significativos en los individuos. Las comunidades que promueven la solidaridad, la cooperación y la empatía facilitan tanto el crecimiento personal como el colectivo.

En nuestros días, y más allá de política partidaria, el término transformación se ha vuelto recurrente. Transformar significa cambiar la forma de algo o alguien, transmutar algo en otra cosa. Implica una decisión concreta para moverse de una situación a otra mejor. Es evolucionar.

En el contexto de las empresas, la palabra con frecuencia evoca los esfuerzos dirigidos hacia la transformación digital, sustentable y económica. En el ámbito público, se busca una transformación social que aborde los cambios necesarios para prosperar el tejido social más vulnerable. En las áreas de recursos humanos, el objetivo es transformar las competencias previas en nuevas habilidades mediante el upskilling y reskilling, que ofrecen una manera diferente de trabajar. La articulación familiar tradicional se transforma debido a los múltiples cambios laborales de esta nueva era. Podríamos enumerar muchos más, pero me centraré en la transformación más importante que enfrentamos cada día: transformar nuestra manera de vivir.

En la educación, enfocamos los esfuerzos en transformar la vida de los estudiantes utilizando las mejores formas de enseñanza. Tomás Alvira, químico de profesión y referente en educación del siglo XXI, con su método vivo y dinámico, ha buscado influir en padres, profesores y alumnos para que estos transformen la sociedad.

Transformar la sociedad es un deseo implícito y explícito en la educación, un anhelo para todos los que, como decía san Josemaría Escrivá de Balaguer, amamos apasionadamente al mundo. Sin embargo, la sociedad no se desarrolla si no es mediante la suma de las evoluciones de cada persona que la integra. En sí misma, la sociedad es un concepto abstracto, por lo que me detengo más bien en la tarea de impulsar nuestra manera de vivir.

Hablar de transformar nuestra existencia se refiere tanto a la alineación de la vida con nuevos valores como a mutar en la manera de conducirla. Esto no se logra de la noche a la mañana, pero es alcanzable; es una tarea diaria, un proceso que requiere un importante ejercicio de autoconocimiento y de búsqueda de las claves para un cambio de vida interior. En lo profundo del corazón se fraguan las batallas que nos invitan a mejorar.

Siguiendo algunas ideas del papa Francisco, al hablar de transformar utiliza una palabra que se refiere al mundo: “salvaje”. Este mundo “salvaje” debe hacerse más humano, más “divino”, para llevar a cabo la reconstrucción que se espera en un mundo herido por las guerras, la injusticia, la iniquidad y la soledad. Hoy, el mundo está sediento de un río de agua cristalina que simboliza el cambio personal e íntimo, que implica renovación y conversión.

Dicha transformación requiere el esfuerzo de todas y todos, de cada sector de la sociedad. El papel de la comunidad y el entorno es crucial en este proceso de transformación. Un ambiente de apoyo, donde las personas se sientan valoradas y escuchadas, puede provocar cambios significativos en los individuos. Las comunidades que promueven la solidaridad, la cooperación y la empatía facilitan tanto el crecimiento personal como el colectivo.

Sin embargo, aunque suene paradójico, se trata de un trabajo conjunto que implica que cada persona, desde su trinchera, haga lo propio: esa introspección que busca cambiar lo interior para reflejarse en el individuo y sus acciones, generando un cambio en la unidad del ser. Sin cambiar su esencia, es posible un progreso intelectual y espiritual que le permita influir en los demás. Contribuimos al flujo de este potente río social transformando nuestro estilo de vida.

En la colaboración anterior hablamos de educar en el sentido vital. En esta ocasión he querido poner a su consideración la educación con sentido, con propósito y transformativa, para ser así capaces de lograr la transformación, tanto individual como social. Y es que la tarea de la educación vuelve a ser la fuerza capaz de provocar el deseo de cambio de vida, no sólo para una vida mejor, sino también para una vida transformadora, con la fuerza y la virtud de evolucionar. La educación transformativa interpela, implica y trasciende.

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