Estas dos semanas tuve varias salidas de trabajo y para mi sorpresa más de cuatro personas a quienes desconocía, al presentarme me comentaron, te conozco ¡sí, yo te leo! Lo que quizá para los grandes columnistas es una frase cualquiera para mí fue una grata sorpresa y un compromiso de dejar en estas pocas líneas que quincenalmente escribo, lo mejor de mí. Que escriba, que me lean, que sirva de algo, es un motivo suficiente para vencer la sequía mental que a veces se apodera de mí y delante del papel parece que hay un escalofriante silencio.
Como me lees, hoy quiero compartirte lo que esperamos todos en este día: el inicio de las vacaciones; por fin este primer trimestre con cada uno de sus días andado llega a su fin. Tras un mes de largos 31 días tenemos delante las vacaciones de Semana Santa que tienen diferente significado. El mayor, cuantitativamente hablando, responde al deseo de descansar, de frenar la vorágine del primer trimestre y poder dar espacio al reposo. Si vamos escalando el significado, para muchas familias es la ocasión de reencuentros, pues son vacaciones, al menos en el mundo occidental, en que todos paramos, de tal suerte que los hijos o padres que viven lejos pueden encontrarse y disfrutar del gozo inigualable de estar en familia con la familia. Subo un escalón más y para los creyentes cristianos esta semana, aunado a lo anteriormente expresado, acompañamos y revivimos el paso de vida terrenal de Jesús, sus últimos días en la Tierra donde, por amor a los hombres, prueba el sabor amargo de la indiferencia y sufre la ignominia de la cruz para abrirnos el cielo. Este tercer significado de estos días, inevitablemente me lleva a pensar en quien marcó la fecha del calendario sobre el que caminamos diariamente, el paso de Cristo hace más de una veintena de siglos, que cambió la manera de pensar de los hombres que lo recibieron y escucharon directamente sus palabras. Pongo tu atención en dos momentos de la vida del Jesús histórico, que sólo pensarlas “pasman” al más agnóstico o indiferente, no me cabe duda, y enamoran a quienes en él creemos: la locura del perdón, y sí, me atrevo a decir que es una locura. Ya los siglos anteriores claramente hablaban de la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente y Jesús con suavidad eleva eso que podríamos llamar estricta justicia. ¿Y si en lugar de ojo por ojo o diente por diente, pones la otra mejilla, y además perdonas? ¿Sorprendente no? Perdonar es el gesto más humano del hombre. ¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: “Te perdono”? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que también renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro, afirmaba la teóloga y doctora en Psicopedagogía Jutta Burggraf. Es la enseñanza más potente de lo enseñado por Cristo y recogido por los evangelios. Es rechazar todo tipo de venganza, es comprender las heridas del culpable. Perdonar supone “purificar”, sanar, la memoria; esta purificación es un proceso que apunta a la liberación de toda forma de sentimientos negativos. Este proceso es una decisión autónoma, una nueva toma de postura frente a la persona o las personas que infligieron un mal objetivo. De este modo, la memoria herida queda sustituida por una memoria reconciliada (Mariano Crespo, 2021).
Y una segunda enseñanza que es causa del ejercicio del perdón, la caridad ¡Que os améis unos a otros como yo os he amado! ¡Redondo! Amar llegando a dar la vida. De esta clase de amor habla Jesús. Amar a quienes nos aman y también a quienes no nos aman, amar porque nos corre la misma sangre, la sangre de la dignidad de ser creados por Dios. Sobre el amor es lo más común escribir, pero este Amor, a posta con mayúsculas, sobrepasa cualquier tipo de amor porque mira la otredad de quien está delante buscando su bien. No hay enseñanza más atractiva por sus efectos que el Amor: amar y ser amados, sabernos amados y dar ese amor, no es un juego de palabras, es el anhelo buscado a sabiendas o sin ellas por cada hombre y es también otra locura. Sí, pareciera que Cristo es un loco. Con enorme respeto considero que es que Amar y Perdonar son una locura ¡Que se llene el mundo de locos! ¡Que seríamos muy felices!
Amor y perdón, no hay más que decir, son dos sustantivos potentes, son dos verbos que marcan una manera de vivir, son un faro que guía el caminar. Ante estas vacaciones de la Semana Santa, a dar tres pasos: descansar, disfrutar la vida de familia y repuntar más: mirar a Quien ama y perdona.
Si me lees, no dejes de leer, pero no de leerme, de leer en estos días un poco de ese misterioso paso del “Dios que se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios”, en palabras de Agustín de Hipona citando a San Ambrosio.
¡Felices vacaciones! ¡Felices Pascuas!
